DESTINO

destino

El envión de las manos contra el piso lo catapultó a la superficie. La tabla suelta flotando en la orilla, los rulos sacudidos, ni buen surfista era. Claro que empezar a los cuarenta no es fácil.

El casino es un problema que nadie quiere atender, de dividendos positivos para algunos, de vidas perdidas para otros. Como el caso de Doble cero, nuestro protagonista, así lo habían apodado los compañeros de oficina porque siempre perdía jugando a ese número. Primero fue el auto, luego el trabajo, la familia… Todo en un año. Su ex quiso mandarlo al centro de ayuda al ludópata, pero el casino siempre presente, rimbombante, para evitarlo tenía que hacer el camino más largo, algunos días lo lograba, otros se imponía la pereza y justo ahí, en la costa, por donde pasan todos, en el lugar más lindo de la ciudad, el casino y sus cuatro pisos de arquitectura inglesa, techo negro, majestuoso, se le volvía irresistible.

Cuando Camila lo echó fue a una pensión que ella ofreció pagarle con la condición de que se mantuviera alejado de Manuel hasta recuperarse de la adicción. Usó los últimos ahorros para comprar una tabla de surf. El mar lo expulsaba una y otra vez, lo hundía como a una caja de piedras.

No hubo avances en la clínica, entonces la mensualidad de su ex se fue al diablo y en la pensión lo pusieron de patitas en la calle. Empezó a pedir limosna en la puerta del casino hasta que la fortuna se puso de su lado. Pleno el 17. A comprar parafina, la soguita que se abrocha al tobillo, algo de comida y cervezas.

Tomó un colectivo a las playas del sur, armó un refugio junto a las piedras con vista privilegiada al mar. Para evitar los turbulentos pensamientos decidió ganarle la batalla a las olas. Más de dos horas barrenando, una vez se paró y anduvo derechito.

Otro pleno al 17 le permitió afrontar un iglú con varas de fibra. La armó debajo de unos árboles entre la ruta y la playa. Con un poco de suerte saldría a flote y todo sería como antes, se dijo: asegurador de riesgos de trabajo, padre de Manuel, esposo de Camila.

La noche que salió del casino sin una moneda, lo levantó una pareja con un nene sentado en el asiento de atrás. Le preguntó cómo se llamaba y Doble cero dijo “Doble cero”. El nene rio a carcajadas dejando a la vista dientes de leche espaciados. La madre también rio; el padre le preguntó a qué se dedicaba. “Surfista casi profesional”. “¿Y eso paga bien?”, quiso saber el hombre a través del espejo retrovisor. Doble cero se encogió de hombros, le dijo que era afortunado, veía muchas estrellas, además tenía la biblia y el mar. Le faltaba Manuel, claro, dijo y desvió la vista. Si alguna vez volvía a tener plata, la depositaría en una cuenta a nombre de su hijo.

Lo dejaron al costado de la ruta, le desearon suerte. Doble suerte, pensó Doble cero acomodando una estaca floja del iglú. Se sentó sobre una roca a pasarle parafina a la tabla. Cenó un pan que encontró cerca de un puesto playero; la arena le regaló cinco pesos y un juego de llaves. Hizo la plancha mirando la luna más redonda que vio en su vida.

Algunos intelectuales de Mar del Plata decían que el surf era un deporte superficial, para gente pudiente y hueca como un tubo. Pero a él le resultaba más interesante que vender seguros.

Ya sin grasa en el abdomen luchaba contra sus ganas de jugarse todo (es decir, la biblia y el iglú) en el casino. Por las tardes cuidaba los autos de los bañistas y cuando caía el sol surfeaba a pesar del frío.

Una vez se tomó un colectivo hasta su viejo hogar y esperó a Manuel escondido en el paredón de la esquina. Pero al verlo caminar junto a una chica, decidió contemplar la escena en silencio, guardándose las ganas de abrazarlo. Al día siguiente lo intentó otra vez, pero el chico le pasó por al lado sin reconocerlo: no se había dado cuenta de que lucía como un náufrago. Pasó semanas encerrado en la carpa, flaco, reflexivo. Dejó el alcohol, la biblia y el juego, en ese orden. Pero siguió surfeando. Empezaban a salirle firuletes.

Una pareja de ancianos se mudó cerca de su campamento. El viejo, morrudo y bajito, lo escudriñaba desde el balcón. La mujer lo saludó agitando la mano. Tuvo ganas de darles una bienvenida, ¿pero qué podía ofrecerles? Consiguió una navaja, poco a poco fue tallando un mate. El viejo lo observaba a través de prismáticos profesionales. Doble cero surfeaba sin descanso, ya lograba pararse como un profesional.

A la noche caminó con el mate en la mano rumbo a la casa de los viejitos, pero cuando estaba por golpear la puerta, escuchó puteadas del hombre y llanto de ella. Como un cobarde decidió regresar al iglú.

Durante meses se mantuvo alejado de la casa de los viejos. Sin embargo el hombre nunca dejó de observarlo con los prismáticos, como si no tuviera otra cosa que hacer.

Mar del Plata resultó elegida sede del próximo Campeonato Mundial de Surf, pero sin plata no hay campeón, ni campeonato, ni inscripción. Lo sabía.  Decidió acercarse a la cabaña de los viejos a pedir ayuda. Oyó nuevamente llanto de mujer y puteadas de varón. Esta vez golpeó la puerta. Segundos de silencio. Una escopeta asomada a la ventana lo espantó como a una rata.

Vio el comienzo del torneo desde la cima de un médano. Abajo, en la playa, gazebos con indumentaria a la venta y una estructura tubular donde el jurado calificaba a los surfistas.

A la noche el viejo lo visitó en el iglú y le preguntó para qué entrenaba tanto si no se había anotado. Doble cero le contestó “¿cómo es eso de tener esposa para insultarla?”.

El último día del campeonato surfeó junto a los participantes, a pesar de los reclamos de la organización. Luego de las primeras piruetas, el público se rindió a sus pies. Volvió a la carpa con la gloria en el pecho inflado y orgulloso se puso a mirar la foto de Manuel. Pero el ruido de unos pasos lo pusieron en alerta. Una escopeta asomada al cierre de la carpa, selló su destino.

 

 

 

 

 

 

 

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