SIN TEMOR A LOS SENTIMIENTOS

foto con el viejo

Murió mi padre. Esto sí que va a ser difícil. Pero tengo que hacerlo. No por él, por mí. Necesito sacarme de la cabeza algunos de los tantos recuerdos hermosos que me dejaron cuarenta y cinco años de relación cercana e ininterrumpida. Nadie me quiso y nadie me va a querer tanto como él. Es fuerte saber eso. Pero es así. No me lo decía a cada rato, mucho mejor: lo demostraba en actos.

Jamás vivimos juntos y sin embargo se las ingenió para estar siempre cerca. Podría decir que la mayoría de las cosas que sé, me las enseñó él. Con el tiempo nos fuimos pareciendo cada vez más. Me miro las manos y no puedo dejar de pensar que son la suyas. Durante su internación, cuando entraba una enfermera, no hacía falta que le aclarara nuestro parentesco. Mirábamos la tele en igual posición, con un brazo debajo de la cabeza y una pierna cruzada sobre la otra. Me impresionó esa similitud. Al menos no teníamos la misma personalidad ¿o sí? Pasada la rebeldía juvenil lo empecé a comprender, y sin darme cuenta fui aceptando que soy un Natale, y los Natales amamos la libertad, odiamos la hipocresía. Durante años viví inmerso en el doble discurso. Él jamás. Siempre fue transparente, directo, pragmático, con una capacidad para mostrar amor en actos concretos, como pocas veces vi.

Cada vez que necesité algo, estuvo ahí. Sin “peros”, de inmediato. Una vez me dijo que si yo mataba a alguien, me iba a proteger igual. Esa exageración yo la convertí en literatura. Escribir para mí es volver relevante los hechos anecdóticos.

Me enseñó a jugar al fútbol, al golf, a manejar… Cuando me operaron se quedó a dormir en una silla junto a mí, me llamaba casi todos los días, yo decía “hola” y él ya se daba cuenta de mi estado de ánimo.

Fue un padre maravilloso, envidiable. El dolor es (como dice el Indio) el de haber sido tan feliz.

Perdón viejo por este pobre texto, no está a tu altura, no reproduce ni por asomo lo que hiciste por mí: las charlas, las cenas, los helados compartidos, las veces que me llevaste a la cancha… ¡Al cine! El amor por las películas te lo debo a vos, viejo. Como estabas separado y siempre fuiste medio nómade, (el hogar con reunión familiar burguesa no era lo tuyo), el séptimo arte se volvió nuestra salida principal, además de la visita a la Fragata Libertad, claro.

Libertad. Esa palabra es fundamental, viejo. Viviste a tu manera, me dijiste que cuando te murieras hiciéramos una fiesta porque siempre hiciste lo que quisiste. También mencionaste que no ibas a joder en tu vejez y no lo hiciste. Te bancaste el cáncer como un campeón, yendo solito durante años a ver a tu oncólogo, para luego volver al club a jugar al tenis hasta los 77 años. Un crack. Fuiste un tipo fuerte, alto, pintón. Me pasaste el trapo. Ja, me da mucha alegría eso. Nunca te pude ganar al tenis, ¿te acordás? Siento paz por la gran vida que llevaste.

        ¿Cómo termina esta crónica, viejo? ¿Este obituario escrito por tu propio hijo?

Lo único que te pido es que desde donde estés, me ilumines para que yo sea al menos el diez por ciento de lo buen padre que vos fuiste conmigo. No, dejá, no hace falta, viejo, descansá en paz, ya me lo enseñaste con tu ejemplo durante cuarenta y cinco años.

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