LA PASIÓN

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LA PASIÓN

“No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil”

Pierre Menard, autor del Quijote

Borges, Jorge Luis

¿Cuándo me enamoré del fútbol?

En el Mundial 90, antes de Alemania, Italia y Yugoslavia vino el partido de octavos contra Brasil. Si la memoria no me falla (pasaron 28 años) se jugó en el estadio de Torino, ciudad a la que llegamos desde Roma después de una larga noche de tren.

El partido era a la tarde, por eso el tiempo dedicado a recorrer pasadizos, museos, monumentos durante la mañana, a pesar de mis reparos.

Al mediodía, calor agobiante. Una foto frente a Garibaldi, la visita a alguna Chiesa… Una se llamaba Gran Madre Di Dio, y yo, con mi incipiente cabeza de termo, pensé que Diego debía estar preparándose para el partido trascendental de esa tarde. Deseaba con todo mi ser acudir al estadio con tiempo de previa, de palpitar lo que vendría, pero el fanatismo de mi vieja por la historia italiana estaba en su salsa, como la que nos darían los brasileros un rato después.

Frente al mismísimo Palacio Carignano mi hermano y yo plantamos la revolución juvenil. Iríamos a la cancha con ella o solos, ¡pero lo haríamos ya!

Para quien no gusta del fútbol se trata de 22 tipos corriendo detrás de una pelota durante noventa minutos. Para los que sabemos gozarlo son cosquillas en el estómago desde la noche anterior. Sobre todo cuando se trata de un partido de Mundial contra Brasil en etapa de eliminación directa.

Tuvo que aceptar. Nos dejó en la puerta del estadio y se fue para el lado del sector prensa.  Por suerte mi hermano de 11 años y yo dimos con un puñado de bullangueros argentinos. Pero al levantar la vista un gran tazón de sopa amarilla, la “verdeamarela” arrasando en las tribunas y en el campo de juego hasta que la agarró Diego, tocó para Cani, y gol. A cobrar. No lo merecíamos, ¿pero quién nos quita la alegría?

Muchos años después, en un post almuerzo de regreso a la oficina charlamos con los muchachos sobre cuál había sido el gol más gritado en nuestras vidas. Ganó ese del Cani, con rotura de camas, televisores, arañazos, tropezones y alaridos de éxtasis incluidos. No recuerdo si con mi hermano lo gritamos tanto. Yo estaba atento a que no lo aplastaran, a no perderlo de vista. La imagen retenida es la de Ruggeri con el puño en alto revoleando la camiseta ante la sopa triste.

Pero hubo un gol anterior que grité más. Según mi viejo fue en cancha de Vélez. De lo que estoy seguro es que fue un tanto convertido por Ernesto “Heber” Mastrángelo. La pelota rebotó contra la red, y yo, con cinco años, me desprendí de la mano protectora de mi padre y escapé escalera abajo con los brazos en alto, la boca llena de gol, una carrera alocada para subir otra vez los escalones esquivando piernas saltarinas y brazos abiertos para el festejo en común. El tiempo se encargaría de disipar las pasiones, pero esa fue la primera: la del balompié.

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