DONDE DUERMEN LAS ARAÑAS

Parecía tenerla atada, hacía jueguito con la pelota de papel una y otra vez, pero el viento de la puna la voló al precipicio.

-Juan, vení –lo llamó el padre desde el bar de Don Cosme.

Antes de entrar, Juancito vio pasar el camión de la policía cargado de pelotas. Se sentó y le dijo a su padre lo que quería para su cumpleaños.

–Una pelota de fútbol.

–Hijo, ya no quedan, no se hacen más…

–¿Y por qué no se hacen más, pa? –le preguntó Juancito que apenas llegaba con los pies al suelo.

-Porque el gobierno lo prohibió.

–¿Y por qué?

         –Porque no se puede, nadie debe jugar a la pelota -tartamudeó el padre.

–¿Y por qué no?

–Mirá… –le dijo pasándole la mano por el pelo–, te voy a contar una historia. Hace mucho tiempo, cuando papá era chico, el abuelo José, ¿te acordás del abuelo José? -Juancito asintió con la cabeza-, bueno, el abuelo me llevaba a la cancha a ver al rojo todos los domingos. Comíamos los fideos de la abuela ¿te acordás de la abuela Etelvina? –el chico asintió metiéndose un dedo en la nariz–, bueno, claro, cómo te vas a olvidar de la abuela si hacía unas pastas impresionantes. Después de almorzar salíamos a esperar el colectivo, viajábamos un poco apretados pero nunca pasó nada.

–¡La pelota, papá! ¡Contame de la pelota! –le protestó el niño.

–Sí, ya va, hijo, no seas impaciente, todo tiene que ver con la pelota en definitiva, porque lo que hacíamos el abuelo, yo, y las demás personas que iban a la cancha, dejar a la familia, viajar, hacer la cola para conseguir las entradas, aguantarse parado todo el partido, mojarse si llovía, chupar frío en invierno… todo era por amor a la pelota.

Juancito escuchaba con los ojos bien abiertos, ni siquiera lo distrajo el paso de otro camión de la policía con más pelotas.

–Llegamos a la cancha y lo primero que hicimos fue la cola para sacar las entradas. El cielo se estaba poniendo gris, la gente se refugió debajo del techo.

-Papá, ¿había pelotas afuera de la cancha?

         El padre se sorprendió. Sonriendo, le dijo:

        –Muchas. Un montón de pibes como vos pateaban en los potreros, jugaban hasta en las vías del tren.

        A Juancito le brillaron los ojos.

       –Seguí, papá, seguí.

       –Bueno, esperá. No era fácil estar ahí, la cancha estaba empezando a quedar chica de tanta gente que iba. El equipo andaba bien y cuando jugaba contra otro grande no cabía ni un alfiler. Pero estábamos acostumbrados, lo tomábamos como algo natural, parte del folklore, igual que los cantitos.

        –¿Qué cantitos, pa?

       –Las canciones que cantaban las hinchadas. Miles de personas cantando al mismo tiempo; parecíamos cantantes de ópera.

       –¿Y qué decían las canciones?

       –Se alentaba mucho al equipo, a algún jugador en especial, al nueve que hacía los goles, al arquero si atajaba un penal… Bueno, también nos gustaba cargar a los rivales… algún insulto se oía, no puedo mentirte, hijo, se decían palabrotas en la cancha.

         –¿Por qué, papá? ¿Qué palabrotas?

         –No sé, palabras feas, agresivas, insultos. Es que el fútbol era muy lindo pero también tenía eso –un tono de tristeza se apoderó de su voz–, la agresión al rival, y lo raro, lo triste es que pensábamos que era divertido. El odio hacia el otro nos parecía bien.

         –¡No me importa eso de las palabrotas papá, quiero saber de la pelota!

        –Bueno, escuchá cómo definimos aquel partido contra Boca que nos hizo ganar la Liguilla.

       –¿Qué es la Liguilla?

      –Un campeonato corto que se jugaba para clasificar a la Copa Libertadores.

      –Ah –dijo Juancito sin comprender del todo.

      –Faltaban quince minutos para que terminara el partido; creo que fue Marangoni, patrón del medio campo de nuestro equipo, quien le dio el pase al Bocha…

    –¿El Bocha es ese bajito y peladito que me mostraste en la foto, pa?

    –Sí, ese, el mejor diez, después de Maradona, que vi en mi vida.

      –¿Qué hizo, qué hizo con la pelota? –le preguntó Juancito que ya no podía mantenerse sentado.

     –Y qué va a hacer, lo de siempre: entró al área marcado por un defensor y la acarició apenitas ante la salida del arquero, se la mandó ahí abajo, donde duermen las arañas…

–¿Dónde duermen las arañas, pa?

El padre rio.

–En la esquina de la red, en la parte de abajo, bien esquinado. Entonces se desató el delirio, me acuerdo que el abuelo me abrazó tan fuerte que nos fuimos para abajo porque los de arriba hicieron presión y quedamos todos apretujados contra el alambrado…

El padre interrumpió el relato.

Juancito, que armaba un arco con plastilina y palitos de helado, notó algo raro. Le preguntó qué le pasaba.

Escondiendo el llanto, el padre le dijo que se había emocionado al recordar aquel gol del Bocha.

Juancito, sabiendo que jamás tendría una pelota, sacó una piedra del bolsillo y la apoyó en el suelo. Frunció el ceño, tomó carrera y, ante la mirada atónita de Don Cosme, de un puntinazo la mandó al vértice inferior izquierdo de la ventana del bar, “ahí donde duermen las arañas”, le dijo a su padre con una sonrisa.

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