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Mientras el bolsillo se lo permitió lo cuidó como a un hijo, pero con el tiempo los repuestos se fueron disparando al igual que la inflación, y no pudo seguir manteniéndolo como el auto necesitaba. El amor hacia el Sierra empezó en 1985. Un amigo le había pasado el dato de una concesionaria donde vendían uno cromado con una franja gris que lo atravesaba de lado a lado. Gracias a los ahorros que le quedaban de su época como Teniente Coronel del Ejército, pudo comprarlo. Cuando Susana lo vio estacionar el auto impecable en la puerta de la casa, puso el grito en el cielo. Sabía que “esa bola de fierros inmunda” le restaría dinero para la cuota alimenticia de Martín, el hijo que ambos tenían en común. Ponzi hizo todo lo posible para cumplir siempre con lo dictaminado por el juez, pero llegados los noventa, algunos inconvenientes financieros derivaron en que Susana le restringiera al máximo la posibilidad de ver a su hijo.

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