EL CAÑO

Goyco

El de Italia 90 fue el mejor Mundial que me tocó presenciar. No sólo por las ciudades, los trenes, la pasta, las máquinas (léase autos), el calor napolitano, la cultura romana, la ropa, la elegancia, la modernidad dando sus primeros pasos, sino porque sería el último que viviría bajo el influjo de la pasión y entrega juvenil detrás de esos gladiadores averiados y rústicos que debutarían perdiendo contra Camerún en el partido inaugural.

Lo empecé a sentir días antes en los altoparlantes del colegio gracias a la belleza de la canción “Un Estate Italiana”. La voz áspera de Gianna Nannini me erizaba la piel al cerrar los ojos y rezar para que nos vaya bien como en México, a pesar del mal comienzo.

Llegó el día de subirme al avión. Lo hice con la extraña sensación de alejarme de mis compañeros en el momento más dulce de los años compartidos durante la secundaria (estábamos a un mes del viaje de egresados), pero sabiendo que debía memorizarlo todo para luego contarlo una y otra vez. Sobre todo si el equipo llegaba lejos. Y llegamos tan lejos como se podía: a la Final.

Pero quiero detenerme en el partido contra Yugoslavia. La repartija de entradas entre mi familia derivó en que yo recalara en una tribuna poblada por camisetas yugoslavas. ¿Dónde estaban las albicelestes? No me dio miedo, había asistido a otros estadios, viajado en tren de una ciudad a otra con mi italiano inicial de la Dante Alighieri, me movía casi como pez en el agua. ¡El problema era si hacíamos un gol! En aquella época no copábamos estadios con la argentinidad al palo como ahora. Estaban los “barras”, sí, el “Tula” con su bombo, sí, podía verlos en la otra punta de la cancha cuando los enfocaban en el tablero electrónico. Pero yo estaba solo.

El partido terminó en un cero a cero clavado. El equipo seguía sin levantar vuelo, eso recién se produciría contra Italia, pero al menos no perdimos. Ahora a los penales para saber quién pasaba a la semifinal. Viene Diego, acomoda la pelota, tiene que ser gol. Se lo atajan. Yo estaba arrodillado junto al caño de la baranda, medio escondido, preparado para lo que sea: la gloria con riesgo o la tristeza infinita, porque cuando sos un adolescente embanderado en los colores de tu país, solo y lejos de casa, la pasión crece por tus venas como una enredadera.

Por eso cuando el último yugoslavo se paró delante de la pelota, y Goyco le atajó el tiro desde el punto penal que nos dio el pase a Nápoles para jugar contra Italia, mordí el caño ahogando el grito festivo, y me dije: Qué lindo sería poder visitar al héroe en la concentración para colarme en una foto con él. Esta vez el que hizo de fotógrafo fue un viejo hombre de Canal 7, Pablo Gravano, a quien le estaré siempre agradecido.

 

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