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Llegando a Gualeguay, las estaciones de servicio ya no aparecían tan seguido y la fila de autos y camiones se empezaba a distanciar. Saboreaba un sándwich de jamón y queso, mientras le pasaba la franela al espejito retrovisor de donde colgaba la vieja foto de su pequeño hijo. Ahora, con veintiséis años, Martín apenas se acordaba de que tenía un padre biológico, además de un padrastro.

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