53

Ponzi se pasó la mano por la incipiente barba canosa y lo miró con la parquedad del solitario invadido.
―¡Sabés qué linda sorpresa le daría! ―agregó el rubio―, hace un montón que no la visito.
―¿Y yo qué culpa tengo? Hubieras ido antes ―le reclamó.
El pibe juntó el pulgar y el índice haciendo referencia al típico gesto de dinero, y puso cara de pollito mojado.
Ponzi pensó que para pobre ya estaba él.
―Mirá, no te conozco, no sé nada de vos, además esto se puso peligroso; no sé qué carajo hay en el maletín, pero dos tipos me están siguiendo, y yo… este…prefiero hacerlo solo.
―Bueno ―dijo Maru, con las manos en jarra sobre la cintura―. Lo peor es que ahora voy a tener que gastar la poca plata que tengo en arreglar la bici, y mi abuelita, que no sé cuánto le queda, tendrá que seguir esperando mi visita. Está bien, gracias igual, viejo.

52

Fueron hasta lo del doctor Segurola con Maru pedaleando detrás del Sierra, por la ruta semi desierta. Cuando llegaron no salieron los perros a recibirlos y las persianas estaban bajas.
―Seguro se fue a pescar ―dijo Maru haciéndose visera con la mano.
El ex Teniente se tocó la ceja.
―El hospital más cercano está en Nogoyá. Tenés que ir, viejo ―le advirtió Maru.
Ponzi no sabía si ofenderse o agradecerle.
―No es nada, ya va a cicatrizar.
―No seas cabezón.
―Te agradezco, pero ando medio apurado. Tengo que llevar el portafolio a Villaguay ―y apenas lo terminó de pronunciar se arrepintió.
―¿En serio? ―dijo Maru, sorprendido.
―Bueno… me voy yendo… ―trató de despedirse, Ponzi.
―Pará, una pregunta: ¿me podés alcanzar?, me dejarías cerca del pueblo de mi abuela.

51

Al agarrar la ruta Maru esquivó una lagartija aplastada contra el asfalto, y el caño se incrustó en los cantos del ex Teniente. Ponzi cerró los ojos conteniendo las ganas de mandar todo al demonio, pensó en el bueno de Andrada y su deseo.
Llegaron al rancho y palmearon hasta que la gorda salió de la casilla refregándose los ojos envuelta en una toalla gastada. Los miró con desprecio, molesta, como si la hubieran interrumpido.
―¡Esto no es un garage! ―se quejó.
―Tuvo un accidente ―le explicó Maru.
La gorda se encerró dando un portazo, y volvió metida en un camisón con dibujos del canario Tweety. Levantó la persiana del galpón, resoplando.
Lo primero que hizo Ponzi fue corroborar que el portafolio estuviera debajo del asiento; después le dio unos billetes, y se subió a probar el auto.

50

“Despertate, Ponzi, despertate”, escuchó que le decía una voz. Al abrir los ojos distinguió las calzas de Maru que lo miraba encandilado por el sol.
―Esa herida necesita un par de puntos ―le dijo, y le pasó una botella con agua.
―¿Qué hacés acá?
―Ahora me parece el que tiene que ver al doctor Segurola sos vos. ¿Dónde tenés el auto?
Ponzi recordó que el Sierra había quedado en el taller de la gorda.
―Te recuperás rápido ―le dijo mientras se sacudía el polvo.
―No, me duele todo…
―¿Cómo me encontraste?
―Pasaba con la bici y vi un cuerpo tirado; no sabía que eras vos.
Ponzi se lo quedó mirando.
―Vamos ―le dijo el pibe acomodándose el vendaje que llevaba alrededor de la cabeza―, subí.
―¿Adónde?
―Acá, ¿a dónde va a ser? ―y le señaló el cuadro de la bici.
―¿En el caño?
―Claro, dale, son un par de kilómetros nomás.
Le dio vergüenza pero no tenía opción.

49

Logró sacarles una considerable distancia, pero un impacto lo tiró al piso. Se palpó el cuerpo buscando la herida hasta descubrir un agujero del lado izquierdo del chaleco. Gotas de sangre resbalaban por una hoja de girasol perdida en el suelo. Como si fuera un ciego estudiando un rostro ajeno, se palpó la cara. La sangre provenía de la ceja derecha.
Intentó seguir avanzando apoyando los codos sobre la tierra húmeda. Detrás no parecía haber nadie, sólo hojas que la brisa no alcanzaba a mover. No le quedaban fuerzas, el sol terminara de desaparecer, tuvo suerte: la noche lo cobijó.

48

El petiso se escondió detrás de la barra. Ponzi encontró una claraboya que daba a las vías. Si pasa la cabeza pasa el cuerpo, se dijo mientras las orejas se le enrojecían contra los bordes. Los tipos abrieron la puerta y alcanzaron a verle la suela de los mocasines. Le dispararon, sin embargo logró salir y empezó a correr por el descampado con miedo a resbalarse por culpa de los zapatos. Al rubio le quedó la panza atascada en la claraboya, el otro volvió al salón para dar la vuelta por afuera. Eso le dio tiempo a Ponzi de esconderse detrás de la zorra. Cuando se asomó vio que avanzaban en su dirección. No queda otra, se dijo. Contó hasta tres y salió en carrera alocada hasta una plantación de girasoles

47

Del auto se bajaron los hombres que habían recibido órdenes del Gordo Balanza. Llevaban puestos los mismos trajes y los mismos anteojos de sol. Se diferenciaban porque uno era rubio y el otro morocho. Ponzi los miraba parado sobre la tapa del inodoro. Supo que eran militares o de la Side, en cualquier caso se trataba de profesionales. Apoyó los dedos sobre el teclado del Nokia e intentó enviarle un mensaje a Escorpión, pero el aparato se le resbaló y rebotó contra los azulejos del piso. En un primer momento pensó que no lo habían oído pero después de levantarlo, volvió a subirse al inodoro, y los vio caminar hacia el baño con los revólveres en la mano.