Gracias, René

¿Qué puedo decir de René Houseman? ¿Que ayer cuando me enteré se me llenaron los ojos de lágrimas? ¿Pero por qué? Si sólo lo vi tres o cuatro veces. Que fue un gran campeón y un jugador irrepetible lo sabemos todos. A los que deseamos mirar partidos en donde haya algo más que el objetivo de meter la pelota en el arco, debería entristecernos, por una cuestión de nostalgia, al menos. Porque su muerte nos recuerda la desaparición de esa clase de jugadores. Pero yo no sé de fútbol ni soy periodista. Al final voy a compartir una nota bien escrita por un periodista de verdad. Yo sólo puedo decir que nosotros después del colegio jugábamos al fútbol en la cancha de baby de Excursionistas, de dos a tres de la tarde, más o menos, porque a esa hora llegaba él con sus amigos del barrio. Uno era un panzón que vendía diarios en Echeverría y Libertador. Ahora hay un edificio de oficinas de la puta madre ahí. Decía que venía Houseman y pateaba dos pelotazos contra la pared, y nosotros sabíamos que teníamos que irnos. Algo así como “rajen pendejos” pero sin abrir la boca, porque nunca nos dijeron nada, ni una palabra, con los dos pelotazos tronando contra la pared alcanzaba. La mayoría de las veces nos íbamos a patear la pelota desde el piso hacia la platea de la cancha de 11, el balón no debía tocar el piso, tenía que andar trepando los escalones ida y vuelta. No sé si eso nos divertía o no, me cuesta recordarlo, estoy hablando del año 84-85, por ahí. Nuestros juguetes eran muy limitados.

           Después crecí y me fui del Bajo Belgrano, pero hace diez años volví. Cambiado. Ya había reemplazado el vicio del fútbol por el de contar historias en un teclado. Y lo hacía en una estación de servicio de Libertador y Pampa que ya tampoco está. Varias veces, después de intentar los primeros cuentos, lo veía sentado en la entrada de un edificio, o caminando despacito con su cuerpito enclenque. Y estaba solo, y eso me llamaba la atención. Siempre por ahí, dando vueltas alrededor de la cancha de Excursio, con su mirada de muchacho travieso apagada, si no sabías que era un ex Campeón del Mundo, quizás pensabas que te iba a pedir una moneda. Dicen que nunca se fue del barrio, que jugaba borracho, y no sé qué otras cosas, ah… sí, que su primer sueldo lo repartió con sus amigos.

         Tipos que ya no quedan. Barrios que ya no quedan. Basta dar una vuelta por las cuadras del Bajo Belgrano para intuir que René ya no encajaba por ahí.

         64 años. Qué joven que era, la puta madre. Y digo una cosa más: una vez llovía, no podíamos jugar a esa pedorrada de patear la pelota por las escaleras de la tribuna, entonces nos sentamos en el banco a mirar el picado de Houseman con sus amigos porque la cancha de baby tenía techo: ¿Y qué puedo decir de lo que vi? Gracias, René, por el fútbol.

https://revistazoom.com.ar/toda-la-vida-en-una-orilla/

VUELTA AL BARRIO

        galletas

     Volver al barrio de la infancia te cachetea con edificios que no esperabas, con vidrios polarizados, bares endemoniados, y también con bancos de plaza donde te sentabas a besar a tu primera novia.

    La nostalgia trepando por cada rincón de tu alma. No hay mejor forma de darte cuenta del paso del tiempo. Los objetos antiguos impresionan más que una panza avanzada, que una papada, o las tetas que te crecen sin que las puedas detener.

    Voy con la bolsa reciclable a un chino que por supuesto reemplazó al viejo almacenero que guardaba las galletitas en latas con ventanita circular para ver el contenido. Pero un par de bocinazos me hacen olvidar del asunto.

    Hago otra cuadra. Los años se me acumulan en claustros universitarios, en caras que ya no recuerdo, en fracasos de mercado… Pero no quiero admitirlo, entonces el Dios del que siempre descreí, me ayuda una vez más. Me salva. Sentado en la vereda hay un hombre con gorra hablando por celular. Su cara me suena, su voz me da certezas: lo conozco. Tardo unos segundos más en darme cuenta, me doy vuelta. Sí, es el portero, el encargado del edificio que dejé hace ya treinta años. El tipo se acuerda, me pregunta cómo estoy, entonces enfrento el futuro sabiendo que algo hice bien. Reconfortado.