DONDE DUERMEN LAS ARAÑAS

ESTE CUENTO LO ESCRIBÍ HACE DIEZ AÑOS.

Parecía tenerla atada, hacía jueguito con la pelota de papel una y otra vez, pero el viento de la puna la voló al precipicio.

-Juan, vení –lo llamó el padre desde el bar de Don Cosme.

Antes de entrar, Juancito vio pasar el camión de la policía cargado de pelotas. Se sentó y le dijo a su padre lo que quería para su cumpleaños.

–Una pelota de fútbol.

–Hijo, ya no quedan, no se hacen más…

–¿Y por qué no se hacen más, pa? –le preguntó Juancito que apenas llegaba con los pies al suelo.

-Porque el gobierno lo prohibió.

–¿Y por qué?

         –Porque no se puede, nadie debe jugar a la pelota -tartamudeó el padre.

–¿Y por qué no?

–Mirá… –le dijo pasándole la mano por el pelo–, te voy a contar una historia. Hace mucho tiempo, cuando papá era chico, el abuelo José, ¿te acordás del abuelo José? -Juancito asintió con la cabeza-, bueno, el abuelo me llevaba a la cancha a ver al rojo todos los domingos. Comíamos los fideos de la abuela ¿te acordás de la abuela Etelvina? –el chico asintió metiéndose un dedo en la nariz–, bueno, claro, cómo te vas a olvidar de la abuela si hacía unas pastas impresionantes. Después de almorzar salíamos a esperar el colectivo, viajábamos un poco apretados pero nunca pasó nada.

–¡La pelota, papá! ¡Contame de la pelota! –le protestó el niño.

–Sí, ya va, hijo, no seas impaciente, todo tiene que ver con la pelota en definitiva, porque lo que hacíamos el abuelo, yo, y las demás personas que iban a la cancha, dejar a la familia, viajar, hacer la cola para conseguir las entradas, aguantarse parado todo el partido, mojarse si llovía, chupar frío en invierno… todo era por amor a la pelota.

Juancito escuchaba con los ojos bien abiertos, ni siquiera lo distrajo el paso de otro camión de la policía con más pelotas.

–Llegamos a la cancha y lo primero que hicimos fue la cola para sacar las entradas. El cielo se estaba poniendo gris, la gente se refugió debajo del techo.

-Papá, ¿había pelotas afuera de la cancha?

         El padre se sorprendió. Sonriendo, le dijo:

        –Muchas. Un montón de pibes como vos pateaban en los potreros, jugaban hasta en las vías del tren.

        A Juancito le brillaron los ojos.

       –Seguí, papá, seguí.

       –Bueno, esperá. No era fácil estar ahí, la cancha estaba empezando a quedar chica de tanta gente que iba. El equipo andaba bien y cuando jugaba contra otro grande no cabía ni un alfiler. Pero estábamos acostumbrados, lo tomábamos como algo natural, parte del folklore, igual que los cantitos.

        –¿Qué cantitos, pa?

       –Las canciones que cantaban las hinchadas. Miles de personas cantando al mismo tiempo; parecíamos cantantes de ópera.

       –¿Y qué decían las canciones?

       –Se alentaba mucho al equipo, a algún jugador en especial, al nueve que hacía los goles, al arquero si atajaba un penal… Bueno, también nos gustaba cargar a los rivales… algún insulto se oía, no puedo mentirte, hijo, se decían palabrotas en la cancha.

         –¿Por qué, papá? ¿Qué palabrotas?

         –No sé, palabras feas, agresivas, insultos. Es que el fútbol era muy lindo pero también tenía eso –un tono de tristeza se apoderó de su voz–, la agresión al rival, y lo raro, lo triste es que pensábamos que era divertido. El odio hacia el otro nos parecía bien.

         –¡No me importa eso de las palabrotas papá, quiero saber de la pelota!

        –Bueno, escuchá cómo definimos aquel partido contra Boca que nos hizo ganar la Liguilla.

       –¿Qué es la Liguilla?

      –Un campeonato corto que se jugaba para clasificar a la Copa Libertadores.

      –Ah –dijo Juancito sin comprender del todo.

      –Faltaban quince minutos para que terminara el partido; creo que fue Marangoni, patrón del medio campo de nuestro equipo, quien le dio el pase al Bocha…

    –¿El Bocha es ese bajito y peladito que me mostraste en la foto, pa?

    –Sí, ese, el mejor diez, después de Maradona, que vi en mi vida.

      –¿Qué hizo, qué hizo con la pelota? –le preguntó Juancito que ya no podía mantenerse sentado.

     –Y qué va a hacer, lo de siempre: entró al área marcado por un defensor y la acarició apenitas ante la salida del arquero, se la mandó ahí abajo, donde duermen las arañas…

–¿Dónde duermen las arañas, pa?

El padre rio.

–En la esquina de la red, en la parte de abajo, bien esquinado. Entonces se desató el delirio, me acuerdo que el abuelo me abrazó tan fuerte que nos fuimos para abajo porque los de arriba hicieron presión y quedamos todos apretujados contra el alambrado…

El padre interrumpió el relato.

Juancito, que armaba un arco con plastilina y palitos de helado, notó algo raro. Le preguntó qué le pasaba.

Escondiendo el llanto, el padre le dijo que se había emocionado al recordar aquel gol del Bocha.

Juancito, sabiendo que jamás tendría una pelota, sacó una piedra del bolsillo y la apoyó en el suelo. Frunció el ceño, tomó carrera y, ante la mirada atónita de Don Cosme, de un puntinazo la mandó al vértice inferior izquierdo de la ventana del bar, “ahí donde duermen las arañas”, le dijo a su padre con una sonrisa.

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LA OFICINA

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Ningún trabajo me sienta bien. Y eso que tuve varios a lo largo de mi mediana vida, si consideramos que estoy en los cuarenta y pico. ¿Qué querés decir, Emanuel? ¿Qué? ¿Querés ser un vago?

No. La vagancia también me cansa y además, con tiempo al pedo, uno empieza a hacer cosas absurdas como pagar para jugar un partido de fútbol. Cuando estás al pedo, hasta coger aburre. Lo peor es que entre las muchas boludeces que pensás, te terminás acordando de que lo único seguro en esta vida es la muerte. Sigue leyendo “LA OFICINA”

FIN DE AÑO EN LA CIUDAD

 

   fin de año en la ciudadCuando faltaban dos días para fin de año, mi amigo Tony me invitó a tomar un rico vino a su casa. Eso no lo rechazo nunca, aunque llueva o truene. Vivo cerca de la estación, pero desde que me compré el Toyota, hace veinte años, no volví a viajar en subte.

   Sin embargo, esa tarde decidí prescindir de mi querido auto e ir bajo tierra. No sabía si quería pasar la noche del treinta y uno con Tony y su tía, o solo en casa. Sigue leyendo “FIN DE AÑO EN LA CIUDAD”

LA NAVIDAD DE LUIS

pension

 

       Terminaba el año 2001 y Luis se sentía solo, sobre todo cuando veía a la gente comprando regalos que presumía serían abiertos entre besos y abrazos al llegar la Navidad.

       Algunos lo tildaban de vago. Hacía trabajos ocasionales de carpintería y el resto del tiempo caminaba, gustaba mirar a las hormigas cargando alimento. Detestaba el trabajo estable. Alguna vez lo tuvo, pero no podía aguantarse hasta las seis. Lo dejó y dedicó el tiempo a meditar. Sigue leyendo “LA NAVIDAD DE LUIS”

EL HOMBRE QUE NO PODÍA DORMIR CON LAS MUJERES

Levantó la galera de la mesa y apareció un conejo de ojos rojos. Estaba en su casa con Andrea. La había conocido en un viaje en micro de Mar del Plata a Buenos Aires. Ella sacó el mate y se le acercó. Él no lo podía creer, se sintió un Dios, aunque era feo como el Diablo. Antes de despedirse en Retiro, se animó a pedirle el teléfono. A los tres días la llamó, pero se vieron un mes después. Tomaron café; cuando quiso besarla, ella le corrió la cara. Sigue leyendo “EL HOMBRE QUE NO PODÍA DORMIR CON LAS MUJERES”

AMORES VIEJOS

Hojeó el álbum familiar sentado en el sillón del cuarto; bebió un sorbo de su amado whisky escocés –no podía faltarle aunque su jubilación fuera escasa– y luego dejó el vaso sobre la mesa. En su falda cayó una foto en blanco y negro que mostraba a dos jóvenes sonrientes. La apiló en la cómoda junto al resto. Sigue leyendo “AMORES VIEJOS”

FIESTA DE DISFRACES

Nunca me gustaron las fiestas de disfraces. No sé bien porqué, pero si me apuraran un poco diría que es porque detrás de una máscara se pierde la identidad y, además, no se puede distinguir a las chicas lindas de las feas. Un amigo me contó que llegó a pasear en moto con una travesti enmascarada –que había conocido en una fiesta de disfraces– y que recién descubrió su verdadero sexo cuando se quitaron la ropa en el telo.

Sigue leyendo “FIESTA DE DISFRACES”

CLASE DE MUJER

El maître les abrió la puerta y Camilo se sorprendió al ver los pisos de mármol, las paredes impolutas y los candelabros colgando del techo. Avanzaron por entre las mesas ante las miradas de los comensales. Ella llevaba zapatos de tacos altos. A él le habían prestado un pantalón de vestir. Ella tenía setenta; él, treinta. Sigue leyendo “CLASE DE MUJER”

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