AMORES VIEJOS

ABUELOS

 

Hojeó el álbum familiar sentado en el sillón del cuarto; bebió un sorbo de su amado whisky escocés –no podía faltarle aunque su jubilación fuera escasa– y luego dejó el vaso sobre la mesa. En su falda cayó una foto en blanco y negro que mostraba a dos jóvenes sonrientes. La apiló en la cómoda junto al resto.

Como todos los días a las seis de la tarde, Élida golpeó la puerta para avisarle que ya estaba listo el té. En el pasillo encontró polvillo acumulado junto al zócalo. Pensó en recriminárselo, pero se contuvo.

A la noche, cuando acomodaba las pantuflas debajo de la cama, encontró la foto de los jóvenes en el suelo. Se agachó a levantarla. Lo único que le llamó la atención fue la facilidad con que se desordenaban las cosas. ¡Si Élida llegara a faltarme alguna vez!, pensó.

Fue hasta la cocina a tomar agua fresca. Del cuarto de Élida provenía un suave ronquido. Respiró aliviado. No había motivos para preocuparse. La armonía de su vida lo reconfortó.

De vuelta en la cama, pasó un buen rato espiando a una cincuentona que se exhibía con las ventanas abiertas. A pesar de su edad, pudo oler el sabor del deseo.

El soplido de la brisa lo despertó en mitad de la noche. Prendió el velador con las palpitaciones agitadas y manoteó el vaso de whisky de la mesa de luz. Camino al baño pisó la foto de los jóvenes, se la despegó del pié, y mientras orinaba la miró con detenimiento. Se reconoció por el mechón engominado tapándole la frente. Calculó que debía tener dieciocho años. La chica que lo abrazaba no podía ser otra que Susana Quiroga, su primera novia. Un escozor lo hizo vibrar.

El resto de la noche dio vueltas recordando aquella felicidad. Pasó los dedos mochos por los bucles rubios, la cara regordeta y las caderas de Susana. No era la más linda del barrio, pero a él eso nunca le importó.

A las emociones se las puede guardar en el cajón de los recuerdos, pero nunca olvidar, se dijo al despertar.

Durante la siesta soñó que la rescataba de un incendio en algún lugar indefinido y se convertía en héroe, como en las historias de bomberos fornidos de las novelas rosas. Trató de volver al sueño, pero fue como correr en el fango. Regañó a Élida por el polvillo en el zócalo y la acusó de quemar las tostadas.

Después de cobrar la jubilación, se recostó en la reposera y recordó la fiesta en donde conoció a Susana, el baile, la timidez del primer beso, los celos cuando ella habló con otro… El aullido de Sancho, el gato que cada tanto saltaba el tapial, lo sacó de sus cavilaciones. Sintió un pinchazo en la espalda y otro en el pecho; lo encontraron despatarrado.

En la ambulancia, sintiendo la mano tibia de Élida, recordó que la designación del padre de Susana en Madrid, los había separado para siempre.

Los médicos le dijeron que no era grave, pero le recomendaron descanso. Élida lo ayudó a sentarse en una silla de la cocina, y le dijo que también podía quedarse los fines de semana.

–Usted necesita cuidarse, Don Raúl.

–Para eso está usted –le contestó, pero se negó a sumarle horas de trabajo.

Ella le sonrió con una mueca suave y barrió con ímpetu a pesar de la artrosis.

Raúl agarró la revista de Turf y la estudió junto a la ventana que daba a la calle. El paso cansino de una gorda retacona y vieja como él, lo obnubiló. En el barrio se conocían todos, incluso el chisme que lo únia a Élida y que ellos nunca desmintieron. ¿Pero esa quién era? Quiso averiguarlo pero Élida lo alcanzó en la vereda y lo sentó de nuevo junto a la ventana. La vio entrar a una casa con Sancho, el gato del barrio asomado a la bolsa de los mandados, y  no pudo dejar de pensar en ella.

Al día siguiente decidió seguirla hasta la plaza. ¿Cómo se empieza un cortejo a esta edad?, ¿qué hay que decir?, se preguntó. Volvió pensando en pedirle consejo a Élida, hacía años que no sentía esas ganas de vivir.

A la hora de los mates la encaró en la cocina.

–Pero Don Raúl –le recriminó ella–, ¿a usted le parece?

–Sólo quiero saber quién es… es de buen vecino.

–Buen vecino…, le voy a dar a usted… ¡qué tanto le importa! –bramó y él se dio cuenta de que no podría contar con ella.

–Alguien tiene que saber algo, ¿no?

–Las chicas (Élida llamaba “las chicas” a las viejas que se juntaban con ella a chusmear en el mercado) me contaron que es viuda y que no saluda a nadie.

–Ajá –dijo él.

–Dicen que es bruja.

-¿Qué significa “dicen”?, parece los del noticiero.

–¿Qué le pasa Don Rául?

–Nada, nada. Me voy a descansar –se levantó y rumbeó para el cuarto.

Se acostó sin acomodar las pantuflas, presuroso por mirar la foto al detalle. Así estuvo hasta que apareció la cincuentona de enfrente y le acaparó la mirada.

Después de desayunar, como Élida no estaba, aprovechó para sentarse a esperar a la nueva vecina. ¿Qué estoy haciendo?, se dijo luego de una semana. ¡No tengo tiempo para regalar! Desplegó los cuatro trajes sobre la cama y eligió el más apropiado. A Élida le pidió que fuera a pagar el gas, y mientras elegía la corbata, se imaginó viviendo con la misteriosa anciana.

Con el corazón rebotándole en la camisa, dio un par de golpecitos en la puerta. Nadie respondió. “Voy a buscarla por donde sea”, dijo y salió a la calle a pesar del sol del mediodía. Llegó al mercado con la cara bañada en sudor. Tuvo que sacrificar el pañuelo que hacía juego con la corbata. Se sentó en un bar, y cuando la noche se hizo presente, emprendió el regreso lentamente, como si sus piernas le hablaran de fracaso.

Sentado en la silla de la cocina, pidió por Élida con la voz fragosa. El silencio fue total. Desorientado, se sirvió agua de la heladera. Había una nota bajo un imán: “No pude hacerlo feliz. Con todo mi amor. Élida”, decía. Se tambaleó, alcanzó a colocar el imán, y cayó sobre la silla; la mirada clavada en el piso hasta dormirse.

Cuando despertó salió a la calle hecho un zombi. La vio. Arrastraba los pies por el asfalto. A él se le dibujó la sonrisa de niño que nunca perdió. La cruzaría en breve. Llevaba la bolsa de los mandados cargada. Ya podía verle las piernas de elefante, y no le importó. ¿Cuántas posibilidades más tendré de amar? Los separaban unos metros. Le habló, no vaya a ser que la asustara, pero ella no dio acuse de recibo. ¡Encima sorda!, pensó Raúl, y estuvo a punto de renunciar. ¡No, tonto, hablale!, se recriminó. Llevó la mano al pecho para acomodarse la corbata y se encontró con el torso desnudo. Había salido con el saco sobre el cuero. Al verse los pantalones le volvió el alma al cuerpo. La falta de zapatos le pareció un detalle. Ella le sonrió timidamente, y él sintió que le inyectaban una sobredosis de viagra. ¡Me saludó, ella que no saluda a nadie, me saludó a mi! Le dijo un piropo tonto y ella respondió con una sonrisa pobre en dientes. La tomó de la mano pensando que una buena dentadura postiza lo solucionaba todo. Se contaron que eran viudos, que estaban solos, descubrieron el amor por la música clásica. ¡Qué maravilla! ¡Prodigioso amor de tercera edad!, pensó Raúl agradeciéndole a Dios ante cada coincidencia. Tenía que gritarle para que lo escuchara, pero le restó importancia; él también sufría problemas auiditivos. Se imaginó con ella tomando mates en silencio, compartiendo la potencia de las sinfonías en la radio de la cocina.

Al llegar a la casa le preguntó el nombre con galantería: “Por cierto, cómo se llama, bella dama”, y ella contestó:

–Susana, Susana Quiroga.

Le pasó la bolsa de los mandados, el gato Sancho asomó la cabeza con una especie de mueca que a él le pareció una burla.

Cruzó la calle pensando que el destino le había jugado una broma macabra. Entró y llamó a Élida con un grito que no tuvo respuesta. Cayó en la cama, agarró la foto de los dos jóvenes abrazados que había mandado a enmarcar, y dijo: “Esta es mi Susana, no esa vieja de enfrente”, con voz alta, como queriendo que ella lo escuchara.

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