FIN DE AÑO EN LA CIUDAD

   fin de año en la ciudad

Cuando faltaban dos días para fin de año, mi amigo Tony me invitó a tomar un rico vino a su casa. Eso no lo rechazo nunca, aunque llueva o truene. Vivo cerca de la estación, pero desde que me compré el Toyota, hace veinte años, no volví a viajar en subte.

   Sin embargo, esa tarde decidí prescindir de mi querido auto e ir bajo tierra. No sabía si quería pasar la noche del treinta y uno con Tony y su tía, o solo en casa.

   Camino a la estación pensé en comprar algo para no caer con las manos vacías. En Europa aprendí que eso es mala educación. Pasé por varios negocios pero no me decidí por ninguno. Ma sí, me dije, ¿acaso Tony es mi novia? Cuando venga a casa le doy un poco de vino o unas cervezas y listo. Me gusta más la cultura latina.

   Para llegar tenía que hacer diez estaciones. Hasta podía ser divertido. Me sentí un turista explorando el subsuelo de la ciudad.

   Las cosas no habían cambiado demasiado: gente apurada, el piso sucio, las paredes pintadas con graffitis (de un lado decía “Macri Gato”, del otro “K chorros”), y la cola para comprar el cospel. Ok, ahora se usa una tarjeta magnética, lo cierto es que había que hacer cola. De las tres ventanillas sólo una estaba abierta. Que la escalera mecánica no anduviera me pareció sólo un detalle. Hace diez años ni siquiera había.

   Llegué al andén y me puse a mirar cada una de las cosas, quería ver cada detalle, como un burgués con aires de excentricidad curioseando en el mundo de los pobres. Yo no soy rico, pero tener el Toyota me da cierto estatus. Al menos, eso dicen. Qué extraño, pensé, no hay ratas paseando por los rieles. Se lo voy a contar a mis amigos de Londres en el próximo e-mail.

   El subte no venía. Durante la espera, el andén se fue llenando de gente. Cuando las luces del convoy aparecieron, las personas se apilaron para entrar en primer lugar.

  Comenzaba a maldecir mi espíritu aventurero. Pero ya era tarde. Adentro, a los empujones, entre codazos, apoyadas, todo valía. Ley de la selva pura. Una vuelta genuina al estado de naturaleza.

   Las primeras tres estaciones las hice con los pies en el aire, sostenido por dos espaldas anónimas. Entre los pasajeros existía tolerancia a la incomodidad, como si fuera algo natural. Me di ánimo pensando en el vino que tomaría en lo de Tony.

   En Bulnes subió un morocho de nariz ancha, grandote, uno de esos que invitan a cruzar de calle. Su celular escupía cumbia. Para colmo se paró a mi lado. Hubo tiempo para más: antes de que se cerraran las puertas, entró un perro sarnoso y rengo que se acomodó en el medio del pasillo, pero en la curva de Pueyrredón alguien le pisó la cola y fue a refugiarse debajo de los asientos.

  Yo no podía evitar palpar mi billetera.

   En Tribunales, por suerte se bajaron varias personas. Sin el aliento de otros pagado a mi nariz, me sentí como un príncipe en un palacio. Estaba transpirado pero no tanto como el pibe que iba parado junto a la puerta. Lo siguiente, para no sentirme culpable, debo decir que pasó en pocos segundos: sonó la chicharra, el pibe metió la mano en el saco de un viejo, le sacó la billetera, y se escondió en el subte de enfrente.

  –¡Ey!, ¡me robó, me robó! –gritó el viejo.

  Algunos levantaron la vista de los diarios y miraron con caras de resignación. El viejo fue como pudo detrás del ladrón pero las puertas se le cerraron en la cara y se quedó insultando en el andén.

  Nunca había presenciado un robo a tan poca distancia, con sólo estirar la mano habría podido agarrarlo, pero no lo hice. Eso sí, palpé mi billetera otra vez.

  El del celular cumbiero dijo:

  –Hay que matar a todos estos rateros hijos de puta.

  Asentimos en silencio. De a poco la gente volvió a sus diarios y celulares.

  No creí necesario volver a palpar la billetera. Pero lo hice.

  Estación 9 de Julio. Ahí tenía que bajarme. Miré al perro. Dormía con una pata cruzada sobre los ojos. Me enterneció tanto que decidí seguir viaje y llevarlo a una veterinaria.

  El tren se detuvo en la última estación, la gente se pegó a las puertas. Terminaba el martirio. Supuse que algo así debía pasarles a los chicos en el colegio, al obrero en la fábrica, a los ejecutivos en una reunión tediosa, todos esperando salir a respirar aire puro.

  –Ey, ey, perrito, llegamos, vamos, arriba.

  Me tiró un tarascón que me dio en la mano. Empecé a sangrar. Salí corriendo para el sanatorio.

  Dos horas después estaba en casa recostado en la cama hojeando una revista de autos. Sonó el teléfono. Atendí. Era Tony.

  –¿Qué pasó que no viniste?

  –Me mordió un perro cuando iba para tu casa.

  –Uhh. ¿Estás bien?

  -Puedo sostener una revista. Mañana espero arreglármelas para cocinar.

  –¿Vas a venir el treinta y uno a cenar?

  –No sé.

  –Decime cuanto antes para calcular la comida, porque se sumaron mi tía Estela y su hijo.

  –Ah.

  –Che, ¿viste el partido hoy?

  –El final. Los periodistas me tienen harto.

  –¿Por?

  –¿No viste las preguntas que les hacen a los jugadores?

  –¿Qué tienen?

  –¿Cómo qué tienen? Son malísimas. Me gustaría que alguna vez pasara algo así: Hiciste un golazo, dice el periodista; gracias, contesta el jugador. Una de las primeras cosas que enseñan las escuelitas de periodismo es que nunca debe producirse un silencio al aire, entonces, el periodista, continúa: ¿cómo definiste en el gol?; ¿No lo viste?; Sí, pero la gente quiere que lo cuentes vos; ¿Te parece? No estoy tan seguro, yo sé jugar al fútbol, hablar no lo hago tan bien, prefiero escuchar a Víctor Hugo relatando mi gol; Pero vos sos el protagonista; Adentro de la cancha, no afuera; Ok, dice el periodista y sigue, ¿están para ganar el campeonato?; La verdad, no creo, tenemos un plantel muy reducido.

  Hecatombe, dejan de enfocar al jugador, la pantalla se ve negra, ponen música y hacen un corte comercial.

  –Mierda, qué película te hiciste. Estás de la nuca.

  –No me des bola, en un rato me olvido, pero cada vez que veo esas entrevistas, te juro que desearía ser jugador y decir eso.

  –Estás loco, Nacho, ¿por qué la complicás tanto? Los tipos tienen que preguntar algo, y dicen lo primero que se les ocurre, tienen poco tiempo.

  Tony dijo que lo llamaba su tía y cortó.

  Decisión tomada: no pasaría año nuevo con Tony y sus tías. Ahora me quedaban veinticuatro horas para pensar un plan alternativo si no quería levantar la copa y brindar con el aire.

  Me levanté al mediodía y fui a un bar cerca de casa. Me senté en la barra. Siempre me siento en la barra cuando tengo mucha hambre y quiero evitar demoras. Uno de los cocineros puso las empanadas y las porciones de pizza en el horno. El otro me trajo la coca y los cubiertos. Todo estaba bien, apenas me dolía la mano. Lástima que el canoso sentado a dos metros me madrugó con el Clarín.

  Al rato entró un cuarentón hablando por celular, palmeó al canoso, se le sentó al lado y ahí nomás, con un terrible vozarrón, dijo:

  –¿Cómo están maricones?

  Los pizzeros le contestaron con una sonrisa de compromiso mientras cortaban las porciones con las cuchillas.

  Tomé un trago, y mientras miraba cómo el pizzero ponía la masa en el horno, imaginé que en lugar de la pizza ponía la cabeza cortada del cuarentón canchero.

  Su vozarrón me sacó de mis cavilaciones.

  –Qué pasa, no quieren laburar, che, vamos trolos –continuó.

  Era irse o agarrarse a trompadas. Miré su contextura física: me bajaba de una sola piña. Pagué a las apuradas y me fui. Yo tenía esa alternativa, los pobres pizzeros no.

  Camino a casa pensé que quizás la opción de pasarlo solo no fuera tan mala.

  Tony insistió por teléfono pero no hubo caso. No estaba de ánimo como para fingir alegría frente a sus tías.

  De todas maneras, no iba a deprimirme. Bajé a comprar una botella de champagne y un pollo relleno con nueces. Volví a casa. Ahora sólo tenía que esperar que se hicieran las doce, levantar la copa y brindar con el aire.

  Para hacer tiempo prendí un cigarrillo y me puse a observar a mi vecina a través de la ventana. Se retocaba el maquillaje sentada en el sillón mientras miraba televisión. Seguro ella tendría con quien brindar.

  Olí a quemado. El cigarrillo se había consumido sobre la alfombra sin que me diera cuenta.

   Salí corriendo a buscar un trapo húmedo.

 Cuando terminé con mi tarea de bombero, sentí en la televisión al presidente justificando el ajuste al que nos someterían, y a mi vecina asintiendo con la cabeza. Me dieron ganas de tirarle con algo por la ventana. Aguanté un rato dando vueltas, tratando de leer, pero al final me saqué.

  ¡Ahora vas a ver!, me dije y puse a todo volumen un discurso de la ex presidenta en youtube, en donde explicaba que la inflación no era como se decía en los medios.

   La vecina se asomó a la ventana y me insultó. Le respondí con un fuck you. Ella subió el discurso del presidente al máximo. Yo también subí los parlantes todo lo que daban. Seguimos así durante un rato. Perdí la noción del tiempo. En un momento miré hacia abajo por la ventana. El perro de la planta baja corría enloquecido por el estallido de los petardos; los vecinos se abrazaban y brindaban. Me di vuelta. Camino al sofá le pegué una trompada a un cuadro. Lo único que se me ocurrió fue quedarme ahí tirado, fumando y con una copa en la mano.

   Después se cortó la luz. Busqué un farol y me asomé por la ventana a ver en qué andaba la vecina. Estaba despatarrada en el sillón con el pelo revuelto, iluminada por unas velas. Hermosa.

   Se dio vuelta y me miró.

  Éramos dos luces. Una en cada puerto.

  –¿Estás bien? –le pregunté.

  No contestó.

  Quizás era mejor así. En silencio.

 

 

 

 

 

 

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