78

bosque noche

Avanzaron en silencio, matando mosquitos, esquivando charcos, pozos, lagartijas, iluminados por el encendedor que andaba de milagro porque estaba mojado. En el agua habían quedado las mochilas con la ropa, pero el portafolio seguía colgado de los dedos de Ponzi. Después de tres horas de andar, encontraron un árbol donde recostarse. Armaron un pequeño fuego y se miraron como diciendo “esto es lo mejor que podemos conseguir hoy”. El chico se durmió pronto, pero el ex Teniente se quedó boca arriba meditando bajo las estrellas.

La pileta tenía los bordes blandos como los relojes de Dalí. “Es posible la felicidad”, le decía Maru y se tiraba de panza al agua. Unos motores invisibles creaban olas constantes y poderosas. Sobre el final se veía una caída pronunciada, hacia donde se dirigía el cuerpo de Maru, que por cómo sacudía los brazos dejaba en evidencia que no sabía nadar. Ponzi lo miraba con preocupación, sin lograr que el cuerpo le respondiera. No podía quitarse el chaleco para tirarse al agua, lo tenía como adherido con pegamento. Tampoco podía levantar los pies del piso. Maru sonreía. Los separaban un metro, si cada uno estiraba el brazo podían tocarse. “Se puede ser feliz”, repetía Maru, “los problemas no son problemas, Ponzi, son circunstancias, nada parece tan engorroso como lavarse los dientes tres veces por día y sin embargo lo hacemos”.
Ponzi seguía viendo cómo el chico iba hacia el precipicio sin poder hacer nada. Despertó agitado.
―¿Estás bien? ―le preguntó Maru.
―Creo que sí.
―¿Y ahora qué hacemos?
―No sé.

77

arboles

Ante el primer disparo el caballo del paisano se sacudió y los mandó al agua. Ponzi se dejó caer para protegerse de la balacera. El paisano sujetó las riendas y logró que el caballo lo arrastrara frenético por el ruido de las balas. El petiso huyó en dirección contraria. Maru se aferró a la espalda del ex Teniente.
―Sumergite.
―¿Qué?
Ponzi le apretó la cabeza y lo obligó a meterse debajo del agua; con una mano sostenía el portafolio y con la otra braseaba hacia adelante. Maru iba colgando sobre él. Patalearon hasta alejarse de la zona de los tiros. Cada tanto salían a la superficie para respirar y volvían a sumergirse tratando de ganar metros en dirección a los pastizales.
En el borde de la laguna se quedaron en cuatro patas para que el agua los camuflara. Ponzi le señaló el monte que nacía en el frente y a la cuenta de tres le ordenó correr hacia ahí. Alcanzaron a protegerse detrás de un tronco. De a poco los disparos se extinguieron.
―¿Y ahora? ―le preguntó Maru mientras veían que los tipos se subían al auto y se perdían en el horizonte.
―Seguimos ―dijo Ponzi con los zapatos llenos de barro.
―Pero… ¿de qué manera?
―Caminando, ¡cómo va a ser!

76

laguna

Ponzi miró la hora. La morocha sonrió para que no pudiera negarse, Maru largó un eructo y los niños rieron.
Se acostaron sobre unos catres que la mujer les preparó en el comedor, luego de correr la mesa y las sillas. A Ponzi le dio vergüenza, la intensa luz de las estrellas y el canto de los grillos le impedían conciliar el sueño. Se puso a probar distintas combinaciones del portafolio, sabía lo que era S5, pero quería leer en detalle la documentación para ver quiénes estaban involucrados.
A la mañana la mujer del paisano les preparó mate y tostadas con manteca. Maru lucía fresco. Ponzi tenía la miraba apuntando hacia la llanura de la Mesopotamia.
El paisano se acercó arriba del caballo y les dijo que podían partir.
―¿Los tres en el mismo? ―se sorprendió Maru.
―No, qué va, ahora traigo al petiso ―dijo el tipo y volvió del establo con un caballo enano de pelo marrón que no dejaba de buscar pasto para comer.

Ponzi rodeó al Sierra sin dejar de mirarlo. Con la mochila al hombro, Maru se le acercó.
―No vayas a olvidarte el bolso, Manuel.
Ponzi se limitó a dar una larga pitada.
―Hace treinta años que lo tengo. 
―Qué te parece si vamos yendo, así no lo hacemos esperar ―señaló para donde estaba el paisano, pero el ex Teniente seguía mirando el auto. El chico tuvo que agarrarlo del brazo.
Se despidieron de la familia y emprendieron una cabalgata a paso de hombre por un camino embarrado, la tierra no terminaba de absorber el agua de la creciente del Paraná. El sol producía espejismo, en la superficie asomaban los bordes de los palos de los alambrados, el resto estaba bajo el agua. A los caballos les llegaba hasta la panza, daban pasos lentos y temblorosos guiados por el paisano que cada vez que paraban, los taconeaba. Los pies de Ponzi rozaban el agua. La laguna parecía el campo de juego de un estadio de fútbol, era larga pero no tan ancha; sobre el pastizal vieron un auto y a dos tipos que los observaban con binoculares.

75

rancho

―Es inútil, Don, está acabado ―le dijo el paisano.
Ponzi le clavó una mirada asesina. El tipo creyó oportuno subirse al caballo y alejarse luego de darle dos tacazos porque estaba empecinado en comer pasto.
Maru se sentó en el asiento del acompañante. Los arbustos danzantes parecían enseñarles el significado de la soledad. Eran las dos de la tarde, el sol invitaba a quedarse entre cuatro paredes.
De repente Ponzi salió corriendo por la banquina hacia el paisano. El tipo tiró de las riendas y bramó para detener al animal. Ponzi, sin mediar preámbulo alguno, le preguntó cuánta plata llevaba encima. El paisano abrió grande los ojos, le dijo que había tenido una mala noche de truco y que apenas contaba con unos pesos para alimentar “a los gurises”.
Ponzi puso los brazos en jarra sobre la cintura.
―Está bien ―le dijo ―, te lo cambio por dos platos de comida.
El hombre lo miró con sus ojos negros, penetrantes, hasta que una mueca de aceptación seguida de una sonrisa selló el acuerdo.

Ataron el Sierra con nuevos tensores que Ponzi extrajo del baúl y el pobre caballo lo empezó a arrastrar a lo largo de un camino de tierra que luego de dos kilómetros desembocó en el rancho de adobe del paisano.
Los “gurises” salieron a su encuentro precedidos por una morocha de pelo largo y lacio con facciones dulces como el atardecer. Su delgadez le permitía lucir sin tapujos una bombacha de campo y una camisa floreada sin mangas. Con una sonrisa amplia y de dientes materos les ofreció unas galletas caseras y hospitalidad sin preguntas.
Se sentaron en un banco junto a la cuna del bebé; el otro, un poco más grande, hacía deslizar un autito de madera por la mesa. Los “gurises” resultaron ser cuatro.
Maru sacó de la mochila un chupetín y se lo ofreció al más grande, pero la madre amablemente dijo que no acostumbraban.
Después de comer empanadas y tomar vino de damajuana, el paisano les dijo que si se quedaban a pasar la noche, por la mañana podía ayudarlos a cruzar la parte inundada de la ruta que iba hacia Santa Fe.

74

campo alambrado

―Lo deben haber chupado.
―¿Cómo?
―¿Vos sabés lo que significa “chupado”?
El pibe se tomó su tiempo, después lo miró de costado:
―Sí, lo que hacían los milicos.
Ponzi no le contestó, la vista siempre clavaba en la ruta.
―¿Vos también… ?-intentó preguntar el chico.
―¡Yo no soy ningún hijo de puta! ―gritó Ponzi con las manos aferradas al volante. Pasó al carril contrario, atravesaron la banquina. Maru intentó enderezarlo, pero no pudo evitar que se estrellaran contra un montículo de tierra. Otra vez humo saliendo del motor.

Cuando Maru abrió un ojo se encontró con un caballo con riendas pastoreando suelto a metros del auto. Lo sorprendió un golpecito en la ventanilla. Parpadeó sobresaltado, las manos en la cara intentando recordar dónde estaba. Abrió la puerta y el paisano lo ayudó a bajar. Con pasos tímidos dio la vuelta alrededor del Sierra para revisar los daños, el golpe había dejado al motor como un acordeón. Después fue a ver cómo estaba Ponzi: tenía la mano aferrada al portafolio y le corría una línea de sangre por la frente. El paisano le pasó un pañuelo, Maru se lo puso en la cabeza; Ponzi abrió los ojos.
―¿Qué estás haciendo, pibe? ―refunfuñó.
―Te limpio la herida ¿no ves?
Ponzi lo detuvo, lo miró serio, se bajó y le dedicó una mirada parca al paisano. Inspeccionó el estado del Sierra con el ceño fruncido, hizo un gesto como de rayo horizontal con el brazo para que se corrieran y volvió a sentarse dentro del auto. Giró la llave de contacto, imploró a Dios, pero no hubo caso. Lo intentó tres veces con el mismo resultado. El motor emitía un mínimo grito de ahogado y luego se quedaba mudo.

73

laguna

De vuelta en el Sierra se encontró con Maru comiendo un pancho sentado en el asiento del acompañante. En la radio sonaba una canción de música latina. La apagó, y sin mirarlo le dijo:
―¿Adónde vive tu abuela?
―En Esperanza, ya te conté.
―Te llevo ― le dijo ―, te debo lo del hotel. 
―¿Qué hacés todavía con el portafolio?
―No lo entregué.
―¿Por qué no?
―El fiscal no estaba.
―Y bueno… esperemos a que vuelva.
―No va a volver.
―¿Por qué no?
―Lo mataron.
―¡Me jodés! ―esta vez el chico parecía asustado de verdad.
Ponzi lo miró como diciéndole “nada más lejano a eso”.
―¿En qué carajo estás metido, viejo?

―Te dejo en la estación, pibe, otra cosa no te puedo ofrecer. Es cierto, estoy metido en algo complicado. Te digo que a mí edad no esperaba algo así.
Puso el auto en marcha y circularon a baja velocidad por las calles algo más transitadas.
―¿Y la nafta? ―le preguntó el pibe.
Ponzi se tomó unos segundos en contestar. 
―Te llevo hasta donde alcance ¿querés? No creo que sea mucho ―le dijo y se quedó con la vista perdida en la llanura que se abría a ambos lados de la ruta. Volvían a ver alambrados, mojones de cemento, banquina…
Al mediodía pararon en un puesto de sandías. Comieron sentados sobre el capot. Si no había podido cumplir con el encargo de su amigo, que el viaje sirviera al menos para que el pibe visitara a su abuela. Había lagunas a causa de la inundación. El sol se reflejaba en el agua.

―No puedo creer lo que le pasó al fiscal ―dijo Maru, pasándose la mano por la frente.

72

quema

Inventó una cara de “aquí no ha pasado nada” lo más creíble que pudo, y bajó la mini escalinata. El chico no estaba en el auto. Metió el portafolio debajo del asiento y buscó el número de Escorpión en los contactos. Pero el celular se apagó, la batería había llegado a su fin. “Mierda”, dijo y levantó la vista en busca de un locutorio.
Las calles bucólicas lo llevaron hasta un kiosco que tenía un teléfono público. Chicos con guardapolvos se gritaban de computadora a computadora sin sacar la vista de las pantallas. La cabina no tenía puerta para que el calor no fuera tan intenso. Después de ser transferido a través de varios sectores, logró que lo comunicaran con la oficina de Escorpión.
―¿Si?
―Cristian, ¿sos vos?
―¿Quién otro si no?
―Soy Ponzi.
―¡Ponzi! ―exclamó Escorpión―, ¡escuchame lo que te voy a decir! Pueden haber pinchado la línea porque saben que anduve investigando. ¿Fuiste a buscar a Failache?
―Sí, estoy a dos cuadras del juzgado, vi tu mensaje pero murió mi celular.
―También murió el fiscal, Ponzi. Llevás S5, ¿te acordás lo que significa?
Después de unos segundos el ex Teniente dijo que sí.
―Sacátelo de encima, Manuel, quema.

Las fichas pasaban, si seguía hablando gastaría la poca plata que le quedaba. Cortó. La herida en la ceja comenzaba a cicatrizar, pero las piernas le pesaban tanto como la incertidumbre. Hubiera dado lo que no tenía por estar en su casa, sin más preocupaciones que acomodar las pantuflas debajo de la cama.
Volvió al auto, cabizbajo, con la mente llena de especulaciones. No lograba dejar de pensar en Andrada y su deseo de entregar S5 a un fiscal de la provincia, justo antes de su retiro. Tuvo en claro que lo más seguro sería quemar el maletín y tomarse unas largas vacaciones en algún lugar oculto, pero algo que no podía controlar en su interior, lo hizo seguir adelante.

71

banco pared

Despertó con el primer haz de luz. Corrió el brazo de Maru de encima de su abdomen, y se metió en la ducha. Cuando volvió, el chico fue a lavarse la cara, y él aprovechó para vestirse.
Luego de un humilde desayuno buscaron el Sierra y recorrieron las calles semivacías hasta estacionar delante del juzgado. Eran las ocho de la mañana, el sol no alcanzaba a picar y los pájaros sonaban como una alarma que invitaba a enfrentar el día.
Ponzi sacó el maletín de abajo del asiento y le dijo a Maru que lo esperara en el auto.
Una señora ancha barría el piso principal del juzgado mientras un policía fumaba y ojeaba el diario. Se acercó a un joven que le daba a la máquina de escribir, le preguntó por el fiscal Failache. Sin dejar de mirar el teclado, el funcionario le contestó que aún no había llegado. El policía lo invitó a esperar en el banco que había junto a la pared, el fiscal era un hombre puntual y no tardaría en llegar. Sacó el celular. Tenía un mensaje de texto de Escorpión: “Lo secuestraron. Rajá que van por vos”, le advertía. Ponzi miró para ambos lados. Volvió a leerlo, aún incrédulo. Las piernas le temblaron, el desayuno le subió por el esófago. Corrió hasta el baño más próximo a vomitar en el lavatory. Después se lavó la cara y respiró profundo. Lo primero era salir de ahí.

70

balcón

Cuando las corbatas se desajustaron y las ganas de estirar las piernas se hacían inevitables, la vio levantarse de la mesa que compartía con el Teniente General del Ejército y otros miembros superiores de la fuerza, y caminar hasta el balcón que daba al jardín interno. Ponzi no pudo evitar ir tras ella, abrió el ventanal, y se acodó en la baranda a su lado. Le hubiera gustado ser un militar resuelto como los de las películas de guerra que tanto conocía, pero no le salió nada, o peor, las frases pensadas le sonaban a órdenes; prefirió permanecer callado y disfrutar de su compañía mirando el silencioso jardín. Metió la mano en el saco en busca de los cigarrillos, ella lo miró como si recién notara su presencia. “Usted no parece militar”, le dijo, y cuando iba a agregar algo más, el Teniente General del Ejército irrumpió por el ventanal como si fuera Humphrey Bogart entrando al Ritz. Se la llevó a la pista de baile con una sonrisa amplia y de ocasión. Ponzi quedó fumando sobre la baranda viendo cómo al alejarse ella encontraba el momento para girar la cabeza y regalarle una mirada de aprobación. Apagó el pucho con la suela del zapato, una tarjeta con un número de teléfono brillaba en el piso.

69

cuadrados

Ponzi cambió de canal, ahora la pantalla emitía en colores flúor a unos jóvenes de melenas largas que hacían rugir guitarras eléctricas. Después pasó por un dibujo del Pato Donald vestido de cartero, y terminó en un canal local dónde un hombre bien peinado anunciaba los datos del tiempo.
―Va a seguir haciendo calor, parece.
Maru se deslizó como una serpiente por debajo de la sábana. El ex Teniente se sobresaltó.
―No te voy a comer, tonto. ¿Qué me ibas a decir?
Ponzi lo miró como si el chico fuera un perro rabioso.
―Te iba a preguntar por qué los ciclistas se afeitan las piernas.
―Para evitar infecciones en caso de caída, no tenés cura vos, eh, seguro pensás que los ciclistas somos todos putos ¿no? ¿Los militares tienen así de cuadrada la cabecita? ―y sin darle tiempo a contestar, estiró las piernas como si fuera una sirena queriendo seducir a la tripulación de un barco pirata.
―Una seda, mirá, tocalas.
―No te pases, pibe ―le advirtió Ponzi, y le dio la espalda. Muy a su pesar, se quedó dormido en pocos minutos, con el recuerdo de Susana deformando el sueño, una sensación de estar a fines de los sesenta en la fiesta del edificio Libertador, queriendo robársela al Teniente General del Ejército. Él era Teniente Primero y se había ganado fama de hombre serio, pero esa noche las palabras le brotaban como el agua de una fuente. Las copas de champagne habían hecho más efecto de lo esperado. Preguntó por ella a los que lo rodeaban, quienes coincidieron en recomendarle que se olvidara, pero Ponzi no podía quitarle la vista de encima: Susana era alta, de piel transparente, ojos celestes y pelo rojizo.