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Cuando el indicador de aceite empezó a titilar, decidió parar en la banquina. Abrió la puerta y un golpe seco lo hizo acurrucarse en el asiento. El cuerpo de un muchacho salió volando por el costado del auto y cayó en el medio de la ruta. Todo sucedió muy rápido, pero él lo vivió como si fuera una toma en cámara lenta de un caprichoso director de cine que quería que el muñeco de goma cayera en un determinado lugar. Corrió la bicicleta de carrera que había quedado junto a la puerta, y dio unos pasos tímidos con la vaga ilusión de que realmente se tratara de un muñeco de goma. Pero era un chico de carne y hueso de no más de veinte años.

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ruta

Hizo marcha atrás, y vio un manchón de aceite en el suelo. “La puta madre”, dijo. Se estiró hasta el botiquín de la gaveta del auto, y manoteó una pastilla para la acidez que bajó con la botella de agua.
Pudo divisar a la travesti alejándose por la banquina con los zapatos de tacos altos al hombro.
Se puso a manejar mirando el espejismo en el asfalto, el campo interminable y algún que otro cartel de Menem, sonriendo. El aire acondicionado hacía años que no funcionaba; para colmo la brisa que entraba por la ventanilla no alcanzaba a refrescar.

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De vuelta en la habitación puso los brazos debajo del cuello y los pensamientos le pasearon por la mente como hojas sueltas danzando en el viento: el portafolio, los amigos en los que no podía confiar, la incertidumbre de si lo que llevaba podía cavarle su propia tumba. Recién pudo conciliar el sueño cuando recordó que se había jurado cumplir con el pedido de Andrada.
Despertó gracias al ruido de una aspiradora. Con los ojos semi abiertos prendió la tele y, para su espanto, comprobó que eran las diez. Se suponía que a las siete tenía que haber sonado la alarma de su Nokia 210. Evidentemente no tenía batería. Antes de irse, el colorado, que se mostró más simpático, le permitió al menos cargar una rayita del celular.

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pasillo

Lo despertó el crujido de una cama vecina. Descalzo, con los pelos revueltos, y apenas cubierto por el calzoncillo, salió del cuarto decidido a establecer un reclamo en la recepción. Pero en el pasillo vio a una pareja del otro lado del mostrador, y se escondió detrás de una pared. Ella era alta, al tipo le sacaba una cabeza. Cuando le pasaron por al lado, confirmó con el pecho congelado que se trataba de una travesti.

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living

A pesar de que las luces del cuarto iluminaban poco, contó la plata que le quedaba antes de darse una ducha. Luego se acostó para seguir viaje temprano, ojeó el catálogo de juguetes sexuales, y el sueño lo fue introduciendo en la pesadilla recurrente: está mirando televisión en el living, una figura difusa se refleja en la pantalla. Susana y Martín duermen arriba, para llegar a ellos el intruso tiene que subir la escalera. Antes podría interceptarlo. Apaga la lámpara de pie. De la cocina llega un sonido de metal raspado con otro. Se desliza por el suelo hasta el escritorio, saca el revólver del cajón. En la vitrina hay varias escopetas, pero están descargadas. El intruso –le adivina un metro cincuenta-, se refleja en la ventana como una sombra. Aprieta el martillo del revólver. La sombra no se mueve, tiene algo en la mano, aunque no distingue si es un cuchillo o una pistola. Poco le importa. Se cubre detrás de la puerta: “Alto”, dice con voz firme. La sombra desaparece. Él se queda en silencio hasta que suenan uno, dos, tres, cuatro, cinco disparos. Es el momento de actuar antes de que cargue el arma. Le grita a su mujer que no baje, que cierre con llave. Martín, llora. La sombra gana el sillón cercano a la escalera; se oyen respirar. Transpira. Ha estado en situaciones de peligro, pero siempre fuera de casa. Si estuviera solo…, se lamenta. No puede dejar que avance más. “Acá plata no hay”, dice. La sombra responde con un tiro. Quizás se le escapó, no tenía sentido disparar en ese momento, pero se asusta porque tal vez aprovechó para acercarse al primer escalón. Asoma la cabeza, y otro disparo rompe parte del revoque de la pared. Con los ojos llorosos ve que algo con forma de ángel se apoya en la baranda. Dispara, el ángel cae. Enciende la lámpara, la sangre del intruso se desparrama por el piso.

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Dobló en una rotonda, y a lo lejos distinguió un cartel que formaba la palabra “Mot l”, la letra “e” no encendía. Estacionó detrás de una ligustrina, y atravesó un camino de canto rodado con el portafolio en la mano y el bolso en la espalda. Lo atendió un flaco colorado con cara de dormido. Le dijo, sin siquiera revisar, que no tenía lugar. Ponzi se acarició el mentón, recordó que en el baúl guardaba la insignia militar que tanto resultado le había dado en los setenta. Volvió del auto convencido en que lograría persuadirlo, pero terminó sacando un billete de cincuenta pesos.

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En una bifurcación de la ruta 12 con la provincial, las luces del Sierra descubrieron un monolito blanco y celeste que decía “Kirchner 2003”. Con ese apellido impronunciable el sureño no va a llegar muy lejos, pensó Ponzi, aunque no tenía tiempo para preocuparse de eso, a él sólo le interesaba mantener los ojos abiertos y al Sierra en su carril. Sin embargo, en los setenta la política ocupó un gran espacio en su vida. Más de una vez le escucharon decir que por culpa de andar persiguiendo Montoneros, había perdido a su familia. Pero eso formaba parte de un pasado que deseaba olvidar.

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