EXILIO INTERIOR

exilio interior

 

Martín atendió el teléfono y le dijo que era para él.

—Eyy. ¿Cómo estás? —la voz lejana, latosa de su primo— ¿Cagado de frío? Acá un día espectacular, estamos todos en la pileta, usted quería viajar a Europa, ahí tiene, jódase.

Iván cortó y salió a la terraza. Alrededor, montañas, casas adustas y autos estacionados en la pendiente.

Hacía frío pero no tanto, Tenerife suele tener buen clima.

Martín se le acercó con cigarrillos y le convidó uno.

—No hay agua caliente, te recomiendo bañarte antes de que oscurezca.

—Tampoco tenés heladera ni tele.

—No me hacen falta. Te voy a hacer lugar en el taller para que te acomodes. ¿La estás pasando bien?

A la noche Iván se acostó sobre unos almohadones que hacían de cama y sacó Rayuela, el único libro que había puesto en la mochila. Subrayó los párrafos donde Horacio describía los cuartos de París, fumó imaginando que era un Gauloises, y se durmió relajado.

Despertó al mediodía. En la cocina encontró pan y un pedazo de queso rodeado de moscas danzarinas. Ingrid, quien dijo ser la novia sueca de Martín, lo sorprendió con un “Hola”. Tenía las tetas al aire, chiquitas, apenas caídas, era joven al igual que ellos, aún no llegaban a los treinta. Se conocían desde la infancia, pero hacía años que Martín se había ido a vivir a Tenerife, y esta era la primera vez que Iván lo visitaba.

La sueca se calzó una remera y se fue en una bicicleta de color rosa. Iván la miró desde la terraza. Luego armó un cigarrillo de tabaco suelto (eran más baratos), comió una naranja bajo un sol que no llegaba a calentar, y al ver pasar un perro, se preguntó si las mascotas europeas serían menos cariñosas que las latinas.

En la pendiente estaba el segundo auto de Martín, el que le había dejado a disposición. Agarró las llaves, sacó el freno de mano y lo encendió en bajada. Le dio un poco de miedo porque se lo veía en mal estado. Al llegar a la ruta, apretó el freno como si fuera el pedal de una máquina de coser, una y otra vez, pero el auto no se detenía. De un tirón logró meterlo en el carril contrario, un ómnibus venía de frente dando bocinazos hasta que se detuvo a pocos metros. Trató de adivinar la contextura del conductor por si tenía que bajarse a pelear, pero el chofer le hizo un gesto de educación europea, y lo dejó pasar.

La entrada al pueblo le resultó complicada, las calles angostas hacían que los autos circularan en fila india; para evitar el calambre en el pie, optó por el freno de mano. Dejó el auto en la avenida principal, caminó por adoquines coloniales observando la ropa que usaban los isleños, y entendió por qué en la aduana lo revisaron tanto. Entró a un bar y pidió café. La voz de su madre haciendo eco en su conciencia: “andá a los museos, a las iglesias, sacá fotos, escribime, cuidate”.

Terminó el café de un sorbo. Un torero lo miraba desde el cuadro junto a su víctima. Se aburrió. La solución europea aún sin aparecer. En el trayecto de vuelta acarició el tablero del auto, le gustaba porque lucía gastado como su campera de jean. La puerta de entrada sin llave. “Acá no pasa nada”, le había explicado Martín. “Todos tienen de todo. Si te falta una tele salís a la calle y la buscás, las cambian como a los calzoncillos”.

Tomó un vaso de agua y se acostó sobre los almohadones con ganas de masturbarse. En el cuarto de Martín, entre libros de Física y Matemática, encontró unos cómics eróticos. Los hojeó durante un rato.

A la noche tocaron la guitarra y fumaron bastante tabaco, aprovechando que la sueca no había llegado, dado que sufría alergia al humo de cigarrillo.

—El sábado si querés salimos de marcha.

—¿De marcha? Bueno —le dijo Iván un poco sorprendido.

—Bah, si querés.

—Sí, te dije que sí.

—¿Qué hiciste hoy? ¿Paseaste?

—Algo. Che, el auto no frena.

—Uhh, otra vez —se lamentó Martín y salió a la calle con la caja de herramientas en la mano. Iván lo miró desde la terraza pensando que su amigo ya no era su amigo, era otra cosa.

El sábado cenaron en el living sobre un enrolla cables de madera del tendido eléctrico. Iván encontró la comida pasada en especias; Ingrid quiso sumarse a la salida, pero Martín se negó: “Salida de machos”, le dijo y la sueca sonrió. “Ok, igual yo sé divertir sola”. Iván pensó que si le decía eso a su ex, se le pudría el rancho.

El viento sacudiendo los árboles. Martín testeando orgulloso los frenos cada dos cuadras. El cielo, una manta negra, las estrellas, luces de un estadio. Estacionaron frente a una manzana parecida a la Plaza Mayor de Madrid, pero más pequeña. Los autos expandían música desde el baúl, parecían bares ambulantes cargados de alcohol. Martín propuso ir a un bar rockero, no era como los de “allá”, pero al menos lo ayudaban a no sentirse tan lejos. Escucharon música con una cerveza en la mano, bien a lo argento. Al rato se miraron, la banda era muy mala.

—Vamos a dar una vuelta —sugirió Martín con aires de guía turístico.

Los autos seguían escupiendo sonidos, el que hacía más ruido, lograba mayor atención.

“Ojalá se fueran todos a la mierda”, tuvo ganas de gritar Iván. Pararon en una esquina junto a un grupo de chicas y chicos. Uno de los pibes tenía lentes culo de botella, el otro hablaba de autos. Las chicas miraron a Iván, a Martín también, pero cometió el error de hacerse pasar por español.

—Oye, qué bonito habla el argentino —comentaron entre dos chicas.

Martín quiso dar por terminada la noche. Iván decía que no sabía qué hacer con su vida, necesitaba buscarse, un rollo con tintes de angustia existencial. Juana (la chica más próxima a él) le pasó su número de teléfono. Tenía unos rizos simpáticos y la cara redonda como un barril.

—Me llamas y nos vamos de marcha –le dijo, sonriendo.

Iván tuvo que acelerar el paso o Martín lo dejaba en la plaza. Se acomodó en el asiento del acompañante y le pidió comprar medialunas para el desayuno.

—Croissants—lo corrigió Martín—, acá no hay medialunas, chabón.

—¿Vienen con dulce de leche?

Martín, fastidiado, meneó la cabeza.

El domingo la sueca y Martín cogieron sin parar. Cansado de escuchar gemidos, Iván salió a caminar por la montaña. Sentado en una roca jugó a sacar y guardar su navaja de viaje. A la noche llamó a Juana. Le gustó como sonó su voz en el teléfono. Ella le dijo que podían ir a pasear con su grupo de amigos. Iván enseguida le planteó un plan alternativo: ir al cine. Ella, después de decir “eres un tío tranquilo”, aceptó. Quedaron en que la pasaba a buscar a las nueve. Martín le dio las llaves del auto con mala cara. Iván no supo si estaba enojado con él o si había discutido con la sueca. De todas formas, no le dio demasiada importancia. Era hora de crecer, de dejar a los amigos en el pasado y forjarse un futuro en pareja.

La española se empecinó en ver El náufrago, la película del momento. La daban en un Shopping de tres pisos. Dejaron el auto en el estacionamiento bajo techo. Al llegar a la cartelera, a Iván le interesaron otras, pero pensó que un caballero debía aprender a aceptar las diferencias. Durante los avances permanecieron callados, como si de repente se les hubiese sulfatado la lengua producto de un ataque de aburrimiento. Cuando el avión cayó, ella lo agarró de la mano. Hacía calor, Tom Hanks hablaba doblado al español, Iván transpiraba como un condenado. Quería mirar la hora, pero el codo de ella se lo impedía. Una película larga. Dejó un pedazo de muela en un pochoclo. Por suerte los títulos finales, pensó. Ella lo besó en la mejilla y le dijo “gracias, me gustó mogollón”. Iván creyó que lo estaba cargando, se molestó más de lo que estaba. La llevó a la casa con el auto a máxima velocidad. Cuando ella quiso saber si volverían a verse, le dijo que la llamaría.

Al día siguiente se levantó para ir al baño y se cruzó con la sueca desnuda, sangrando acuchillada, desvanecida en el suelo. Le acarició los pechos; ella no reaccionó. Se la quedó mirando un buen rato atraído por el intenso color de la sangre avanzando por los azulejos del piso. Después se acercó a la ventana. Un perro bajaba por la pendiente. Le llevó un rato armar un prolijo cigarrillo. Salió a fumarlo a la terraza; la sangre había cruzado la frontera de la puerta. ¿Dónde estará, Martín? ¿Escapando por la ruta o por la montaña?

Dejó atrás la belleza de Ingrid y armó la mochila. Sus pies caminaban por la ruta comandados por un ser de otro lugar, alguna clase de Dios o de psicosis. Lo cierto es que no sabía por qué llevaba la navaja en la mano ensangrentada. Del otro lado del atlántico, un joven en short de baño a lunares, cortaba el teléfono en una tarde de sol abrasador y mascullaba improperios a falta de electricidad. Los cortes programados venían aumentando día a día. Lo único que se podía hacer era estar en la cama desnudo con una jarra llena de hielo al lado. El diario mostraba imágenes de Europa cubierta de nieve. Se fue quedando dormido, entrando en una ensoñación de prados con animales domésticos y lagos cristalinos. En esa ruta fresca y vegetal caminaba un hippie con una navaja en la mano, sin rumbo conocido. Simplemente caminaba como si nada en el mundo pudiera afectarlo: ni el calor ni los ruidos ni, sobre todo, otro ser humano.

 

Si te ha gustado, puedes hacerme una pequeña donación.

Gracias.

$1.00

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: