LA NAVIDAD DE LUIS

pension

 

Terminaba el año 2001 y Luis se sentía solo, sobre todo porque veía a la gente comprar regalos que presumía serían abiertos entre besos y abrazos al llegar la Nochebuena. Algunos lo tildaban de vago, hacía trabajos de carpintería, pero la mayor parte del tiempo caminaba, miraba hormigas en las plazas, tomaba cerveza.

El dueño de la pensión donde vivía se llamaba Cacho. Era estricto aunque con él se tomaba ciertas licencias: era el único no travesti, y a Cacho no le gustaban mucho las travestis, decía que eran “unos reventados”. Sin embargo no le quedaba otra que aceptarlos, pagaban a término y mantenían su negocio a flote.

En esa pensión el 24 de diciembre era un día más. Cada uno se encerraba en su pieza en soledad. Las visitas estaban ajenas estaban prohibidas.

La noche del 20, Luis visitó a su amigo de la plaza San Martín. Se llamaba Edy y vivía bajo un árbol.

-¿Viste el quilombo que hay en Plaza de Mayo? –le dijo Edy.

-Mirá si vamos y encontramos cosas.

-¿Qué cosas?

-Cosas… relojes, alguna tarjeta de crédito…

-¿Perdidas?

-Sí, no sé…

Edy meneó la cabeza, sacó una cerveza por la mitad de abajo del banco. Se la pasaron hasta terminarla.

-¿Sabés qué? –le dijo Luis.

-¿Qué?

-Cada vez hay más gente durmiendo en la calle.

-Es que los refugios son feos, yo prefiero estar acá.

-Olés mal Edy, ¿por qué no te das un baño alguna vez?

-¡Vos sos loco!, ¿querés que me muera?

Luis bostezó.

-Gracias por la cerveza, Edy.

Caminó bordeando la plaza hasta Maipú. El aire de la noche se respiraba turbio. Una piedrita le entró en el zapato; al agacharse vio una billetera. Miró alrededor, no había nadie. Sacó la plata y dejó los documentos. Pensó en su suerte  y en invitarle a Edy una cerveza. Pero no lo hizo.

Se encerró en su cuarto a beber en soledad.

Dos días después compró el diario y lo hojeó acostado en la cama. Una foto mostraba un helicóptero levantando vuelo del techo de la Casa Rosada. Lo tiró a un costado, tomó un poco más de cerveza y se quedó dormido.

Lo despertó una discusión en el patio. Cacho le gritaba a Jaquelin que no podía traer visitas. Ella trataba de explicarle que su madre había venido desde Formosa, pero Cacho no daba el brazo a torcer. Luis pensó en intervenir, algo le latía en el pecho; pero terminó desistiendo.

El diario había quedado abierto en el rubro 59 de los clasificados. Nunca lo había hecho, no por moralista, sino por falta de plata.

 “Mayra. Morocha monumental. 120 de lolas. 80 pesos”.

Llamó.

Lo atendió una voz de señora mayor. Estuvo a punto de cortar.

-Soy la recepcionista. ¿Querés anotar la dirección? –le dijo la mujer de voz ronca.

-¿Puede ser en mi casa?

-80 más el taxi ida y vuelta.

-Llego a 80 -mintió.

Se cortó.

Volvió a marcar.

-¿Sí? –dijo voz ronca.

-Ok, que venga.

Salió a la calle a fumar. A la media hora, un taxi estacionó frente a él. Bajó una morocha en musculosa ajustada. Luis se preguntó por las lolas que decía el aviso.

 -Hola. ¿Sos Luis?

-Sí.

 –Yo soy Mayra – le dio un beso en la mejilla. Tenía la piel tostada, pelo lacio y boca amplia.

Le pidió la plata para el taxi. Luis le dio diez pesos.

-Me salió doce, pero está bien –dijo ella y se agachó por la ventanilla para pagarle al taxista.

Luis miró hacia el patio, le explicó la situación para entrar a la pensión.

-Qué raro llamar a una chica en Navidad –le dijo ella.

-Si fuera tan raro vos no estarías trabajando –le contestó Luis.

Cuando Cacho desapareció se mandaron para adentro. Antes de terminar de cerrar la puerta, Luis descubrió a Jaquelin con una sonrisa pícara.

Mayra pasó al baño.

Al salir le dijo:

-Bueno, cuando quieras empezamos.

Pero Luis le pidió charlar un poco, no se sentía cómodo con una situación tan fría.

Ella se sentó a su lado. Luis pudo verle la mirada triste detrás de la sonrisa.

Como él no decía nada, ella tomó la iniciativa:

-¿No tenés mujer? –le preguntó.

-No.

-¿Novia?

-Menos.

-¿Hijos?

-Que yo sepa no.

-¿Pero por qué, cariño?, ¿por qué eres así?

-No sé cómo soy.

-Solitario –dijo ella y le acarició las mejillas.

-¿Sos de Centroamérica?

-De Bolivia.

Y escuchó su historia: la prostitución para alimentar a sus hijos, la plata enviada a su madre que los cuidaba en La Paz, su marido que la había abandonado, los maltratos como empleada doméstica… Se quedaron en silencio. Luis le ofreció un vaso de agua. Cuando se le acercó, notó que ella sollozaba. Miró alrededor buscando un pañuelo. Mayra le dijo que estaba cansada, que la vida era injusta. Él arrancó una hoja de un libro y se la pasó para que se secara las lágrimas.

-¿Querés irte? No importa la plata.

-No, cariño, ya estoy bien. Gracias. ¿Querés empezar?

Luis miró por la ventana que daba al patio. Jaquelin escabullía a su madre en el cuarto. Mayra levantó un par de libros que había en el suelo y acomodó un bollo de ropa sucia en la silla. Luis se dio vuelta y le dijo:

-Voy a comprar cerveza, ¿querés?

Ella miró la hora.

-No te preocupes, tengo mil pesos.

Mayra abrió grande los ojos.

-Eso es mucha plata –le dijo.

Se le acercó y le dio un beso. Alguien golpeó la puerta.

-Ocupado –dijo Luis.

-Soy Jaque.

-Ahora no, Jaque.

-Dale, abrí que es pesada.

-¡Vos sos pesada!

-Dale, Luis, que no escuche Cacho.

Luis, molesto, se levantó y abrió. Jaquelin cargaba una bandeja con lechón y papas.

-Feliz Navidad –le dijo sonriendo.

Mayra se acomodó la musculosa. Hizo un espacio en la mesa para que apoyaran la bandeja.

-Mayra, ¡qué estás haciendo! –protestó Luis.

Entonces ella se puso en puntas de pie y le susurró al oído:

-¿Has visto lo rico que huele ese lechón? –y agregó: -Me llamo Fernanda.

La madre de Jaquelin asomó por la puerta.

Jaquelin miró a Luis y le dijo:

-Tengo que pedirte un favor.

-¿Qué? –gruñó Luis.

 -Mi madre necesita una cama; yo tengo las maderas pero… bueno, pensaba si vos…

Luis fue en busca de un cigarrillo. Le pidió un rato para pensarlo.

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