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Llevaba el pie apenas apoyado en el acelerador, debía tratar al Sierra con sumo cuidado porque la aguja del indicador de aceite estaba cada vez más del lado de los problemas.
Las casillas que bordeaban la ruta parecían deshabitadas, sin embargo tenían la antena de Direct Tv en los techos. Cuando leyó “Mecánico” en un pedazo de madera se acomodó en el asiento, hizo un rebaje, y estacionó el auto junto a un rancho de ladrillos con silla mecedora en el frente. Tocó bocina hasta que una gorda petisa con vestido a lunares, apareció entre la ropa colgada como si fuera una actriz entrando al escenario de un teatro.
―Buenas tardes ―dijo Ponzi―. ¿Está el mecánico? ―le preguntó bajándose del auto.

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