EL HOMBRE QUE NO PODÍA DORMIR CON LAS MUJERES

señora

 

Levantó la galera de la mesa y apareció un conejo de ojos rojos. Estaba en su casa con Andrea. La había conocido en un viaje en micro de Mar del Plata a Buenos Aires. Ella sacó el mate y se le acercó. Él no lo podía creer, se sintió un Dios, aunque era feo como el Diablo. Antes de despedirse en Retiro, se animó a pedirle el teléfono. A los tres días la llamó, pero se vieron un mes después. Tomaron café; cuando quiso besarla, ella le corrió la cara.

Se enamoró perdidamente.

Al tiempo, Andrea accedió a coger de vez en cuando, pero nada de besos. Eso lo guardaba para su novio, como las prostitutas.

—¡Qué lindo conejo! —dijo.

Él sonrió tratando de que no se le vieran los dientes torcidos. Ella no tardó en ponerse el tapado y desaparecer.

Más tarde salió a la calle y fue hasta un locutorio. Se sentó frente a una computadora y entró a una página que decía: “gane dinero desde su casa”. Una especie de timba on-line. Sus ahorros de la venta de pelotas playeras estaban ahí. Invirtió en una empresa de guantes de látex de Taiwán y se fue.

En la esquina de Carlos Pellegrini y Avenida de Mayo subió a un taxi y bajó en la costanera. Se apoyó en la baranda y vio el agua chocar contra el muro. Los pocos pescadores encandilaban a los peces con linternas. Deben ser buena gente, pensó. Al menos están acá y no engañando a sus esposas. Quizás son un poco crueles, pero ¿quién no lo es?

Otro taxi, más de ochenta pesos el paseo. Se acostó, pero el sueño no venía. Le envió un mensaje de texto a Andrea. A cada rato miraba la pantalla fría del celular, los ruidos en el ambiente le parecían sonidos de teléfono, pero la bandeja de entrada seguía vacía. Fue hasta el baño y agarró el frasco de Rivotril. Tomó uno. Nada. Salió al balcón, fumó un cigarrillo, luego otro. Se preguntó qué sentiría un hombre al escuchar llorar a su hijo en la habitación de al lado mientras coge con una mujer a la que ya no ama.

A la mierda con ella, se dijo cuando el sol asomó en el edificio de enfrente. Salió a correr pensando que era un sinsentido gratificante, como la vida misma. Vio mujeres rubias, morochas, bajas, altas, hasta una viejita con poco pelo y calzas verdes que le pareció atractiva.

—Hola —le dijo.

No tuvo respuesta.

Siguió caminando. Caminó mucho. Esto es estar al pedo, se dijo. Se quedó unos segundos con las manos en la cintura, mirando las baldosas. Después pegó la vuelta. Calculó que en dos horas, dos horas y media, llegaría a su casa. Iba recordando convicciones. No sabía para qué le servían pero las tenía. Una era no trabajar para otro, la otra no lastimar; a veces no le salía. El tercer mandamiento: tener siempre una mujer. La felicidad consistía en despertarse pegado al cuerpo de una mujer. El problema era que no conseguía que Andrea se quedara a dormir.

            Paró en un kiosco, compró un paquete de Marlboro. Al lado, una señora de unos cincuenta años, elegante vestido negro hasta los tobillos, también compraba cigarrillos. Le pidió fuego y a él le temblaron las manos. Se animó a seguirla, tal vez porque cada tanto ella se daba vuelta y le sonreía.

            Se detuvieron en la puerta de un edificio. Él se acercó, la tomó por la cintura. Apenas podía contener los pies mientras ella abría la puerta del departamento haciendo un exagerado ruido con las llaves. Entraron, un living en penumbras, decoración antigua, como si viviera una vieja de setenta o más. Olor rancio, a humedad.

—Desvestite —le ordenó él, que a esa altura sólo se reconocía por la taquicardia.

            Ella se subió el vestido por sobre la cabeza, después se bajó lentamente la bombacha y se sacó los zapatos. Él no podía creer que le obedeciera, se le acercó como si la conociera de toda la vida y la rodeó con los brazos. Le metió la lengua hasta las encías, le baboseó los labios y con una mano fue en busca de los labios de abajo.

            Cuando se despertó, ella no estaba. Se sentó sobre la frazada, fue hasta la puerta pero no vio nada. Volvió a la cama. Al lado, la mesa de luz. Abrió el cajón con cuidado, una billetera con doscientos dólares, un cofre con joyas, monedas de diferentes países, boquillas de cigarrillos, un látigo de cuero enrollado como una serpiente. Lo agarró y lo estudió como si fuera una obra de arte. Voces en la cocina lo obligaron a dejarlo igual que antes, pero apenas pudo meterlo porque volvían a temblarle las manos. Tropezó con la ropa que estaba desparramada en el piso. Se puso de espaldas contra la pared y asomó un ojo a través del marco. Vio pasar a un hombre con una sotana blanca y detrás a la señora, envuelta en una tela hindú. El cura salió como un marido que todas las mañanas va al trabajo. Ella giró la cabeza.

—Hombres —dijo—, no saben ni lo que quieren.

            Él buscó un escape desesperado sin éxito.

—¿Querés darte un baño, dormilón?

            Con la cara pálida pensó en el látigo.

—Abrime, por favor —dijo, como un chico asustado.

            Ella lo miró como si mirara a una mascota.

—¡Cambiá esa cara, che!

—¿Qué hora es?

—¡Cómo dormiste! Yo no pegué un ojo —dijo con una risa terrorífica.

—¿Qué hora es? —insistió él.

—Deben ser las doce.

—¿Y el cura ese?

—Un amigo —dijo y se refregó las manos en la tela del vestido hindú.

—¿Del mediodía o de la noche?

—Del mediodía, lo que pasa es que acá está muy oscuro, esperá que abro un poco la persiana.

—¿Tenés muchos amigos?

—Para una mujer es fácil —dijo y se acomodó el pelo que parecía una peluca.

            El empezó a vestirse, sentado en el borde de la cama.

—¿Dormimos juntos?

—Yo no duermo de noche. Eso sí, lo hiciste muy bien, un poco express pero bien. Me quedé con ganas.

—¿Y el cura?

—Ramón estuvo divino —dijo, y suspiró.

—Me tengo que ir —dijo él.

—Yo no saldría, todo el mundo está en la calle por el bicentenario.

—Mirá, ¿sabés qué pasa?, tengo novia.

—Ah, ¿sí? ¿Cómo se llama?

—Andrea —dijo él.

            Ella lo miró fijo, con los ojos húmedos. Se levantó el vestido y dejó al descubierto sus tetas con forma de pera triste.

—¿Y lo de ayer?, ¿y las cosas que me dijiste? ¡No te vas nada!

            Él se paró como un resorte.

—Claro, quieren descargar y después se van así nomás… ¿no?

—Por favor, quiero irme.

            Ella fue hasta donde estaba la mesa de luz, la abrió; él sólo respiró cuando la vio sacar un cigarro.

—Haceme el amor una vez más y te vas.

            Pensó que podía hacerlo, aunque le preocupaba que sacara el látigo. Ella se deshizo de la tela hindú y se acostó en la cama, abrió las piernas y, moviendo un dedo, le ordenó que se acercara ahí. Le hizo caso. Después de un rato ella quiso repetir, pero él se quedó en silencio.

             Miraban el techo; ella entrelazó sus dedos en los de él.

—¿Por qué no te quedás a pasar la tarde? —le dijo— ¡Hace un frío afuera!

            Buscó una excusa rápida.

—¿Por qué mejor no vamos a ver los festejos del bicentenario? —dijo finalmente.

—Sí —dijo ella —, me encanta la idea.

            —¿Me das un cigarrillo? —le dijo él, con voz apenas perceptible, acurrucado como un caracol.

            Le pasó uno encendido y lo abrazó. A él le pareció que su piel quemaba.

—Voy a bañarme —dijo ella al rato, y él saltó de la cama pensando por qué le había ofrecido hacer algo que no quería. Se preguntó cómo se vería su cara en ese momento; se preguntó si sería parecida a la de Andrea cuando se negaba a dormir con él.

            Encontró un espejo en el living. Se vio lindo, los dientes torcidos eran un detalle de su masculinidad, a ella le gustaba coger con él, irían caminando de la mano por la 9 de Julio junto a otras familias, con las banderas argentinas flameando, los acróbatas colgados en el aire, fuegos artificiales, toda una fiesta para disfrutar en compañía.

            Sintió el ruido de la ducha. Fue hasta la puerta, intentó abrir, pero estaba cerrado y no había llaves. Dio unas vueltas como si fuera un potrillo a punto de ser domado. Encontró la ventana abierta, sólo tuvo que levantar un poco la persiana y salir. Apareció en un patio interno, un loro empezó a decir “boludo”, “boludo”. Trepó la medianera y la atravesó como un equilibrista de circo, una vieja se asomó por la ventana del segundo piso y se llevó las manos a la boca. Dio un salto, se agarró de un techo de chapa que le lastimó las manos y cayó en un galpón. Bajó por una escalera caracol, casi muere del susto cuando vio pasar una rata desenfrenada. La puerta que daba a la calle tenía un candado, pero estiró el chapón con fuerza y pudo hacer un espacio para pasar el cuerpo.

“¡Taxi!, ¡taxi!”, gritó, y el auto frenó de golpe.

—Hola —dijo el chofer.

—A Retiro, por favor. Rápido —y se puso a mirar por al ventanilla como si ya estuviera sentado en el micro a Mar del Plata.

Cuando vio que la esquina de Libertador y 9 de Julio estaba cortada, le pidió que lo llevara hasta la Feliz a cambio de dos mil pesos, todo lo que tenía en la caja de ahorro, pero que se apurara y fuera por un camino alternativo.

El tipo meneó la cabeza, pero luego de dos insistencias aceptó.

No había nadie en la ruta, ni los camioneros.

Caía la tarde de nubes negras, amenazantes. El taxista hablaba sobre lo que tenía que laburar para mantener a la familia. Él lo escuchaba sin prestarle atención, mientras miraba las vacas, los carteles de publicidad, los pastizales amarillentos.

—Me como una pendeja de veinte, una piba del barrio que atiende en el bar en donde paro con los muchachos. No sabés, cuando la bruja se va a Misiones por una semana, hacemos un desastre, quedo hecho de goma, la pendeja no me deja pegar un ojo.

Él seguía inconmovible mirando la pantalla del celular. Escribió “hola ¿cómo estás?”, puso destinatario “Andrea” y luego lo borró. Lo volvió a escribir y otra vez lo eliminó.

—Ya casi llegamos —le dijo el tachero luego de un rato de silencio.

Él asintió con la cabeza.

—Antes de volverme le voy a comprar algo a mi pibe.

—Te regalo una pelota playera —le dijo él y apagó el celular.

Doblaron en la rotonda y agarraron por Avenida Constitución. El frió calaba. Les costó conseguir un cajero que tuviera plata. Le dijo que por la demora se merecía unos pesos más, pero que no le quedaba ni un centavo.

El galpón donde guardaba la mercadería quedaba frente a Punta Mogotes, en una calle lateral y desolada. El tachero se quedó esperando en el auto, parecía que él y el taxi fueran una sola cosa.

Abrió el candado con la llave y encontró dos pelotas más o menos infladas, el resto parecían aguavivas. Agarró la que estaba en mejor estado y volvió a la calle. El taxista abrió la puerta de atrás para meter la pelota.

Le dio la mano y lo despidió con una mueca. El auto se alejó contaminando el ambiente.

Él se cerró la campera y cruzó la avenida hacia la playa. Tocó la arena fría con las manos. El viento lo terminó de despeinar. El mar lucía más gris que de costumbre.

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