VUELTA AL BARRIO

        galletas

     Volver al barrio de la infancia te cachetea con edificios que no esperabas, con vidrios polarizados, bares endemoniados, y también con bancos de plaza donde te sentabas a besar a tu primera novia.

    La nostalgia trepando por cada rincón de tu alma. No hay mejor forma de darte cuenta del paso del tiempo. Los objetos antiguos impresionan más que una panza avanzada, que una papada, o las tetas que te crecen sin que las puedas detener.

    Voy con la bolsa reciclable a un chino que por supuesto reemplazó al viejo almacenero que guardaba las galletitas en latas con ventanita circular para ver el contenido. Pero un par de bocinazos me hacen olvidar del asunto.

    Hago otra cuadra. Los años se me acumulan en claustros universitarios, en caras que ya no recuerdo, en fracasos de mercado… Pero no quiero admitirlo, entonces el Dios del que siempre descreí, me ayuda una vez más. Me salva. Sentado en la vereda hay un hombre con gorra hablando por celular. Su cara me suena, su voz me da certezas: lo conozco. Tardo unos segundos más en darme cuenta, me doy vuelta. Sí, es el portero, el encargado del edificio que dejé hace ya treinta años. El tipo se acuerda, me pregunta cómo estoy, entonces enfrento el futuro sabiendo que algo hice bien. Reconfortado.

 

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