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ruta

Hizo marcha atrás, y vio un manchón de aceite en el suelo. “La puta madre”, dijo. Se estiró hasta el botiquín de la gaveta del auto, y manoteó una pastilla para la acidez que bajó con la botella de agua.
Pudo divisar a la travesti alejándose por la banquina con los zapatos de tacos altos al hombro.
Se puso a manejar mirando el espejismo en el asfalto, el campo interminable y algún que otro cartel de Menem, sonriendo. El aire acondicionado hacía años que no funcionaba; para colmo la brisa que entraba por la ventanilla no alcanzaba a refrescar.

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