TRISTE JUEGO FINAL

ovillo

Estoy tan turbado que no sé por dónde empezar a contar, a descargar, a eludir para salvarme. La pluma me pesa entre los dedos temblorosos. Así no se puede, los leo a ellos y no se puede, y luego me acurruco en la cama a llorar y podría decir tantas cosas de ese llanto pero para qué si es tan bueno “Llorar a lágrima viva”, que ni vale la pena intentarlo. Claro que traté, no vayan a creer que soy un vago en busca de compasión.

Me detuve un rato, quise hacer otra cosa, fumar, mirar el colibrí desde la ventana, pero el cuerpo volvió a sentarse delante del escritorio y los dedos –siempre temblorosos– tomaron la pluma de tinta reseca. ¡Mejor!, fue como si me salvase la campana, para qué seguir si uno agarra un libro de Cortázar, cualquiera, qué digo un libro, una línea y siempre hay algo bueno. No le recomiendo, amigo, intentar escribir una carta, para qué si está la de la Maga a Rocamadour; ni siquiera a intentar un comienzo me animo, no puedo desde que leí “Cien años de Soledad”. Entonces me dije: ya sé, voy a ser un buen titulador, o como corno se diga, cada vez me importa menos la forma, la morfología, la semántica, la estética y la ética, al demonio con todo. Yo solía titular bien los partidos del domingo en una hoja fantasiosa de lunes. Pero tuvo que aparecer aquel otro desgraciado y escribir “Triste, solitario y final”, para no hablar de un amigo atrevido que me madrugó con “El oficio de sobrevivir”. Así me fueron derrumbando. Ya no me quedan recovecos ni posiciones por explorar en mi cama inundada de lágrimas y bronca. En un claro manotazo de ahogado se me ocurre algo, lo sé, es evadirse, pero me dejo llevar y salgo a vagabundear o mejor dicho a trabajar de conquistador, busco perfumes femeninos en cada esquina, y es el siglo XXI, no requiere mucho esfuerzo ni tiempo si uno observa sólo el envase. Pienso que el contenido, el relleno se acomoda con el tiempo, se moldea y en pocas semanas estamos viviendo juntos, cenando en la calma del departamento nuevo, la cocina está en orden por primera vez, la comida huele a comida y entonces, satisfecho me recuesto en el sofá a leer el diario. Por desgracia aparece otra vez J. C. (lo detesto tanto que ya no puedo mencionarlo) con un cuento que en realidad es una carta, una estupenda demostración de un amor imposible, la temática puede parecer trillada pero en sus manos nada lo es, cinco líneas, tal vez seis, para que ya no pueda desprender los dedos del papel, y eso que hay tareas pendientes, asuntos pendientes y una dama que espera en la cama, cansada y satisfecha de haber dejado la cocina en orden. Pero está la otra mujer, la creada, la fantaseada por él, que hace eco en mi alma y apuesto que en la de más de uno que tuvo la mala fortuna de toparse con el mismo diario, el mismo texto, (me consuela un poco no ser el único en este padecimiento), sin embargo escucho pocas voces, pocos gritos escupiendo espanto y desconsuelo. ¿Por qué nadie me habla de esto? ¿Por qué no hay un organismo, una convención en la Haya o un Ministerio donde elevar la queja? ¿Será por eso que sólo veo una salida? Ya saben quién es el principal culpable de mi decisión, no hace falta que lo mencione, está bien claro, y si no vayan y revisen el cuento “Ciao, Verona”, allí descubrirán al responsable de matarme dos pájaros de un tiro: el primero, el que quería volar, crear, soñar y conmover, y que quedó aplastado como un sapo en las tres primeras líneas de ese relato póstumo; y el segundo, el conformista, el cómodo, el que había disfrutado de la cocina limpia y la cena deliciosa y que ahora –todavía con el diario en la mano– se da cuenta que después de conocer a Mireille, ya no podrá ni siquiera intentar querer a la señora que descansa en su cama.

Me quedé solo. De a poco fui construyendo excusas para alejarme de cuanta mujer me tuviera compasión. Aunque no comprendieran ni una milésima de mi angustia literaria, estrambótica para el mundo tangible, algunas almas caritativas han intentado rescatarme del abismo, del agujero negro en el que parecía caer mi conciencia y mi ser. Yo me resistía con todas mis fuerzas, no quería salir, ¿salir adónde? Elegí gatear en penumbras mi mundo cobarde y envidioso, de escasas palabras y mucha confusión, antes que sobrevolar las áridas tierras del mundo real.

Cada vez que me encontraba frente a la hoja en blanco y mis dedos tiritaban sobre el teclado, me preguntaba porqué no estaba detrás de un mostrador vendiendo burletes, goma espuma, remeras estampadas en la feria de Flores, o helados en una bicicleta. ¡Pero no!, me decía la voz de mi interior, vos estás para otra cosa, menesteres más elevados. Claro, se contestaba la misma voz, como enroscarte en la cama a ver el mundo creado por otros hasta cansar la vista y terminar extenuado de no hacer nada. Entonces el plan B de un abecedario repetido hasta el cansancio: Llamarla y tener otra vez la comida con olor a comida, compartir el tiempo en nuestra ridícula existencia, cambiar la mirada sórdida por el semblante de una efímera y seudo felicidad, todo hasta volver a cruzarme con un texto de “esos” que contienen Mireilles y mandar todo al mismísimo demonio por enésima vez, pero ahora más triste, al descubrir que la punta del ovillo no tiene final.

“Menesteres más elevados”, digo mientras me rio como un marrano sobre el banquito que sostiene mi vida. “Estúpido-idiota-burgués de pacotilla”, repito una y otra vez, hasta que mis sollozos llegan a la cocina y ella, sin sacarse el delantal, acude a mi rescate.

En la mesa me esperan las tostadas con el suplemento literario del domingo.

Fatal, como la vida misma.

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