ÚLTIMOS SUSPIROS DE UNA NOCHE AGITADA

noche agitada

Paredes empapeladas, cargadas de cuadros, una escalera alfombrada con bordes de metal dorado; la araña en el techo y la empleada doméstica juntando chicitos de la mesa ratona. Ramiro, en un zapping frenético frente a la tele, masca chicle con desgano.

A media cuadra Ezequiel, en una casa de similar estilo, se seca el pelo con secador mirándose en el espejo del baño.

Ramiro se acomoda un mechón embadurnado con gel, se acerca al padre que lee de espaldas a él, le pide las llaves del auto, y como no obtiene respuesta, las toma y sale. Saca el Mercedes del garaje, en dos segundos llega a la casa de Ezequiel. Es sábado a la noche y sus corazones lo saben: laten dos veces más por minuto.

Ezequiel se sube al deportivo sin mirar a su amigo. La Disco a donde van queda en un barrio custodiado, acude siempre la misma gente, pasan la misma música. Un ritual que se repite cada sábado como el de ir a misa el domingo de sus padres.

A las tres de la mañana, Ramiro sale a tomar un poco de aire. Ezequiel va tras él. Desde la puerta, escuchan el zumbido de la música. Caminan hacia el Mercedes sin convicción, como si no supieran qué hacer con sus cuerpos. Ramiro abre el baúl y encuentra una botella de whisky. Se la ofrece a Ezequiel, que da un sorbo sin mirarlo. Al rato están bebiendo mientras avanzan en el auto. Sin saber adónde ir, toman la ruta dos. El aire que les pega en la cara (bajaron la capota del convertible), la temperatura agradable y el alcohol, les ablanda los gestos adustos.

Siguen bebiendo y escuchando música hasta llegar al parador Atalaya. Comen unas medialunas. Son las cuatro y media de la mañana. Vuelven al auto. Ramiro hace marcha atrás, saca el Mercedes haciendo que chillen las llantas y lo estrella contra una coupe chevy roja. La puerta de la coupe queda abollada. Se miran, quizás por primera vez en la noche. Solo se escucha el canto de los grillos. Están pálidos, agitados, con los corazones latiendo al galope. Un grupo de fornidos de jeans gastados y camperas de cuerpo, lucen tan duros como la coupe. Los miran desencajados, como si les hubieran matado a un hijo. Navajas en mano inician una carrera alocada hacia ellos. Con las manos temblando, Ramiro pone primera, gira todo lo que da y sale hacia la ruta. Ezequiel ve las luces largas de la coupe detrás.

Andan un rato y cuando están convencidos de que los perdieron, se detienen en un descampado. Ezequiel baja dando saltos y gritos al cielo. Ramiro se acerca con la botella de whisky, le convida un trago. Ríen, se abrazan en silencio sintiendo el calor de sus cuerpos.

Siguen viaje hacia el sur. Algo les dice que deben seguir adelante, no se les pasa por la cabeza la idea de volver. Se sienten importantes como nunca antes. Imaginan que los busca medio país, incluidos sus padres y la policía.

Paran en una estación de servicio. Detrás, un cartel dice “Hotel”. Los atiende una rubia cuarentona que aún conserva su mejor arma de seducción: unas piernas largas y sensuales debajo de una mini, muy mini. Su mirada pide aventura, los chicos sienten el impacto y se refugian en el cuarto a dormir. Cuando bajan es de noche, la rubia les ofrece un par de cervezas frías, los invita a tomar asiento en la pequeña sala de estar. Ellos se miran con miedo otra vez. El farol a querosén les permite verse entre sombras y, mientras la rubia habla del último tipo que la abandonó, de la hija que huyó en busca de una oportunidad, y de lo sola que se siente, arma un cigarrillo de marihuana. Ramiro y Ezequiel dan un par de pitadas como si fuera un cigarrillo común, luchan contra la tos y empiezan a reír porque sí.

Despiertan en una cama de dos plazas uno a cada lado de la rubia. Se miran con los rostros satisfechos. Se levantan de un salto, desayunan un pedazo de pan duro mientras comentan cada una de las faenas de la noche. Sienten ganas de volver a reír, pero se contienen para no despertar a la rubia.

Dejan una nota de despedida y casi todo el dinero que llevan en los bolsillos. Afuera los sorprende la puerta rota de la coupe y los forajidos armados hasta los dientes. Cierran la puerta de golpe. Se miran. Transpiran miedo. Se toman lo que queda del whisky, fuman como condenados a la velocidad de la luz con las mandíbulas temblando. Ezequiel descubre la bicicleta fija detrás del mostrador y se le ocurre una idea.

Los forajidos advierten desde la coupe que si no salen con las manos en alto, van a entrar. Ezequiel y Ramiro descubren una puerta trasera por la que salen sigilosamente. Cuando los forajidos abren la puerta principal, se asustan al ver una escopeta que les apunta y entonces disparan sin dudar, uno, dos, decenas de disparos que acribillan el cuerpo que sostiene el arma. Se acercan y comprueban que se trata de una rubia sin vida, con cinta de embalar atada entre sus manos y la escopeta, que solía protegerla de los mal vivientes.

Al día siguiente, tirados en el sillón de la casa de Ezequiel, los dos amigos ven la noticia sobre el violento incidente en la televisión, mientras comen chicitos y hacen migas en la alfombra.

El padre de Ramiro ya cobró el seguro del Mercedes, y esta vez piensa en probar con un BMW.

 

 

 

 

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