LA OFICINA

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Ningún trabajo me sienta bien. Y eso que tuve varios a lo largo de mi mediana vida, si consideramos que estoy en los cuarenta y pico. ¿Qué querés decir, Emanuel? ¿Qué? ¿Querés ser un vago?

No. La vagancia también me cansa y además, con tiempo al pedo, uno empieza a hacer cosas absurdas como pagar para jugar un partido de fútbol. Cuando estás al pedo, hasta coger aburre. Lo peor es que entre las muchas boludeces que pensás, te terminás acordando de que lo único seguro en esta vida es la muerte.

De todas maneras, cualquier hombre medianamente despierto sabe que trabajar para otro es una mierda, y que si es dentro de una oficina, peor aún. ¡Todos los putos días viendo las mismas caras, escuchando los mismos comentarios estúpidos!

Ves cómo tus compañeros malgastan su vida y ellos ven cómo vos malgastás la tuya. Estoy seguro de que más de uno pensó al menos una vez en largar todo e irse a la mismísima mierda. El problema es que no tenemos bien claro qué implica irse a la mismísima mierda.

Por eso, luego de pensarlo un rato, la mayoría termina cagado en las patas y decide seguir mamando de la teta de mamá, o sea, en la de la oficina. Porque lo único bueno que tiene el trabajo en relación de dependencia es que cumple la función de una teta materna. Con la salvedad de que no te da la leche cuando vos querés, sino una vez al mes.

¿Qué podría ser peor? Creen que no lo sé. Yo tengo un trabajo de oficina. ¿Que por qué no estudié algo? ¡Qué solución es esa! ¿Odontología?, pufff. Es asqueroso andar metiendo los dedos en la boca de la gente. ¿Abogacía?, bien, la mentira me gusta, pero no quiero defender a hijos de puta y además no logro retener de memoria ni el número de teléfono de mi vieja. ¿Corredor de autos? Tengo vértigo. ¿Piloto de avión? Vomito. ¿Mozo? No podría sostener la bandeja sin que se me fuera a la mierda, y además, antes que servir a un pelotudo, prefiero comer bananas en una isla desierta. ¿Actor? Ese está un poco mejor, pero no tengo talento. ¿Futbolista? Ese es aún mejor, pero cuento con menos talento todavía.

Bien. Soy un desecho humano. Lo sé. Lo único que me queda es hablar del puto trabajo de oficina.

El despertador suena a las siete y treinta. Abro los ojos y siento un frío helado en las piernas y en el pecho. Giro la cabeza hacia un lado y veo a Érica enroscada en la frazada, hecha un tirabuzón. Se escuchan las gotas de la lluvia contra la ventana. Daría un dedo de la mano por poder seguir durmiendo. Pienso en llamar a mi jefe e inventarle algo, alguna enfermedad repentina, una alergia, cualquier cosa. Pero imagino ese momento tan duro como levantarme. Así que mientras me siento en la cama y envidio al zócalo de la pared que puede seguir durmiendo, recuerdo cuando mi jefe me dijo: “La única alergia que vos tenés es la del trabajo”.

Voy hasta el baño. Mear apoyado contra la pared es el tercer mejor momento del día. Tomar café con leche es el segundo, y el primero será tener sexo con Érica, si es que los chicos y el sueño nos lo permiten. Pero para la noche falta mucho. En el medio hay que soportar nueve horas laborales.

Hubo un tiempo en que fui tachero. Fue la mejor etapa de mi vida. La jornada laboral era de doce horas pero yo la convertí en cuatro; el resto del tiempo me la pasaba durmiendo bajo un árbol, tomando café en un bar o leyendo de arriba en alguna librería pituca de Barrio Norte. Cuando laburaba, le miraba las piernas a las mujeres a través del espejito retrovisor y me divertía haciéndome el facho con los progres y el zurdo con los fachos. Qué época. Lástima que había un pequeño problemita: la plata no me alcanzaba ni para llenar el tanque de gas.

No tuve otra alternativa que ir y golpear las puertas de una multinacional. La verdad, ahora me hago el nacionalista, pero en aquel momento me importaba una mierda trabajar para Bush o Bin Laden. Raquel tenía seis meses y había que comprarle pañales, y los pañales, les cuento a aquellos que no tienen hijos, los pañales son caros.

El trabajo era de data entry. Yo jamás había hecho algo por el estilo y tampoco había tocado una computadora en mi vida. Por supuesto dije que tenía experiencia. Luego de tantos años de buscar trabajo con el Clarín bajo el brazo, aprendí que si no decís que tenés experiencia, estás frito.

Los tipos que dan trabajo son unos hijos de puta. Una vez fui a ofrecerme como profesor en un instituto que enseñaba español a extranjeros. Había que ver con qué aire de superioridad me hablaba aquel tarado desde el otro lado del escritorio. Pero eso no es nada. Lo peor es que se queda con el 50 por ciento de lo que vos sacás y encima tenés que ir una vez por semana a llevarle la guita. En aquel tiempo, ni Raquel ni Jazmín habitaban este mundo, así que mandé al tipo a la reputísima madre que lo parió.

Lo bueno de trabajar en una multinacional es que no le ves la cara al verdadero hijo de puta, aunque arriba tuyo haya muchos. Yo me divertía recordándole a mi jefe que él no era el verdadero dueño del circo, sino que laburaba para un yanqui que se enriquecía gracias a nuestro sudor. El tipo se ponía loco. Decía que un día iba a pelar un cable de mi computadora para que me electrocutara.

Sin embargo, soportar al jefe no es lo peor. Peor es la convivencia con los compañeros, con los que están igual de jodidos que vos, con los que saben que son el último orejón del tarro y te lo recuerdan todos los días con esa cara de culo que sólo cambia un poco los lunes a la mañana si su equipo de fútbol ganó el domingo.

Trabajando en una oficina descubrí que el embole es trágico. No hay cómo salir de él cuando pasás 45 horas semanales en el mismo lugar, haciendo siempre lo mismo. Después de darle a las teclas de la pc durante todo el día, sin que uno encuentre en ello el más mínimo sentido, el cerebro se va entumeciendo hasta llegar a un punto en donde sólo puede comprender un mail con frases grandilocuentes, vacuas y estúpidas, esas que vienen acompañadas de musiquita melosa. Ah, sí, son la filosofía de la oficina. Qué me vienen con Platón y Aristóteles… Allí están las respuestas a nuestras dudas. Gracias a internet, un tipo al pedo en su casa arma un par de frases en el power point, luego genera una cadena de mails, y en menos de una semana habrá sido leído por miles de personas.

Uno puede pensar que al menos hay mujeres lindas que ayudan a que el día sea más llevadero. Nada de eso. Las que están buenas sólo cogen con los que están en un puesto superior, y las feas… las feas siguen siendo feas pero con el agregado de que tienen el cerebro igual de consumido que el resto de los empleados.

Me la paso pensando en ahorrar para poner un kiosco o un puesto de panchos, pero no lo logro. Fumo, fumo mucho y además me gusta el whisky importado. Careta. Una vez le escuché decir a un músico que en su casa podía faltar de todo, menos una botella de champagne en la heladera.

No hay salida. A los veinte pensás que el mundo es tuyo; a los treinta que algún día saldrás de la aburrida oficina; y a los cuarenta estás tan resignado que hasta llegás a pensar que tu trabajo está bueno, que cuando llueve al menos no te mojás como un motoquero. Pura mierda. Al menos el motoquero puede tomarse veinte minutos y rascarse la nariz sin que nadie lo vea.

En cambio los oficinistas tenemos que fichar tarjeta tanto a las nueve cuando entramos, como a las seis cuando nos vamos hechos pomada, sin ganas de nada. Y al día siguiente igual y así…

Alguien nos engañó.

A esta altura sólo recuerdo aquel tiempo tierno de la adolescencia en donde uno era feliz tomando una cerveza en la esquina con los pibes del barrio, o soñando con armar una banda de rock para revolucionar el mundo, el país, o al menos a los de tu cuadra, porque teníamos cosas para decir, sabíamos que algo andaba mal, que unos pocos nos estaban cagando y sin embargo… veinte años después terminamos en una puta oficina entregando nueve horas diarias de nuestra vida, juntando basura en un callejón o desterrados en busca de guita.

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