VOS YO NOSOTROS

NOS

No sé por dónde empezar. Quizás me trabo porque quiero hablar de varias cosas a la vez. Nunca había ido a Nueva York, pero desde hacía tiempo tenía ganas. O no tenía la plata, o no tenía con quien ir. Viajar solo después de los 30 años me suena (esto es muy personal) a anécdota que no querré contarle a mis nietos. Ahora bien, si tenés ochenta, está bueno recorrer el país con las excursiones de Pami, aferrado a la vida con uñas y dientes.

Pero yo tengo 44, unas millas acumuladas y una persona encantadora para viajar a la isla de la fantasía.

New York, New York nos recibe con frío y lluvia de invierno, a pesar de que ya empezó la primavera. Obviamos los museos y vamos directo a comprar ropa a los shoppings de New Jersey, que tienen rebajas alucinantes (dólar a 15, ¿recuerda, amigo?). La pasamos bien, pero no para de llover. Por la noche decidimos salir a cenar, mi hermano nos había dado un point de nivel, esos que yo no encuentro ni con seis google maps. Metemos los billetes en los bolsillos y bajamos a enfrentar la lluvia. De ninguna manera íbamos a dejar que el mal tiempo nos acobardara entre cuatro paredes.

La noche empieza derecha: el restaurant queda cerca, pegadito al Central Park, frente al Plaza Hotel.

Tenía a Nueva York metido entre las cejas por las películas de Woody Allen. Los Ángeles también me llama la atención, pero menos. Recuerdo los cuerpos atléticos y aceitados que vi en la playa mientras recorría los muelles en busca de videogames, durante un viaje prehistórico. De todas maneras algún día volveré, aunque más no sea para seguir los pasos del gran Bukowski.

Decía que entre Seinfeld y Allen me convertí en un amante de la gran manzana. Entonces junté fuerzas y atravesé el engorroso trámite para sacar la visa, los humillantes escaneos en el aeropuerto y el trato de sudaca en migraciones. Debo decir que la tipa entendió mal. Yo le dije una cifra de tres ceros, pero ella le sumó dos más en su cabeza, y me miró dudando entre meterme preso o proponerme matrimonio. Tuve que escribir la cifra en un papel, una desdicha para mis años de inglés.

Volvamos a la noche de la lluvia. Ahí estábamos, pensando si nos alcanzaría la plata, la hilera de cubiertos junto a los platos era importante. Mi amada dijo: “Nos va salir caro”. Para colmo ya habíamos gastado unos cuantos billetes comprando ropa; no estábamos para despilfarrar. Entonces decidí asomarme por la ventana para ver qué tan caro podía resultar. Mi vista pasó la línea de la vajilla, llegó hasta él como si mi olfato de paparazzi frustrado tuviera un imán para las emociones fuertes. Ahí estaba ese pequeño hombre con traje de profesor universitario comiendo a metros de mi ñata contra el vidrio.

-Es Woody Allen –le dije.

Ella dio un salto pidiéndome que se lo muestre, nos abrazamos como dos fans excitados y entramos olvidándonos por completo de los precios.

El restaurant estaba lleno. Eran las ocho de la noche, pero claro, ahí se come temprano. Un metre-orangután salido de una película de la mafia italiana, nos hizo sentar frente a la barra a esperar que se desocupara una mesa. Woody cenaba junto a su mujer oriental, Diane Keaton y dos personas más que no reconocí.

El que atendía la barra, un amable mexicano, nos sirvió dos copas de vino (costosas, por supuesto) y nos ofreció la especialidad de la casa: un Bellini, de los mejores tragos que probé en mi vida. Bebimos mirando a los especímenes que nos rodeaban. Parecían salidos de una entrega de los premios Óscar; nosotros de jean. Siempre fui medio despreocupado en cuanto a mi aspecto, pero al menos tenía puesta una camisa.

Me dediqué a estudiar el lugar para lograr el objetivo. Lo único que no tenía que pasar era que el metre de la mafia italiana nos consiguiera la mesa antes de que Woody se levantara y caminara por el pasillo. Esperar para comer se volvía agradable esa noche. El plan era interceptarlo en el pasillo y pedirle una foto. Con mi amada seguimos bebiendo con la felicidad dibujada en la cara.

Pero de pronto entró un grupo de gigantes europeos que se plantaron delante de nosotros interrumpiéndonos el paso. Parecían modelos, figuras del jet set, medían casi dos metros. Se pusieron a beber. Mi novia y yo quedamos pintados como decorado de cartón. Me ganó una nube de pudor. Me debe haber asustado la extravagancia, las ropas elegantes que humillaban a mi Levis de 40 dólares.

Lo cierto es que los gigantes empezaban a incomodarme, no me dejaban ver nada. Cuando Woody y compañía se acercaron a la puerta, corrió un aire distinto. Supongo que nadie se le acercaba por su historial en fobias. Quedó a tiro de los lungos. Yo detrás de los muros humanos con las ganas de hablarle, de pedirle una foto. Parecía de buen humor, le regaló dos palabras a uno de los europeos mientras seguía esperando que le trajeran el auto. Vi a Diane Keaton sonreír igual que en las películas, y luego los vi irse. C’est fini.

Quería la foto pero no la tengo, me quede con la copa en la mano como tantas otras veces, imaginando los movimientos del tipo que no soy, del que quise ser y no pude.

Confieso que me dolió mi timidez. La foto no está ni estará. Por suerte me quedan las palabras. Las palabras importan, dice Porta Fouz en su perfil de Twitter. Tiene razón. Las palabras me permiten decir que mi novia no durmió durante dos noches a causa de la excitación que le produjo esa noche en el restaurante de la mafia italiana. Espero que no lea esto, me da vergüenza decirlo: ella podría haber dormido lo más bien, no admira a Woody Allen tanto como yo, pero sabía lo que significaba para mí.

Si me hubiese sacado la foto junto al famoso cineasta, jamás hubiera escrito esto. Y tenía que hacerlo.

 

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