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taller

Vio una flecha pintada a mano sobre una madera que apuntaba hacia una casilla con una goma de auxilio en el frente. Al lado había una casa precaria, debajo de cuya ventana descansaba una bicicleta de paseo. Después de palmear varias veces, un gordo parecido al tío de los Dukes de Hazzard, abrió la puerta refregándose los ojos. Ponzi le señaló el Sierra. El tipo le pidió que destrabara el capot, metió la mano dentro del motor y, como si la mala noticia fuera para él mismo, dijo que había que cambiar la manguera del radiador.
Ponzi miró al cielo.
―No se preocupe, alguna me debe quedar ―le dijo el gordo, bostezando.
En la casilla había chapas, pinzas, gomas de camión, caños de escape, cucarachas, muchas cucarachas. Se puso a revolver entre la mugre mientras Ponzi fumaba, nervioso.

EL HOMBRE QUE NO PODÍA DORMIR CON LAS MUJERES

Levantó la galera de la mesa y apareció un conejo de ojos rojos. Estaba en su casa con Andrea. La había conocido en un viaje en micro de Mar del Plata a Buenos Aires. Ella sacó el mate y se le acercó. Él no lo podía creer, se sintió un Dios, aunque era feo como el Diablo. Antes de despedirse en Retiro, se animó a pedirle el teléfono. A los tres días la llamó, pero se vieron un mes después. Tomaron café; cuando quiso besarla, ella le corrió la cara.Leer más »

AMORES VIEJOS

Hojeó el álbum familiar sentado en el sillón del cuarto; bebió un sorbo de su amado whisky escocés –no podía faltarle aunque su jubilación fuera escasa– y luego dejó el vaso sobre la mesa. En su falda cayó una foto en blanco y negro que mostraba a dos jóvenes sonrientes. La apiló en la cómoda junto al resto.Leer más »

ÚLTIMOS SUSPIROS DE UNA NOCHE AGITADA

Las paredes empapeladas, cargadas de cuadros, la escalera alfombrada con bordes de metal dorado, la araña en el techo y la empleada doméstica levantando chicitos sobre la mesa ratona, rodean a Ramiro, que en un zapping frenético frente a la tele, mazca chicle con desgano.

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FIESTA DE DISFRACES

Nunca me gustaron las fiestas de disfraces. No sé bien porqué, pero si me apuraran un poco diría que es porque detrás de una máscara se pierde la identidad y, además, no se puede distinguir a las chicas lindas de las feas. Un amigo me contó que llegó a pasear en moto con una travesti enmascarada –que había conocido en una fiesta de disfraces– y que recién descubrió su verdadero sexo cuando se quitaron la ropa en el telo.

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CLASE DE MUJER

El maître les abrió la puerta y Camilo se sorprendió al ver los pisos de mármol, las paredes impolutas y los candelabros colgando del techo. Avanzaron por entre las mesas ante las miradas de los comensales. Ella llevaba zapatos de tacos altos. A él le habían prestado un pantalón de vestir. Ella tenía setenta; él, treinta.Leer más »

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