NO FUE UNA TARDE MÁS

vidrio roto

Estampó la jarra de vidrio contra la pared y le dio una piña a la mesa ratona.

—¡Cómo vas a olvidarte de tomar la pastilla!

Samanta miraba hacia la ventana con lágrimas en los ojos, dura como una estatua.

—Yo te avisé, pero vos estabas borracho…

Amil pegó tres gritos guturales, una especie de “ahhh, agr, uhhgg” y con un pañuelo se envolvió la mano ensangrentada.

—¡Sos una boluda importante! —gritó.

—No me digas así —se defendió Samanta—, no fue culpa mía, no fue culpa de nadie, son cosas que pasan.

Amil la miró con los ojos en llamas, abrió la puerta y bajó las escaleras corriendo. En menos de diez segundos ganó la calle.

Samanta se pasó la mano por los ojos, marcó el número de la recepción del hotel, y pidió una botella de champagne. Agarró el celular, cada vez que se peleaba con Amil hablaba con su madre, y ella siempre le decía lo mismo: “dejalo, es un tipo violento, te va a terminar lastimando, o algo peor”.

Amil cruzó la calle con la mano lastimada en el jean. Caminaba con cara de malo. Un colectivo pasó por un charco y el agua terminó en las botamangas de su pantalón. Palpó la navaja en el bolsillo trasero. En un kiosco compró el whisky menos dañino que puedo conseguir. Tomó un gran sorbo y sintió que el alma le volvía al cuerpo. ¿Cómo es ser padre?, ¿dónde se enseña?, un escalofrío le atravesó la espina dorsal. Pensó que lo mejor sería seguir caminando.

Llevarlo a la cancha. Esa idea lo entusiasmó. ¿Y si es nena? ¿Cuánto salen los pañales? Tomó otro trago. Se detuvo frente a una vidriera con celulares, televisores y minicomponentes. Entró. “¿Cuánto sale un celular touch screen?”. “Mil quinientos”, le dijo el vendedor. Dos semanas atrás había destrozado el auto en la Panamericana, la deuda de la tarjeta llegaba a veinte mil. Pagó en efectivo y se fue con el aparato en el bolsillo.

En el bar le trajeron una ginebra acompañada de aceitunas. Pensó en leer el manual del celular, pero terminó inclinándose por un poema que llevaba en el bolsillo.

Unos tipos miraban un partido de fútbol en la tele colgada de la pared. El pelilargo con la camiseta de River le pidió al encargado que subiera el volumen un poco más. “Toca la pelota, va para Stracualursi, remata desviado. Saque de arco”, parte del relato. Amil miró al tipo con odio.

—Podés bajar la tele, flaco.

Al encargado le transpiraba la frente. Los fanáticos seguían con la vista en la pantalla. El de la camiseta fue hasta el mostrador, agarró el control remoto y subió el volumen al máximo. Amil se le acercó con pasos lentos, levantó una naranja de una canasta y la estrujó entre los dedos mirándolo a los ojos.

—La concha de tu madre, vos y tu volumen de mierda —le dijo.

Los que estaban mirando la tele se pararon de golpe. Con los puños bien cerrados insultaron a la pantalla, el árbitro había cobrado penal en contra de River. El pelilargo se agarró la cabeza.

Amil volvió a la mesa, puso el touch screen en un bolsillo, y en el otro el poema con la navaja.

Volvió aspirando el humo de los colectivos; algo le empezó a vibrar en la cintura. Un mensaje de texto decía: “Bienvenido”. Al minuto otro: “Usted ha ganado un cero kilómetro”. No sabía cómo silenciarlo. Tuvo ganas de revolearlo por el aire. Pero no lo hizo. Mil quinientos son muchos pañales, pensó.

Entró al hotel donde esperaban la terminación de la casa.

Samanta comía nueces en un bol.

—Mamá volvió a decirme que te deje.

—Siempre dice lo mismo —se sacó las botas de cuero y se recostó en la cama—. ¿Le contaste lo del embarazo?

—No pude.

—Yo tampoco pude ahí afuera. No creo que vuelva a salir.

—Vas a salir y a traer platita, amor…

—Yo lo voy a cuidar y vos vas a trabajar.

—¿Lo vas a amamantar también?

Amil se rascó la pera.

—Vení, dame un beso.

Pero Samanta se quedó mirando el tránsito por la ventana.

—¿Y ahora qué te pasa?

—Ya tengo treinta, ¿cuándo íbamos a tenerlo?

Amil se limpió una uña con la navaja.

—Leí un graffiti que decía: “Yo no elegí nacer”.

Samanta se recostó en la cama, le acomodó el pelo de la frente.

—Sos loco, eh.

Amil buscó un cigarrillo en la mesa de luz.

—No sé, yo digo que…

—Vamos a estar bien —le llevó la mano a la panza.

Amil vio cómo le brillaban las pupilas. Le pasó un dedo ensangrentado por la mejilla.

—Tenés que aceptar el mundo tal cual es —le dijo ella.

Amil dejó de acariciarla.

—Si te escuchara el Che…

—Uf… ¡Ya empezás otra vez!

—Sí, otra vez —dijo él, mirando una quemadura de cigarrillo en la alfombra— ¿O acaso querés que me dé por vencido?

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