LA NÚMERO NUEVE

la numero nueve

Bajo un radiante sol, la Rubia y yo atamos el trapo al para-avalancha por orden de “Puertita”, el líder de la barra de Excursionistas. El equipo debía ganar para evitar el descenso a la D, y a nosotros nos habían invitado porque les ganamos un picado en el campito del bajo. Brian cuidaba la retaguardia de la Rubia, es que ella se había puesto unos shorts que distraían a cualquiera.

Fue un partido opaco, de claro cero a cero. Cuando faltaban diez para el final, una pelota llovida cayó al área de Dálmine. La Rubia se elevó al mismo tiempo que Herrera, el correntino que jugaba de nueve. Estoy seguro de que si cabeceaba ella, la pelota iba adentro, pero jugaba ese tronco y se fue por arriba del travesaño.

Excursio no pudo ganar, nos fuimos con la cabeza gacha. El presidente anunció que iba a realizar los esfuerzos que fueran necesarios para lograr lo más pronto posible la vuelta a la C.

La Rubia fue la primera en aburrirse de tanta tristeza y se puso a hacer jueguitos en el campito al lado del río. Le conté ciento cuatro, pero creo que hizo un par más.

Ese verano caliente los pasamos jugando desafíos y mojando las patas en el agua. Cuando caía la tarde salíamos a levantar cartones con nuestras familias. Lo bueno de ganar partidos era que nos dejaba plata para comprar helado en Tío Frío. Digamos que pasamos unos meses buenos, con una racha de seis triunfos seguidos y un empate, porque el último partido la Rubia lo jugó con dolor de ovarios, si no también lo ganábamos. No había nadie que pudiera vencernos con ella jugando de nueve. Lástima que el rumor de que Excursionistas probaría nuevos jugadores llegó hasta nuestro campito. La Rubia nos sentó bajo el ciruelo de la esquina y nos dijo que iría a probar suerte. Nosotros la miramos tratando de adivinar si nos estaba cargando, uno hasta se animó a reírsele en la cara, pero dos días después, cuando vimos acercarse a un flaco de pelo corto que nos dijo con voz gruesa impostada que lo acompañáramos a la prueba de jugadores de Excursionistas, nos quedamos con la boca abierta.

Llegó, se puso en la fila como el resto de los pibes y a la hora de presentar documento dijo que lo había olvidado, lo traería una vez terminada la práctica. El entrenador Epifanio Gamarra aceptó con un movimiento de la cabeza: “¿De qué jugás, pibe?”, le preguntó. “De nueve”, dijo ella sin dudar. “Bueno, vas de tres”, le indicó el técnico y ella aceptó, estaba tan entusiasmada que hubiera aceptado jugar hasta de arquera.

Con Brian nos sentamos en la platea. Los primeros minutos le costó acomodarse, pero cuando hubo un córner a favor, miró al DT solicitando permiso para subir. Epifanio aprobó con un gesto. “Vaya, pibe, pero vuelva rápido”, le advirtió. Lo miré a Brian con una mueca de complicidad. Ella se elevó sacándole una cabeza a los zagueros rivales y clavó un frentazo al ángulo.

“Bien pibe”, le gritó el morocho que jugaba de cinco y medía como dos metros. El técnico se hizo el desentendido, pero a la Rubia marcar ese gol le dio la confianza que estaba necesitando para arrancar con el descalabro. Le pidió la pelota al arquero y empezó a esquivar zancadas como una gacela. Brian se puso de pie, yo me agarré la cabeza, y al técnico se le cayó el silbato de la boca. La Rubia acababa de marcar un golazo fuera del área, después de eludir a medio equipo contrario.

Al terminar la práctica, Epifanio la llamó.

—Pibe, ¿vos siempre hacés goles?

Ella asintió.

—Vas a jugar con nosotros —le dijo el técnico y le alcanzó unos papeles.

—Hay algo que tengo que aclararle —murmuró la Rubia con su voz habitual. —Me llamo Claudia.

—¿Cómo? –dijo el tipo.

—Soy mujer.

—Dejate de joder, pibe.

Entonces la Rubia le agarró una mano y la apoyó sobre sus tetas disimuladas bajo la faja. Epifanio abrió la boca como un pescado.

—¡Sos mina… la que te parió! Rajá de acá, piba, rajá antes de que me enoje de verdad.

La Rubia dejó la cancha con la cabeza gacha. Nosotros la esperamos en el bar donde habíamos quedado, pero nunca llegó. Se fue sola hasta el paredón de la Facultad de Arquitectura y se puso a patear durante horas contra la pared. De tanto darle a la pelota le empezó a salir sangre de los pies.

A la noche nos reunió en una fogata junto al río. Nos dijo que no volvería a jugar al fútbol. De nada sirvieron las palabras de Brian, de Tony, de su primo Jonatan, mi intento desesperado por explicarle que la necesitábamos como el aire para respirar. No hubo caso. Si no podía jugar en un equipo profesional, no jugaría más.

Y así fue. Cada vez que armábamos un desafío, ella agarraba el carro y salía a buscar cartones sin siquiera mirarnos. Recuerdo que lo empujaba con la misma fiereza con que enfrentaba a los zagueros, y a la noche, cuando le llegaban los rumores de que habíamos perdido, nos decía que ella no tenía la culpa de que el mundo fuera injusto.

Para desgracia de Brian que la amaba en silencio, un día la Rubia aceptó salir con Gastón, el pibe que había repetido en el Manuel Belgrano y le regalaba golosinas a la salida del colegio. Al tarado ese no le gustaba el fútbol, hacía windsurf. Quizás por eso la Rubia lo aceptó, para que la ayudara a mantenerse lejos de la pelota. Al mes de estar juntos, él le compró una tabla fosforescente que ella empezó a usar en el río. Fuerza para levantar la vela le sobraba, pero desconocía los caprichos del viento.

Me da vergüenza hablar de nuestro equipo sin ella: cinco derrotas al hilo. El lujo de comprar helado con lo que sacábamos apostando antes de cada encuentro, se volvió un dulce recuerdo. Para colmo Gastón y la Rubia se sentaban en la vereda de Freddo a comer cucuruchos bañados en chocolate.

Por fin el verano se fue y dejó de torturarnos.

Un día al salir del colegio leí en el puesto de diarios un título que me alegró la existencia. “El fútbol femenino profesional es una realidad”, decía. Con semejante noticia pensé que la Rubia se alegraría, pero me miró seria y me dijo que las mujeres no sabían jugar. Ella estaba para otra cosa, para jugar con los hombres y en serio, me aseguró antes de irse a levantar la vela de esa tabla de mierda.

Para colmo el sábado teníamos un desafío trascendental. Las pocas monedas que nos quedaban las habíamos apostado contra los vagos que se dedicaban a robar stereos en Palermo. Se lo conté a la Rubia para ver si se apiadaba, pero ella esquivó mi mirada y se metió al río con ese ridículo traje de goma que le había comprado el salame del novio. Brian siguió sus movimientos por el rabillo del ojo. En realidad, todos la mirábamos sin poder creer que no quisiera jugar con nosotros un partido tan importante.

Yo no sabía nada de windsurf, sólo que se practicaba con viento, y esa tarde no se movía ni una hoja. Al rato la Rubia empezó a mover los brazos con desesperación. Sin dudarlo un segundo, Brian interrumpió la práctica, se sacó la remera, los botines y se metió al agua. A pesar de ser menudito, arrastró la tabla hasta la orilla con ella encima y nadando contra la corriente.

La Rubia, herida en su orgullo, desapareció sin decir nada.

Días después alguien nos contó que había abandonado el windsurf. También a Gastón. Parece que no se hallaba en el lujo. Pero de volver a jugar al fútbol, nada.

El día del desafío más importante de nuestras vidas, Brian no dejaba de comerse las uñas, y a mí me temblaban las piernas como un flan. Al Urso, capitán de nuestros rivales, se le ocurrió sumarle otro condimento a la apuesta: Si nosotros perdíamos teníamos que acompañarlos a robar stereos; si ganábamos, ellos juntarían cartones con nosotros. No podíamos tenerla más difícil. Sabíamos que la única que podía salvarlos era la Rubia. Dejamos de lado el precalentamiento previo, el repaso de la táctica, las cábalas, todo lo que solíamos hacer antes de cada partido, para buscarla por cada rincón del barrio. Parecía que la había tragado la tierra. Nadie la había visto. Hasta nos atrevimos a tocar el timbre en la casa de Gastón, a pesar de la amenaza de la madre con llamar a la policía.

 Volvimos al campito decididos a retrasar el inicio del partido. Para eso inventamos excusas absurdas: que el sol encandilaba a nuestro arquero, que la pelota no estaba bien inflada. Todas ridiculeces, estábamos acostumbrados a jugar hasta con piedras. Cualquier cosa con tal de mantener viva la esperanza de que la Rubia apareciera en algún momento.

Para colmo ellos habían llenado el parque de vagos, parientes y amigos. Como se sabía que nosotros sin la Rubia no éramos nada, solo nos habían venido a ver la madre de Brian y mi tío José, que era el encargado de vendarnos los tobillos.

El árbitro era un borracho honesto al que le pagamos con un tetra-brik. Por ese lado estábamos tranquilos.

Si tan sólo apareciera para hacer un golcito…, pensé cuando terminó el primer tiempo e increíblemente logramos mantener el cero en nuestro arco, utilizando una mezquina táctica implementada por mi tío que nos prohibía pasar la mitad de la cancha. De todas maneras, para la segunda etapa las expectativas no podían ser peores: Brian rengueaba, a Tony le sangraba la nariz, teníamos al equipo cargados de tarjetas amarillas… Una patada más, y el borracho sacaba la roja. Eso lo teníamos claro.

Sonó el pitazo de los segundos cuarenta y cinco minutos y ellos empezaron a tener el control absoluto del juego. La movían para un lado y para el otro. Me animaría a decir que hasta nos gozaban. Estaba claro que iban a ganar, solo querían sumarle baile al asunto.

Cuando la pelota se fue a un lateral, miré la cara de mis compañeros. Parecían decir “¿cuándo termina este suplicio?”. Sin embargo, yo no podía dejar de pensar que si éramos capaces de mantener el cero, y la Rubia aparecía para hacer un gol, quizás teníamos una chance. Pero no podía desconcentrarme, debía meter trancazos y pata firme en el medio campo para evitar la hecatombe. Una pelota que al diez de ellos le picó mal, quedó bajo mis pies. Rápidamente se la toqué a Brian. Él la puso contra el piso, levantó la vista y se quedó buscando una posibilidad de pase que nunca apareció. Estábamos todos atrás.

Gracias a la táctica extremadamente defensiva de mi tío y a que ellos se excedieron con las canchereadas, llegamos al minuto noventa con el arco en cero. Todo un milagro. Me acerqué al borracho y le pregunté cuánto iba a adicionar. “Es la última”, me dijo. Un poco más animado, junté fuerzas, estiré los aductores para evitar un calambre, ¡nunca había corrido tanto en mi vida! Pero por desgracia la agarró el diez de ellos, Mandinga, y esquivó mi marca con facilidad, dando un trancazo y soltando una sonrisa que me hizo dar cuenta de que ahora sí iban a ganarnos. La tristeza en la cara de Brian lo decía todo. Tony alcanzó a tironear a Mandinga de la camiseta, pero ya la había soltado para el nueve, que con un paso largo dejó a nuestra defensa mordiendo el pasto.

Es el fin, pensé.

Detrás del arco estaba mi tío con la mano sosteniendo el mentón. Nunca voy a olvidar su mirada de resignación. La mamá de Brian apuntó hacia el nueve con unos cuernitos inocentes, irrisorios. Sabíamos que no había nada que pudiera detenerlo. Había ganado área y se disponía a ejecutar a nuestro esmirriado arquero, al que nadie le conocía una salvada heroica.

Me agaché, quedé con la mirada en el pasto pensando cuánto tiempo me comería adentro si me agarraban robando un stereo. Al levantar la cabeza vi movimiento detrás del arco. Miré a Brian porque no estaba del todo seguro. Su desazón le sumó fastidio a mi tristeza. Ya no nos sirve Rubia, meten el gol y se acaba. No hay más tiempo, para ver nuestra derrota, hubiera preferido que no vinieras. ¿Qué te costaba llegar un rato antes? ¿Ahora se te pasa el enojo? ¿Ahora te apiadás de tus amigos? Ya es tarde Rubia, sólo vas a ver nuestra humillación. Para colmo se ubicó en primera fila. ¿No quiere perder detalle de la pelota entrando al arco? ¿Quiere vernos sufrir? ¿Quiere ver nuestras caras derrotadas en primer plano?, me pregunté con las primeras lágrimas a punto de rodar por mis mejillas. Lo miré a Brian buscando el consuelo mutuo. El nueve ya tenía la pierna recogida, ya había medido la distancia, era cuestión de rematar y listo, todos nuestros ahorros a la mierda, a robar stereos y que Dios nos ampare.

De repente noté que Brian abría la boca como un pescado, un suspiro generalizado acompañó a la pelota volando por encima del travesaño. El nueve de ellos miraba a la Rubia con los ojos desorbitados. No lo culpo, sin faja las tetas de la Rubia eran maravillosas.

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