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De vuelta en la habitación puso los brazos debajo del cuello y los pensamientos le pasearon por la mente como hojas sueltas danzando en el viento: el portafolio, los amigos en los que no podía confiar, la incertidumbre de si lo que llevaba podía cavarle su propia tumba. Recién pudo conciliar el sueño cuando recordó que se había jurado cumplir con el pedido de Andrada.
Despertó gracias al ruido de una aspiradora. Con los ojos semi abiertos prendió la tele y, para su espanto, comprobó que eran las diez. Se suponía que a las siete tenía que haber sonado la alarma de su Nokia 210. Evidentemente no tenía batería. Antes de irse, el colorado, que se mostró más simpático, le permitió al menos cargar una rayita del celular.

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