TRAICIONES

zoo-animals-5-1398942

La discusión estaba planteada. Los muchachos, reunidos alrededor de la mesa, tomaban café, ginebra y fumaban. Abrió el juego Gonzalo, vendedor de seguros y coleccionista de banderines: “La peor traición es la amorosa. Supongan que le digo a mi mejor amigo, a vos, Carlitos, por ejemplo, –Carlos lo miró asustado– es más te recontra prometo, te juro por mis hijos que nunca voy a tratar de levantarme a tu mujer; no te digo que no le voy a echar un ojo, pero voy a reprimirme en caso de que algo me pasara con ella. Pero resulta que un día, no sé, pónganle tres meses después, o menos si quieren, me rajo con su mujer –Carlitos ahora lo miraba aterrado– ¡Terrible! Es la peor de las traiciones”.

La mesa del bar británico quedó en silencio. Después hubo gestos de aprobación y también abucheos. Entonces arremetió Walter, periodista deportivo, viudo, padre de dos hijos: “Con el tema del amor te podés justificar diciendo que no se puede manejar, ni evitar, que ninguna mina tiene dueño y bla bla. Escuchen esto: supongan que José –todas las miradas se depositaron en él– y yo planeamos un viaje a… no sé… Islas Fiji, ponele. No te rías, boludo –le dijo a Atilio que lo había interrumpido con una carcajada–, es una suposición, bueno, entonces arreglamos todo y quedamos en encontrarnos directamente en Ezeiza. Llega el día del vuelo y yo no aparezco, ni siquiera le aviso por teléfono, lo dejo plantado ahí en el medio del hall del aeropuerto con la valija y el pasaje porque…eh…bueno, no importa porqué, pero la cuestión es que lo cago. ¿No les parece la peor de las traiciones? ¿Eh? ¿Por qué me miran así?

El mozo trajo una nueva ronda de cafés. Otra vez optaron por el silencio, como si necesitaran tiempo para digerir lo escuchado y pensar un ejemplo mejor. Cuando algunos ya estaban empezando a comentar la fecha del último domingo, el Bocha, tachero, con el índice de la mano derecha en alto, dijo: “¡Momento, que tengo el mejor ejemplo! –y hasta el mozo acercó una silla ansioso por enterarse–. Supongamos que Pedro me cuenta, como íntimos amigos que somos, un secreto: que se ganó el loto y que tiene la guita guardada debajo del colchón… ¡Y yo voy y se la afano! ¡Esa es la peor traición!”, dijo convencido.

–Serías un gran hijo de puta –gritó uno desde le fondo–, pero esa no es la peor traición.

Todos se dieron vuelta esperando que superara el ejemplo anterior. Pero el tipo se limitó a ponerle tiza al taco de pool.

–Sí –asintió Gervasio que hasta el momento había permanecido en silencio– serías un gran hijo de puta pero no tanto un traidor. Es una traición como cualquier otra. Es común sacrificar una amistad por amor o por dinero, además es más una boludez del tipo que te cuenta donde guarda la guita, que una traición tuya al afanársela, es difícil no tentarse, al fin y al cabo somos humanos.

 Los muchachos murmuraron en señal de reprobación; robarle plata a un amigo no era tan grave como quitarle la mujer, pero de todas maneras, eran traiciones imperdonables como clavar una cuchillada por la espalda.

Gervasio se dio por vencido, pagó el café y se fue del bar silbando bajito. Los muchachos apenas notaron su ausencia, entretenidos entre el pool y los goles del domingo en la tele.

Estaba oscureciendo y caía una leve llovizna. Agarró por Paseo Colón en dirección al microcentro. Llevaba un piloto gris y una carpeta que decía “Escribanía González”. Un aire melancólico acompañaba su andar. Creyó que su estado se debía a la lluvia y al otoño.

 Dobló en avenida Córdoba hacia Puerto Madero. Fue testigo del arco iris formado en el horizonte cuando la lluvia amainó y los últimos rayos de sol se reflejaron en el río. No pudo disfrutarlo. Es más, le produjo tristeza, al igual que los puestos de diarios, los bares, la gente que salía de las oficinas, los automovilistas, los colectivos y hasta las mujeres bellas. No entendía la razón de su pesadumbre; tenía amigos, en su casa lo esperaban dos hijos adorables y una mujer maravillosa. ¿Por qué estaba mal entonces?

En Corrientes y Reconquista se apoyó contra un poste de luz y prendió un cigarrillo.

Pensó en Gonzalo, que a pesar de tener que patear la calle como un perro todos los días para ganarse el pan, al tipo se lo veía siempre sonriente y dicharachero, orgulloso de su colección de más de mil banderines. En Walter, que tenía un montón de problemas familiares pero cuando hablaba de fútbol se le iluminaba la cara; y en el Bocha, que solía quejarse por la falta de plata, pero cuando se refería a su Peugeot 504, se emocionaba como un chico con juguete nuevo.

De vuelta en Paseo Colón se detuvo de golpe. Esa misma noche le anunció a su mujer que dejaría su trabajo en la escribanía y que se tomaría un año sabático para dedicarse a trabajar en un zoológico que respetaran el hábitat natural de los animales. Para sustentarse y pasarles la mensualidad a sus hijos, tuvo que vender el auto y utilizar todos los ahorros que tenía en el banco.

Un año después, cuando volvió al bar luego de su último trabajo en una ONG protectora del “Wild Natural Animal” en Mozambique, les dijo a sus amigos sin titubeos:

–Ya sé cuál es la peor de las traiciones.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: