PERRO SALCHICHA

PERRO salchicha

Jimena quería que consiguiera un trabajo. Me faltaban pesos para llevarla a cenar, por ejemplo. Por eso el domingo a la noche llegué puntual. El de seguridad me atajó en la puerta y me revisó con una especie de scanner. Le dije que venía a la prueba, me miró con cara de pocos amigos, y llamó por teléfono al responsable del área técnica, la única abierta a esa hora.

-Pasá –me dijo.

-Pero no sé dónde queda.

El tipo volvió a levantar el teléfono (más malhumorado que antes) y pidió que me vinieran a buscar. Me quedé mirando el piso, pensando que me iba a perder “Orsai”, el programa del gordo Bonadeo y Pettinato.

Un pelado apareció asomado a la escalera; me llamó con un gesto.

-¿Vos sos Lucas?

Asentí.

-Bien ­–dijo y abrió una puerta espejada. Entramos a un lugar llamado TOM o CEM, nunca me quedó del todo claro, donde se emitían las señales de cable de la compañía. El pelado se sentó detrás de un aparato de metal que parecía una nave espacial.

-Vengo por el puesto de operador de tv -le expliqué. Me contestó que iba a ver si servía. Los cuatro tipos que jugaban a las cartas sobre una mesa, se rieron, no de manera estruendosa, con una sonrisita que no pudieron contener.

Había conseguido la prueba porque era un trabajo que no necesitaba experiencia previa, y como corrían los tiempos del boom del cable, tenían que cubrir puestos.

Delante de la nave de control del pelado estaban las mesas de emisión, tres monitores y botones de diversos colores. Cuando el pelado me apoyó una mano en el hombro y me invitó a sentarme delante de la botonera, un frío helado me atravesó el cuerpo, como si en pleno vuelo el comandante de un avión me dijera “ahora vas a pilotearlo vos”. Puso un casete en una máquina, apareció la imagen de Guinzburg, y me pidió que la pegara con la de Pergolini en el otro monitor. Me indicó los botones que debía apretar, él lo hizo dos veces para que yo viera cómo se hacía, y después se sumó al grupo que comía papitas y tomaba coca cola; uno que usaba jeans Oxford tenía los pies arriba de la mesa.

Me quedé un rato juntando las imágenes mientras pensaba qué había hecho mal en la vida para estar un domingo de madrugada apretando botones, yo, un estudiante de Letras que había leído a Esteban Echeverría, a Sarmiento, a Dostoievski… Era mi segundo trabajo si consideramos que durante el verano saqué fotocopias en un Kiosco, porque Jimena se había metido en un curso de la facultad. Tenía 23 años y “ya era hora”, decía ella en la melancolía de los domingos por la tarde, acercándome los clasificados del diario. Sobre mi culpa también pesaban las indirectas de mis padres, quienes reducían sin cesar mi mensualidad para los estudios.

De Jimena me gustaba hasta que me llamara a la mañana temprano. Con ella hasta creía que la fidelidad era posible; cuando hacíamos el amor sentía que me cogía al mundo. Le faltaba un año para recibirse de psicóloga; yo recién había terminado el primer año de la carrera. Ganaba su propia plata dando clases de inglés. Era un combo perfecto. Por eso, al volver a casa y acostarme en la cama, me quedé con la mirada perdida pensando cómo conseguir plata sin trabajar, porque de algo estaba seguro, tenía que cambiar y sin demoras, ahí fuera estaba al acecho Matías, el profesor de psicopatología.

Pasé la mayor parte del día durmiendo, después hablé por teléfono con Jimena, estaba tan contenta que no me animé a mostrarle mi malestar. Esa tarde falté a la facultad, necesitaba estar fresco para terminar de aprender mi nuevo oficio.

El pelado no se molestó en bajar a abrirme, apenas respondió mi saludo con un cabezazo y siguió jugando al truco con los demás. Uno medio petiso trajo una play station. Otro, que se llamaba Juan, me dijo que no me preocupara, que al principio era duro, que tenía que pagar el derecho de piso, ellos hacía más de diez años que estaban ahí, y ahora se cagaban de risa.

Jimena me dejaba a las doce en la puerta; tenía auto, yo no. En realidad era de los padres, pero como lo usaba todo el tiempo, para mí era de ella.

Cuando aprendí a pegar las imágenes, me asignaron una mesa de emisión. El trabajo nada tenía que ver con eso. El único punto en común era apretar botones, el resto consistía en esperar viendo la tele hasta que, según indicaba una ficha, había que meter las propagandas que estaban en otro casete. Hoy en día eso lo hace una computadora, es probable que el oficio desaparezca. Me explicaron que de noche la cosa era relajada porque había pocos cortes, por eso traían juegos, para matar el tiempo. Sentí que no aguantaría más de una semana, a mí no me gustaba jugar a las cartas, y además, yo creía que al tiempo había que vivirlo, no matarlo.

Una noche aparecí con un libro de Shakespeare, estiré las piernas por debajo de la mesa, recliné el asiento y me puse a leer ante la mirada impávida del pelado. Desde la nave espacial, me preguntó qué hacía.

-Leo Hamlet –le dije con tono de superado. Los demás lo miraron esperando la reprimenda, pero volvió la vista al monitor y siguió jugando a la play.

Se me acercó un tal Bermúdez, me contó que tocaba la guitarra. Pensé que quizás me acostumbraba a esa gente. Unos días después llevé un ajedrez, jugamos durante toda la noche, hasta el pelado se prendió. Corti, un flaco esmirriado, callado como buen hombre de pueblo, trajo otro tablero y armamos un torneo que duró varias semanas. Para mi sorpresa salí tercero, detrás de uno que se llamaba Barraza, y del pelado.

Con el primer sueldo invité a Jimena a un lindo restaurant de Recoleta. Esa noche me atreví a pedirle que me dejara manejar. Nos bajamos del auto, le di unas monedas al “Trapito” haciéndome el canchero, y Jimena me acomodó el cuello de la camisa. Después me tomó del brazo y entramos. Junto a los platos había tres pares de cubiertos. Fue la primera vez en mi vida que me sentí un “hombre” con todas las letras, me dio cierto escozor, lo disipé con un par de copas de vino. Jimena también bebió de más, me confesó que estaba orgullosa de mí. Sonreí sin convencimiento; ella me pidió que le contara lo que hacía en la empresa. Le inventé un par de actividades propias de una multinacional de los medios, por supuesto eran difíciles de explicar, y terminé diciéndole que no valía la pena arruinar la velada con tales “plomadas”. Asintió conforme. Pedí la cuenta y di el primer tarjetazo de mi vida. Varias veces me llenaría de deudas, pero esa es otra historia.

Volvimos a la casa de Jimena. Entonado por mi nueva vida de hombre trabajador, la tomé por detrás y le levanté la pollera. Para mi sorpresa ella se dejó hacer, la puse contra la pared y lo hicimos con sus padres durmiendo a pocos metros. Fue un polvo corto pero intenso, basado en un instinto animal que yo desconocía en mí. Antes de dormirnos me preguntó si quería algo para tomar, me trajo un vaso de agua. Al menos por unas horas, el fantasma de Matías desapareció. Me sentí un Bulldog.

Con el correr de los días, los compañeros de trabajo se convirtieron en mi nuevo grupo de amigos. Una noche fuimos a jugar al fútbol y después a comer pizza. Llegamos al centro de emisión bromeando sobre un dudoso caño de Barraza a Bermúdez, y sobre el gol de la victoria que yo había anotado sobre el final del partido. Dejamos los bolsos, nos acomodamos, y el pelado se me acercó:

-Te ascendieron –me dijo. Lo miré con miedo.

-Sí, desde mañana pasás al sector de programación, vas a trabajar de día, así que mejor agarrá tus cosas y andá a dormir un rato. A las nueve te espera “El Cóndor” –se rio. –Marcos Segovia –agregó-, tu nuevo jefe.

Mis compañeros me dijeron que sería una gran pérdida y me abrazaron. Me fui pensando que se trataba de una broma, por eso a la mañana me presenté puntual, para que pudieran concluirla y riéramos juntos. Sin embargo, cuando la recepcionista me dijo que el señor Segovia me esperaba en la oficina ubicada detrás de un salón repleto de gente, pensé que como broma era demasiado elaborada, y me preocupé.

El señor Segovia tenía cara de garca, de cóndor, eso terminó de hundir mis esperanzas de volver a la noche al centro de emisión. Me felicitó señalando con el dedo mi curriculum. Destacó mi preparación en inglés y mi manejo de pc.

Esa noche, al llegar a casa, después de pasar el día saludando a los nuevos compañeros y empapándome de las nuevas funciones, llamé a Jimena tratando de simular entusiasmo. Dio un alarido, me aseguró que siempre había confiado en mis condiciones.

A los pocos días me di cuenta de que no tomaba ninguna decisión, las cosas me llegaban indicadas en una planilla que yo tenía que diseminar en distintos correos electrónicos. Me habían aumentado el sueldo pero también las horas de trabajo. Tuve que abandonar latín.

Segovia me paseó por los pasillos explicándome lo que la empresa realizaba en el mundo de los medios. Me mostró planillas con flechas que apuntaban hacia arriba y aseguraban el porvenir de todos nosotros, “de esta gran familia”, fueron las palabras que utilizó.

Un par de semanas después, cuando ya había abandonado las tres materias del cuatrimestre, llegué a casa y, mientras me sacaba las medias transpiradas de andar de acá para allá, vi en la pantalla de la pc que tenía un mail sin leer. Como creí que se trataría de un asunto laboral, decidí prender la play station y poner ese nuevo juego de combate en donde vas decapitando personas con un fusil. Cerca de las once los jugos gástricos me recordaron que no había cenado; agarré el teléfono y le rogué al delivery que me trajera una pizza. Sin querer toqué la tecla espaciadora y el monitor me mostró el mail que me llevaría a la muerte emocional. Jimena me explicaba que se iba de viaje, que quería recorrer Latinoamérica, que necesitaba naturaleza, respirar “otro” aire, si yo en verdad la quería, debía ser paciente y esperarla, decía sobre el final. En pocos meses (no me podía confirmar cuántos), volvería.

Caí sobre la cama y solo me levanté porque el pibe del delivery no dejaba de apretar el timbre. Bajé y pagué la pizza que se descompuso sobre la alfombra.

Busqué mil escusas para faltar al trabajo, pero a las seis ya estaba despierto. Me carcomía la intriga de saber si Jimena había viajado sola o acompañada. A las ocho me dije que si no iba a la oficina a distraerme, me volvería loco, así que para sorpresa de Segovia, fui el primero en llegar. Me llevó solo un par de llamadas averiguar lo más temido: Matías era el guía espiritual de Jimena. Fui al baño y me puse a llorar tratando de no hacer ruido, quería evitar que se dieran cuenta, pero es difícil tener intimidad cuando hay dos cubículos para ciento veinte empleados.

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