LA FOTO

gol de diego 1 001

Esta crónica llega treinta y dos años tarde, pero como en el año 1986 no se me daba por redactar, lo hago ahora. Además no veo mucho entusiasmo mundialista, vamos a intentar meternos en clima rememorando una anécdota de México 86. Utilizaré la memoria selectiva que ha sabido conservar esta historia, aunque en parte se trate de una desdicha.

Empecemos por señalar que en aquel entonces yo tenía trece años. Una vez arribado a tierra azteca fui directo al estadio a ver el partido de Argentina contra Bulgaria. Ganamos y aseguramos la clasificación a segunda ronda. Bien. Días después me subí a un auto para ir a otro estadio (no recuerdo cuál) a ver un partido de Uruguay contra vaya a saber quién. Lo que sí recuerdo es que llevaba colgada del cuello una vieja cámara de fotos Canon muy buena para la época, pero que carecía de flash. De todas formas eso no me importaba, los partidos se jugaban de día y me interesaba poco y nada sacar fotos que no fueran de fútbol, así que no había inconvenientes para ejercer mi afición a la fotografía mundialista.

Me daba gracia eso que decían de la altura mexicana y la falta de aire para andar. Apenas bajé del auto corrí arrastrando a los periodistas que me acompañaban, porque el embotellamiento del tránsito nos había retrasado. Llegamos a la tribuna con el partido empezado. A un costado, los jugadores de la Selección Argentina miraban hacia el campo de juego. El que puede dar fe de lo que digo es el productor de televisión Gustavo González, aquel de “Feliz Domingo”. Trabajaba para mi padrastro y por eso yo estaba ahí sentado junto a él en esa tribuna techada. En un momento me preguntó si quería sacarme fotos con los jugadores. Creo que le dije que sí, mi timidez me impedía expresar con verdadero entusiasmo las ganas de quedar retratado junto a los ídolos.

Llegó el entretiempo. Gustavo se acercó a conversar con parte de la comitiva del seleccionado, y como en esa época los jugadores no tenían celulares para distraerse hasta que empezara el segundo tiempo, dijeron que sí. Bilardo andaba por ahí abajo, movedizo, se pasaba la mano por el pelo, iba de un lado al otro. Los había llevado para que observaran al futuro rival. Gustavo me hizo un gesto y me acerqué. Me sacó la cámara del cuello y me indicó que me sentara entre dos jugadores, mientras él tomaba distancia buscando el ángulo que nos permitiera entrar en cuadro. Creo que los primeros en acceder fueron Enrique y el Tata Brown. Clic y foto. Fui sentándome junto a cada uno de ellos. “¿Quién es este?”, preguntaron algunos, pero pude sacarme fotos con todos, menos con Diego, rodeado de tanta gente se hacía imposible acercarse. Gustavo decía que no me sacaría una foto con Bilardo porque yo era menotista. Se equivocaba. A mí me daba igual, amaba el juego, la camiseta, el gol que nos permitiera pasar de ronda, no entraba en debates estériles.

Terminó el partido. Uruguay a octavos. Los jugadores de la selección se levantaron rapidito y se los llevaron por un pasillo. Ahora que lo pienso fueron respetuosos. Me merecía algún coscorrón. No hablaba. Clic y nada, apenas un tímido “gracias” inaudible en el murmullo del estadio. Gustavo me devolvió la cámara y me miró como diciendo “me lo vas a agradecer toda la vida”, pero yo sabía que con la poca luz que entraba por debajo del techo de la tribuna, las fotos saldrían oscuras al límite de la existencia. Me dio bronca. Y pena. Mucha. Pero pocos días después se me pasó. Los Dioses (Maradona y el otro) me darían revancha. Ahí estaba yo, otra tarde de sol, apuntando con mi cámara sin flash al hombre que dejaba ingleses por el camino, en lo que sería el mejor gol de la historia de los mundiales.

 

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