PRIMERAS ARMAS

primeras armas

Como puedo verla sólo los domingos, tratamos de sacarle el mayor provecho al día. Es mi única hija, y su madre se las ha ingeniado para complicar nuestra relación. A pesar de todo, Mica me admira, conmigo se divierte, la pasa bien. La quiero mucho. Sus lugares preferidos son el parque Güemes, la Costanera y el Aeroparque. Le gusta mojarse cuando llueve, es una niña valiente, no sé a quién salió, yo soy un tipo urbano, y la arpía una intelectual de pacotilla que apenas sale de su casa. En cambio Mica es como esos duendes de las películas que parecen quietos pero cuando te das vuelta desaparecen. Más de una vez salimos desesperados a buscarla y estaba escondida en el lavadero jugando con sus muñecas. Diría que es una niña anacrónica, todas sus compañeras se la pasan chateando con el celular, pero ella no, cuando cumplió seis le compré un teléfono para tenerla siempre localizada (la cosa está brava, es en lo único en que coincidimos con la madre), pero ella los vive perdiendo.

El domingo pasado fuimos a caminar por Florida, yo necesitaba una funda para la tablet. Esquivamos turistas, vendedores ambulantes, y nos metimos en la galería “Jardín”. Después almorzamos en una parrilla atestada, casi no pudimos hablar. Le expliqué que tenía cosas que hacer, la próxima vez haríamos un paseo más largo. Bajó la cabeza, pasó un dedo por el mantel como si quisiera dibujarme, tal vez esbozaba un monstruo, no sé. La dejé en la casa de la arpía, y me quedé en el auto hasta que cerró la puerta, ¡qué le podía pasar un rato sola!

Esteban es un imbécil, de eso no hay dudas. ¿Pero descuidar a Mica de esa marera? ¡Hay que ser estúpido! ¡Cómo no me avisa que la va a dejar antes de tiempo! Claro, sabía que le iba a decir que no porque estaba haciendo compras en el shopping. Después de lo de ayer no volverá a verla, no puedo permitir que mi hija sufra algo similar. No es justo, una se rompe el alma para darle todo, la manda a colegio privado, la cuida como a un tesoro… y termina pasando por semejante situación. La abuela dice que es la mejor nena del mundo. Es cierto, así la educamos y así la protegemos, la protejo, porque lo que es el imbécil… Pobrecita mi princesa, ella es tan curiosa, está en esa edad en dónde quiere saber, se creé grande, mi amor… yo nunca dejo que ande sola, ¡con las cosas que pasan hoy en día!

Yo quería pasear con papá. ¿Por qué lo veo tan poco? “No puedo”, me dijo: “papá tiene cosas que hacer”, y no me animé a preguntarle qué cosas. Me dejó con ganas de ir al parque, de ver correr a los perros, de jugar en la hamaca, de sacarme las zapas y andar descalza por la arena… Como mamá no estaba en casa, salí y caminé hasta el terreno de al lado. Me dieron ganas de entrar. Estiré la cadena y pasé el cuerpo. El pasto con pinches me dio un poco de miedo porque tenía el jardinero corto. Me saqué las zapas, la arena estaba tibia, me encantó. Cuando me aburrí, me puse a caminar por el baldío. En el fondo había una pared blanca. Me puse las zapas para no pincharme los pies. Me paré arriba de una caja de madera, trepé, y quedé con las piernas colgando a los costados. Al dejarme caer hacia atrás, sentí que unas manos grandotas me agarraban. Un hombre de cara marrón con ropa blanca, esa que usan los que pintan paredes, me miró serio. Me habló, pero yo no entendí nada de lo que dijo. Mamá me había enseñado a no juntarme con extraños, por eso me quedé con la boca cerrada. Casi me hago encima cuando me llevó de la mano hasta la casilla que había a un costado. Adentro tenía una cama, una heladera y una tele blanco y negro muy diferente a la grande y plana que tenemos en casa. El hombre me dijo que me sentara y obvio que le hice caso. Me puse a mirar la tele, se veía con rayas, no me gustó, no pasaban dibujitos. Cuando se puso a hablar por celular, parecía que cantaba, y yo aproveché para escaparme.

En la puerta de casa encontré a mamá llorando mientras hablaba con un policía. Corrí y le empecé a pegar en la panza a ese señor de uniforme. Mamá me agarró de la cintura, me metió entre sus brazos mojándome el jardinero con lágrimas. “Dejame”, le grité (estaba muy confundida) y me puse a llorar yo también. El policía abrió grande los ojos cuando el señor de cara marrón asomó la cabeza por la puerta del baldío.

En ese momento apareció el auto de papá.

—Papá —grité y le salté encima. Me dio varios besos, “Mica…Mica”, decía, “qué hiciste”, y yo me asusté porque no había hecho nada, solo había jugado en el baldío. Mamá le pegó en el pecho, papá tuvo que dejarme en el piso porque si no se caía.

El hombre de la ropa blanca seguía asomado en la puerta. No se lo veía bien, pero yo sabía que era él. El señor policía sacó un palo, lo agarró de los pelos y le empezó a pegar. El hombre se tapaba con las manos, yo pedía que no lo lastimara, pero mamá y papá discutían y el policía siguió pegándole palazos. Entonces grité tan fuerte que papá se dio vuelta y le pidió al policía que parara. Me escapé de los brazos de mamá y corrí hasta donde estaba el hombre de la casilla. Había sangre. Me dieron ganas de llorar. Miré a papá y después al policía que respiraba fuerte con el palo en la mano. Mamá se metió en casa. El hombre de cara marrón no se levantaba. Nadie supo explicarme por qué lo taparon con una manta.

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