CERCA DE LA REVOLUCIÓN

cerca de la revolución

Empiezo el día con ganas de tener un auto, una campera, un celular, pero entro a la oficina solo con puchos que compré en el kiosco de la esquina. Lo apago en el balcón de fumadores empedernidos y vuelvo al calvario. María, una compañera de nariz respingona, se apoya en mi escritorio.

 -Estás loco.

 No le contesto.

 -Hablame, che.

 Tiene buen cuerpo, lástima esa cara de amargada.

 Me pide plata para el regalo de Carlitos.

 -Me importa un rábano, Carlitos –le explico.

 -¡Cómo podés ser así!

 -Tengo que guardar para la cerveza.

 -¡Me das asco! –me dice y se aleja meneando las caderas.

 A las seis en punto huyo salteando escalones.

 -Vení –me llama Guido, el jefe del personal.

 Lo ignoro, pero me alcanza en la vereda.

 -¿Adónde vas?

 -A tomar cerveza.

Abre los ojos de una manera sorprendente.

-María dice que no ponés para los regalos de cumpleaños.

-No ¿para qué?

-Para ser un buen compañero.

 -Me tengo que ir.

-Sos detestable.

No contesto. Sus ojos echan fuego.

-¿Por qué no colaborás con el comedor infantil?

-¿Y dejar de tomar cerveza? No puedo, es mi manera de soportarlo.

-¡Sos una basura! –me dice.

 -Pedile plata al dueño de la empresa, gana mucho más que yo. Y que vos, boludo.

-Borracho de mierda –me grita.

Ganas de pegarle una trompada no me faltan, pero me quedaría sin trabajo. Aunque si lo pienso un poco tal vez no sea mala idea. Me doy vuelta, desaparezco por Florida, las hojas de los árboles bailan histéricas, los turistas me sacan una cabeza, las mujeres nórdicas me hacen acordar a las piernas de Maradona cuando era joven. El bar a la vista, es eso o internet y sus redes sociales. Prefiero el bar, emborracharme con caras palpables.

No hay mucha gente. Me siento en mi butaca frente a la barra, Tony me cuenta que los lunes la mayoría opta por el gimnasio. Después de la tercera cerveza el mundo empieza a parecerme un lugar habitable. Se me ocurre organizar un viaje de fin de semana, pero me canso de solo pensarlo. Vuelvo a casa derrotado.

Por la mañana, al apoyar la tarjeta magnética en el molinete de entrada, la luz roja no cambia a verde. Los tipos de seguridad se acercan y, sin decir nada, me ponen de patitas en la calle. ¿Qué hacer, pedir explicaciones o festejar la liberación? Voy al bar, Tony me sirve una cerveza bien fría. Estaba muerto ahí dentro, trato de convencerme. Son las nueve y media; a las diez ya me siento mejor.

Dos días después cobro la indemnización y el mundo se vuelve algo cercano a un paraíso. Me levanto cuando se me da la gana, como bajo el sol, duermo una siesta reparadora, camino por la plaza, escucho el canto de los pájaros, y termino el día tomando cerveza en el bar de Tony. Un solo problema: a los dos meses el dinero empieza a escasear, ya no me alcanza ni para pagar el alquiler. ¿Qué hacer? Vendo los muebles y me mudo a una pensión barata. Después vendo la ropa en una feria americana, no es mucho pero tiro un mes más. ¿Cuándo fue que me quedé sin amigos? Otra vez de patitas en la calle, esta vez con mi mochila, un peine y el currículum de vendedor de seguros en una carpeta.

Mejor no pensar, mejor no pensar, me repito. Estoy en el banco de una plaza, las piedritas se me clavan en la espalda, me cuesta dormir. Construyo un abrigo con cartones, me tapo, pero sé que necesito una idea con urgencia. ¡Ya está!, me digo de repente: el comedor infantil.

Llego a pie. La dirección la sé porque estaba en cada cartelera de la empresa. Leo: “Comedor Vivan los Niños”. Es aquí, me digo a mí mismo. Golpeo, me abre una monja casi enana. Le pido asilo. Me hace pasar a un gran salón con mesas de plástico. Tomo asiento. Parece ser la hora de la cena, chicos corretean por el patio. Hay de todas las edades, algunos parecen adultos, pero la mayoría son niños. Yo tengo cuarenta y dos. La monja casi enana delibera con la hermana superiora mientras las cocineras sirven milanesas con puré. Se me hace agua la boca. A las diez suena una campana, los chicos se hacen humo. Yo me quedo fumando en ese patio que me hace acordar a una cárcel. Solo estuve detenido una vez, pero vi esa película llamada “Escape de Alcatraz”. Estos muros se le parecen mucho.

Las monjas me dicen que puedo quedarme solo esa noche, se trata de un hogar para chicos de la calle, no para desempleados.

El cuarto es un galpón con varias cuchetas. Los pibes se lavan las manos en un piletón. Tienen puestos calzones largos y camisetas blancas. Alguien baja el interruptor de las luces. Me quedo mirando las maderas que sostienen la cama de arriba; mi cigarrillo brilla en la oscuridad, intuyo que alguien me mira. Empiezo a silbar con los ojos cerrados, primero bajito, después me mando un tango entero. Abro los ojos y estoy rodeado.

-¿Qué quieren?

-Shhh –dice uno medio rubiecito-, va a despertar a las monjas.

-Por qué no van a sus cuchas –me quejo y tiro el pucho.

Dos nenes se pelean para apagarlo con el pie.

-A nosotros nos dejan cantar solo cuando viene el cura.

-Pero unas pedorradas… –se queja otro.

-Yo no estaba cantando –les aclaro.

-Esto es peor que una cárcel –me dice uno con cara de asesino.

-Pero les dan techo y comida –les digo.

El diálogo que sostenemos es siempre así, no prospera. Nos aburrimos y decidimos que lo mejor que se puede hacer es dormir.

A la mañana me despiertan golpecitos en el hombro. Una boca larga olor a podrido junto a mi cara. La monja me dice que desayune y me vaya. Obedezco. Voy directo al bar de Tony a tomar cerveza. Pienso que no hay remedio: es necesario trabajar. Pero ¿quién va a tomarme con cuarenta y dos años?

Lo intento.

-Llene estos papeles –me dice en la recepción de una agencia laboral una señora con granos y me invita a sentarme junto a unos tipos que se van pasando la birome para llenar el formulario. Algunos leen el Olé; la tapa de Clarín muestra a un jugador de River con la boca llena de gol. La espera se hace larga, me aburro viendo en la tele que cuelga de la pared la repetición de un choque en la Panamericana. Estoy a punto de irme, pero la señora me llama. Camino por un largo pasillo, entro a la oficina de Recursos Humanos. La entrevista dura apenas cinco minutos. Como tengo experiencia vendiendo, el tipo de traje impecable me cuenta que hay una posibilidad de vender tiempos compartidos en Cancún. Me entusiasma la posibilidad de viajar. Trato de sonreír. Antes de despedirme con un fuerte apretón de manos, el hombre me dice que cualquier cosa me llama.

Salgo contento, pensar en trabajar es algo que puede hacerse tomando cerveza en el bar.

-Te puedo dar solo un porrón –me dice Tony, su incomodidad ante mi falta de efectivo es evidente.

Me voy ofendido. Vuelvo a la plaza, encuentro mi banco ocupado por un homeless. Busco descansar debajo de los árboles, pero es imposible: hay olor a caca. Entonces me pongo a caminar con las manos en los bolsillos. ¡El comedor infantil!, pienso otra vez.

Me bajo del bondi, me apoyo contra la pared. Qué decirles a las monjas, esa es la cuestión. A través de las ventanas enrejadas noto que se apagan las luces, escucho que silban una cumbia. Se levanta viento, vuelan las hojas del otoño que se acerca. Me pregunto cómo voy a pasar el invierno. Alguien me chista; levanto la vista y veo al rubiecito.

-Viejo -me dice-. Suba.

Lo miro como diciendo “no ves las rejas”, pero se acerca un grandote y las saca con un golpe seco.

-Dale –me dice.

 Paso la mochila y me ayudan a trepar. Me acomodo en la cama, les regalo los pocos cigarrillos que me quedan.

-A veces nos dan ganas de ponerla –me explica el grandote.

-Sí, nos vamos a coger –dice el rubiecito.

-Vos qué hablás si sos virgen –le contesta el urso.

-Eh, loco, si el Rubi ya debutó –se mete un morocho.

Los escucho en silencio.

-¿Cómo hacemos con las monjas? –pregunta otro desde más atrás.

-Antes de que amanezca, vuela –resuelve el grandote como un líder de masas.

El Rubi me dice que me quede tranquilo, puso la alarma en el celular.

Paso una noche tranquila. El sol aún no asomó y ya estoy de nuevo en la calle.

-A la noche si querés volvé –dice el grandote en voz baja, mientras pone de vuelta la reja en su lugar.

 Gasto la mañana haciendo una boleta de Prode en un banco de la plaza. Me pregunto de dónde sacarán guita, ¿las monjas les darán una mensualidad? La idea no me cierra. Me dedico a dejar copias del curriculum en varias empresas. Uno de seguridad me dice que ya nadie los lleva en persona. “Yo sí”, le digo.

A la noche vuelvo al comedor, los pibes me traen un plato de sopa. Quieren que silbe una cumbia con ellos; me niego rotundamente. Esa noche me cuesta dormir, hay ronquidos por todos lados. Sentados en una cama, el Rubi y el grandote murmuran algo; escucho la palabra “afanar” y me acerco.

-Larguen.

Me miran.

-¿Qué hay? Vamos, hablen, che.

-No da para tres, viejo, lo siento. El Rubi me cubre y yo manoteo en el subte me explica el grandote.

-Ah, bueno… está bien… si no hay, no hay.

Regreso a la cama, ellos continúan murmurando. Doy vueltas, arrugo las sábanas, tengo los ojos bien abiertos; pongo las manos bajo la nuca, la idea me toma por sorpresa, salto como un conejo.

-Nos vamos a forrar –les digo con una sonrisa que no me nacía en años-, nos vamos a llenar de plata.

Me miran sorprendidos. El plan me parece perfecto.

A la tarde tomo cerveza con un adelanto que me dio el Rubi. Ellos ya saben que en mi ex trabajo hay mucha guita guardada.

De madrugada el grandote me pasa un jogging con un agujero a la altura de la entrepierna. “Vas a estar cómodo”, me dice. Llegamos caminando para no levantar sospechas. “Sacrificados sean los chorros”, bromeo, pero no se ríen. Los de seguridad son dos y están armados, de eso estoy seguro. Nos escondemos detrás de un árbol, esperamos fumando cigarrillos. “Cuando uno vaya a mear, atacamos con la navaja al que se queda; después reducimos al otro, ¿está claro?”. Asienten confiados, entregados a mi liderazgo. El grandote tiene los ojos inyectados en sangre, espera ansioso la señal de ataque, se sale de la vaina el pobre diablo. Pero a mí me empiezan a temblar las piernas. Algo está mal. El jogging se me humedece con orina tibia, la mano que debe indicarles el camino no reacciona, soy el líder y no debo mostrar flaquezas, pero el plan me parece un espanto, un acto suicida, esos chicos son solo eso: chicos. La locura se apodera de mi mente. Uno de los tipos de seguridad se levanta.

-¿Ahora? –me pregunta el Rubi navaja en mano. No doy respuesta ni señal alguna.

Cuando suena el primer disparo, muero mucho más de lo que estaba en la oficina.

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