LA FINAL

Roma

“…comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable…”

Las ruinas circulares

Jorge Luis Borges

 

LA FINAL

Casi no tengo recuerdos de la final de Italia 90.  Mi mente borró el sin sabor de esa noche aciaga a la que llegamos a los tumbos y con medio equipo suplente. “Ahí lo tenés a Calderón perdiendo otra vez ante la muralla alemana”, me decía uno que estaba sentado a mi lado en la tribuna. Mi familia se había desperdigado en las distintas alas del estadio. No era fácil conseguir entradas.

La tarde había arrancado bien. En las inmediaciones (perdón, fui periodista deportivo) del estadio pude ver las ventanillas del micro argentino sacudidas por el clima festivo. Vengo del pensamiento abstracto de la Ciencia Política (no le pongan “s”, por favor), un bello campo teórico que estudia la acumulación de poder para organizar la vida en sociedad, por eso me cuesta poner en imágenes los recuerdos de aquella noche veraniega. Tengo sólo tres: el ya mencionado de Calderón tropezando contra la raya de cal; Diego y Goyco devolviendo insultos a los tifosi, y el penal cobrable cometido por el amigo Sensini y casi atajado por el arquero figura de aquel Mundial. En el fútbol también hay que estudiar, me enteraría después. Goyco conocía al dedillo los antecedentes de Brehme pateando penalties. Perdí la inocencia: ¿entonces no era sólo un juego?

Un resultado deportivo puede afectar tu estado de ánimo. A mí aquella noche me derrumbó, me dejó masticando bronca en la platea hasta bien tarde. Me fumé enterito el festejo teutónico. Por suerte fueron respetuosos, no me gastaron, era presa fácil con mi gorro bandera vincha. Pero parece que cambiaron: en el 2014 se burlaron imitando despectivamente a nuestros antepasados. No importa, no hablemos de eso, las generalizaciones son siempre erróneas. Quería decir que en una sala de prensa de Italia 90 decidí estudiar periodismo futbolístico, aunque el amor me duró poco. ¿Qué pasó? ¿El sapo de tener que estudiar otras disciplinas? Excusas. La verdad es esta: Una vez me tocó escribir la crónica de la final de la Copa Libertadores perdida por un equipo argentino ante un rival brasilero. Los diarios masacraron con títulos catástrofe. En cambio yo, en mi Olivetti de Deportea, quise desdramatizar, quitarle realidad a la noticia, torcí los aburridos y fríos datos fácticos. El porcentaje de posesión de pelota, una radiografía gris; el enojo de los periodistas, un estruendo difícil de soportar.

Todavía no sé qué soy, pero trato de construir mundos menos trágicos. Para todo lo demás, la realidad.

LA PASIÓN

piazza-vittorio-Turín

LA PASIÓN

“No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil”

Pierre Menard, autor del Quijote

Borges, Jorge Luis

¿Cuándo me enamoré del fútbol?

En el Mundial 90, antes de Alemania, Italia y Yugoslavia vino el partido de octavos contra Brasil. Si la memoria no me falla (pasaron 28 años) se jugó en el estadio de Torino, ciudad a la que llegamos desde Roma después de una larga noche de tren.

El partido era a la tarde, por eso el tiempo dedicado a recorrer pasadizos, museos, monumentos durante la mañana, a pesar de mis reparos.

Al mediodía, calor agobiante. Una foto frente a Garibaldi, la visita a alguna Chiesa… Una se llamaba Gran Madre Di Dio, y yo, con mi incipiente cabeza de termo, pensé que Diego debía estar preparándose para el partido trascendental de esa tarde. Deseaba con todo mi ser acudir al estadio con tiempo de previa, de palpitar lo que vendría, pero el fanatismo de mi vieja por la historia italiana estaba en su salsa, como la que nos darían los brasileros un rato después.

Frente al mismísimo Palacio Carignano mi hermano y yo plantamos la revolución juvenil. Iríamos a la cancha con ella o solos, ¡pero lo haríamos ya!

Para quien no gusta del fútbol se trata de 22 tipos corriendo detrás de una pelota durante noventa minutos. Para los que sabemos gozarlo son cosquillas en el estómago desde la noche anterior. Sobre todo cuando se trata de un partido de Mundial contra Brasil en etapa de eliminación directa.

Tuvo que aceptar. Nos dejó en la puerta del estadio y se fue para el lado del sector prensa.  Por suerte mi hermano de 11 años y yo dimos con un puñado de bullangueros argentinos. Pero al levantar la vista un gran tazón de sopa amarilla, la “verdeamarela” arrasando en las tribunas y en el campo de juego hasta que la agarró Diego, tocó para Cani, y gol. A cobrar. No lo merecíamos, ¿pero quién nos quita la alegría?

Muchos años después, en un post almuerzo de regreso a la oficina charlamos con los muchachos sobre cuál había sido el gol más gritado en nuestras vidas. Ganó ese del Cani, con rotura de camas, televisores, arañazos, tropezones y alaridos de éxtasis incluidos. No recuerdo si con mi hermano lo gritamos tanto. Yo estaba atento a que no lo aplastaran, a no perderlo de vista. La imagen retenida es la de Ruggeri con el puño en alto revoleando la camiseta ante la sopa triste.

Pero hubo un gol anterior que grité más. Según mi viejo fue en cancha de Vélez. De lo que estoy seguro es que fue un tanto convertido por Ernesto “Heber” Mastrángelo. La pelota rebotó contra la red, y yo, con cinco años, me desprendí de la mano protectora de mi padre y escapé escalera abajo con los brazos en alto, la boca llena de gol, una carrera alocada para subir otra vez los escalones esquivando piernas saltarinas y brazos abiertos para el festejo en común. El tiempo se encargaría de disipar las pasiones, pero esa fue la primera: la del balompié.

EL CAÑO

El de Italia 90 fue el mejor Mundial que me tocó presenciar. No sólo por las ciudades, los trenes, la pasta, las máquinas (léase autos), el calor napolitano, la cultura romana, la ropa, la elegancia, la modernidad dando sus primeros pasos, sino porque sería el último que viviría bajo el influjo de la pasión y entrega juvenil detrás de esos gladiadores averiados y rústicos que debutarían perdiendo contra Camerún en el partido inaugural.

Lo empecé a sentir días antes en los altoparlantes del colegio gracias a la belleza de la canción “Un Estate Italiana”. La voz áspera de Gianna Nannini me erizaba la piel al cerrar los ojos y rezar para que nos vaya bien como en México, a pesar del mal comienzo.

Llegó el día de subirme al avión. Lo hice con la extraña sensación de alejarme de mis compañeros en el momento más dulce de los años compartidos durante la secundaria (estábamos a un mes del viaje de egresados), pero sabiendo que debía memorizarlo todo para luego contarlo una y otra vez. Sobre todo si el equipo llegaba lejos. Y llegamos tan lejos como se podía: a la Final.

Pero quiero detenerme en el partido contra Yugoslavia. La repartija de entradas entre mi familia derivó en que yo recalara en una tribuna poblada por camisetas yugoslavas. ¿Dónde estaban las albicelestes? No me dio miedo, había asistido a otros estadios, viajado en tren de una ciudad a otra con mi italiano inicial de la Dante Alighieri, me movía casi como pez en el agua. ¡El problema era si hacíamos un gol! En aquella época no copábamos estadios con la argentinidad al palo como ahora. Estaban los “barras”, sí, el “Tula” con su bombo, sí, podía verlos en la otra punta de la cancha cuando los enfocaban en el tablero electrónico. Pero yo estaba solo.

El partido terminó en un cero a cero clavado. El equipo seguía sin levantar vuelo, eso recién se produciría contra Italia, pero al menos no perdimos. Ahora a los penales para saber quién pasaba a la semifinal. Viene Diego, acomoda la pelota, tiene que ser gol. Se lo atajan. Yo estaba arrodillado junto al caño de la baranda, medio escondido, preparado para lo que sea: la gloria con riesgo o la tristeza infinita, porque cuando sos un adolescente embanderado en los colores de tu país, solo y lejos de casa, la pasión crece por tus venas como una enredadera.

Por eso cuando el último yugoslavo se paró delante de la pelota, y Goyco le atajó el tiro desde el punto penal que nos dio el pase a Nápoles para jugar contra Italia, mordí el caño ahogando el grito festivo, y me dije: Qué lindo sería poder visitar al héroe en la concentración para colarme en una foto con él. Esta vez el que hizo de fotógrafo fue un viejo hombre de Canal 7, Pablo Gravano, a quien le estaré siempre agradecido.

Goyco

LA FOTO

Esta crónica llega treinta y dos años tarde, pero como en el año 1986 no se me daba por redactar, lo hago ahora. Además no veo mucho entusiasmo mundialista, vamos a intentar meternos en clima rememorando una anécdota de México 86. Utilizaré la memoria selectiva que ha sabido conservar esta historia, aunque en parte se trate de una desdicha.

Empecemos por señalar que en aquel entonces yo tenía trece años. Una vez arribado a tierra azteca fui directo al estadio a ver el partido de Argentina contra Bulgaria. Ganamos y aseguramos la clasificación a segunda ronda. Bien. Días después me subí a un auto para ir a otro estadio (no recuerdo cuál) a ver un partido de Uruguay contra vaya a saber quién. Lo que sí recuerdo es que llevaba colgada del cuello una vieja cámara de fotos Canon muy buena para la época, pero que carecía de flash. De todas formas eso no me importaba, los partidos se jugaban de día y me interesaba poco y nada sacar fotos que no fueran de fútbol, así que no había inconvenientes para ejercer mi afición a la fotografía mundialista.

Me daba gracia eso que decían de la altura mexicana y la falta de aire para andar. Apenas bajé del auto corrí arrastrando a los periodistas que me acompañaban, porque el embotellamiento del tránsito nos había retrasado. Llegamos a la tribuna con el partido empezado. A un costado, los jugadores de la Selección Argentina miraban hacia el campo de juego. El que puede dar fe de lo que digo es el productor de televisión Gustavo González, aquel de “Feliz Domingo”. Trabajaba para mi padrastro y por eso yo estaba ahí sentado junto a él en esa tribuna techada. En un momento me preguntó si quería sacarme fotos con los jugadores. Creo que le dije que sí, mi timidez me impedía expresar con verdadero entusiasmo las ganas de quedar retratado junto a los ídolos.

Llegó el entretiempo. Gustavo se acercó a conversar con parte de la comitiva del seleccionado, y como en esa época los jugadores no tenían celulares para distraerse hasta que empezara el segundo tiempo, dijeron que sí. Bilardo andaba por ahí abajo, movedizo, se pasaba la mano por el pelo, iba de un lado al otro. Los había llevado para que observaran al futuro rival. Gustavo me hizo un gesto y me acerqué. Me sacó la cámara del cuello y me indicó que me sentara entre dos jugadores, mientras él tomaba distancia buscando el ángulo que nos permitiera entrar en cuadro. Creo que los primeros en acceder fueron Enrique y el Tata Brown. Clic y foto. Fui sentándome junto a cada uno de ellos. “¿Quién es este?”, preguntaron algunos, pero pude sacarme fotos con todos, menos con Diego, rodeado de tanta gente se hacía imposible acercarse. Gustavo decía que no me sacaría una foto con Bilardo porque yo era menotista. Se equivocaba. A mí me daba igual, amaba el juego, la camiseta, el gol que nos permitiera pasar de ronda, no entraba en debates estériles.

Terminó el partido. Uruguay a octavos. Los jugadores de la selección se levantaron rapidito y se los llevaron por un pasillo. Ahora que lo pienso fueron respetuosos. Me merecía algún coscorrón. No hablaba. Clic y nada, apenas un tímido “gracias” inaudible en el murmullo del estadio. Gustavo me devolvió la cámara y me miró como diciendo “me lo vas a agradecer toda la vida”, pero yo sabía que con la poca luz que entraba por debajo del techo de la tribuna, las fotos saldrían oscuras al límite de la existencia. Me dio bronca. Y pena. Mucha. Pero pocos días después se me pasó. Los Dioses (Maradona y el otro) me darían revancha. Ahí estaba yo, otra tarde de sol, apuntando con mi cámara sin flash al hombre que dejaba ingleses por el camino, en lo que sería el mejor gol de la historia de los mundiales.

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