OTRO POZO

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Muchas cosas me dan vergüenza: llegar a una reunión empezada, levantarme a las diez de la mañana, mis endebles conocimientos de literatura… Me hubiera gustado pasar por esos claustros universitarios de la hermandad de las letras, pero la casa de altos estudios me expulsó tras mi conclusión de que Lolita es una historia de amor. Ese es mi problema, encuentro historias de amor por todos lados, en Rayuela, en Sin Aliento, la primera película de la Nouvelle Vague. Tengo la misma profundidad de análisis que un lápiz aplastado por un camión de Manliba.

Como narrador mi recorrido es igual de pobre. En preescolar, cuando sonaba el timbre del recreo, mis compañeros salían corriendo a jugar a la pelota, y yo (que amaba jugar a la pelota), como no lograba terminar de formar la hilera de letras en el cuaderno, debía quedarme en el aula mirando el partido por la ventana. Quizás mi problema era ser zurdo, no sé, lo cierto es que al rato los de mi equipo venían a completar las letras que me faltaban, para que yo pudiera salir y emparejar el partido que casi siempre empezaban perdiendo.

Así fue como me mantuve alejado de las letras y aferrado a la pelota. Pero a los quince sucedió algo terrible. Nadie que tenga facilidad de expresar sentimientos frente a otras personas, elegirá la escritura como forma de vida. Jamás tendrá la necesidad de convertirla en oficio. Paul Auster dice que los escritores somos seres sonados, o algo así. Había una chica que me gustaba, pero como no me animaba a decirle nada, le escribí un poema que nunca le di y que luego terminé quemando en un acto de sabotaje a lo Sábato.

Permanecí lejos de la escritura hasta los 26. En esa oportunidad la necesidad de escribir apareció porque me dejó una novia. La frustración de no poder estar con ella me llevó a volcar todo en una novela. Por suerte quedó en un cajón, lugar donde deben guardarse las primeras novelas, si uno no es un genio y solo tiene el don de la constancia.

Finalizada la facultad vino el tiempo de los fracasos laborales. Uno me encontró como empleado de una empresa de soluciones informáticas. Junto a mi compañero teníamos a cargo la red de Edenor en la sección de Pilar. Él era un experto en la materia; yo me limitaba a presionar los botones que me indicaba. Una mañana los empleados me recibieron preocupados, se había caído el sistema y mi camarada no aparecía. Empecé a transpirar. Algún día tendría que escribir sobre esos trabajos.

Así llegamos al bar donde garabateo una hoja que no se deja llenar. Entonces me pongo a escuchar conversaciones, algo que suelo hacer para nutrir a mis personajes. Un padre charla con su hijo ganador de una beca para perfeccionarse como escritor en el exterior. En un momento el padre le informa que la salud de su abuela ha empeorado, el chico enmudece, se pierde por un instante en una nebulosa. Luego afirma que se quedará a cuidarla. El padre, visiblemente emocionado, lo abraza, y yo, una vez más, fracaso en mi intento de abandonar la escritura.

 

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