LA PELOTA DE ROLAND

arco

Tendría que haber empezado a las seis, pero la lluvia y la neblina no lo permitieron. Prendí un pucho y levanté el cuello del impermeable buscando el humo de alguna hamburguesería. Los altoparlantes empecinados en mantener silencio. Quisiera decir que éramos al menos un puñado, pero mi alma gélida estaba sola. Diga que uno tiene esta cosa bien metida, porque era una tarde para estar en casa tapado hasta el cuello.

Unos días atrás me habían regalado un libro. En la tapa tenía a un hombre sentado sobre un bote. Me dije tonto por no abrirlo después de las pastas. Hubiera evitado este frío en los huesos.

Miré la puerta de salida con cariño. Si fuera un estadio de los europeos, al menos uno podría fumar en paz, o tomar cerveza hasta que la dirigencia o el consejo de seguridad o el colegio de árbitros definieran el destino de la tarde. Pero no.

El altoparlante chisporroteó y anunció una marca de vino barato. Ahora dirá la alineación del campeón, me dije, pero enmudeció para siempre. Decidí ir a la mismísima presidencia a sacarme las dudas. Con pasos tibios abrí la reja sin candado, accedí al pasillo central que tanto conocía, la cafetería desolada, el vestuario cerrado, al igual que la oficina del mandamás. No iba a volver atrás, como cuando se encara, siempre para adelante. Recorrí cada rincón y encendí otro pucho para pensar. ¿Acaso habían avisado en los medios que el partido se suspendía, y yo enganchado en mi ceguera melómana no me había enterado? ¿Acaso ya no queda ni el loro aquí? Imaginé los portales informativos con mi cara alucinada y desorientada: el ilustre bobo que concurre al estadio el día que no hay partido. Pero me dije qué más da, que uno no dispone de su amado club todos los días, qué tanto. El pasillo que llevaba al vestuario visitante parecía infinito. Zasss, yo sabía que no podía ser el único. Un hombre –creo que se trataba de un hombre, en realidad vislumbré una sombra- barría la vereda como cualquier ama de casa, con lentitud y pocas ganas. No supe qué hacer, parecía una momia ahí parada en el hall. Me llamó tanto la atención que decidí dejar de lado la investigación de la oficina presidencial e ir a su encuentro. Claro que no me animé a avanzar como un banquero a las diez de la mañana. No. Fui con movimientos tímidos, dos pasos para adelante, uno para atrás, no vaya a ser que se tratara de un policía y me metiera en un lío.

Seguí la cartelería. Por alguna modificación en la estructura (creo que sacaron una columna) desemboqué en el campo de juego. Poco me importó que la lluvia molestara, que los arcos apenas se vieran y que las rayas de cal brillaran por su ausencia. Miré las tribunas. La pelota en el medio, extraña, como un viejo amigo cambiado. No voy a negar que una buena iluminación hubiera ayudado. Puse la pelota en el empeine, la hice rebotar contra el zapato como si estuviera en el patio de casa, sentí que recuperaba un amor de juventud, que le hacía una gambeta a la muerte. Casi se me escapa para adelante. Hubiera sido humillante ante las miles de almas, porque a pesar de no pelear por el título, la gente venía igual, algunos decían que solo lo hacían por mí, los más exagerados explicaban que verme distribuir el balón era como apreciar una obra de arte, pero no un cuadro o una escultura fría que no dice nada, no, una de esas manifestaciones que sacan un grito desde el fondo del alma, esos alaridos que provocan afonía instantánea. Lo más gracioso es que yo solo quería jugar a la pelota, nada hacía para impedir que se alejara de mi pies. Nos divertíamos, como aquella vez que la adelanté de espaldas, me di vuelta y la fui a buscar dejando al pobre defensor desairado contra la línea. Entonces empezaron a corear mi nombre y eso que no jugábamos a nada, perdíamos bastante seguido, pero un periodista argumentó que eso sucedía cuando el técnico me sacaba.

Ahora sigo buscando el arco de enfrente como se busca el primer beso. Levanto la vista, veo caras borrosas; ya no veo más nada.

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