FIESTA DE DISFRACES

disfraz

 

Nunca me gustaron las fiestas de disfraces. No sé bien porqué, pero si me apuraran un poco diría que detrás de una máscara se pierde la identidad. Un amigo me contó que llegó a pasear en moto con una travesti enmascarada –que había conocido en una fiesta de disfraces– y que recién descubrió su verdadero sexo cuando se quitaron la ropa en el hotel alojamiento.

Por eso yo jamás había ido a una fiesta de ese estilo. En realidad, a esta altura de nada vale ocultarlo, el verdadero motivo de mi aversión a las fiestas de disfraces viene de un trauma infantil. Cuando era pequeño me regalaron una máscara con dos caras, una triste y otra alegre, característica del teatro, y mi madre no tuvo mejor idea que colgarla en la pared de mi cuarto. Durante meses permanecí por las noches con un ojo abierto vigilando a esa aterradora máscara.

Pero al Gordo Rufián no le podía fallar. “Si no venís te mato”, me decía cada vez que me cruzaba en el bar. Y yo le creía. No quería enfrentarme ni de casualidad con esa bola de músculos y grasa de un metro noventa. Cuando me daba la mano me la dejaba achicharrada como una pasa de uva. Para colmo era el novio de mi hermana. “Julieta, vení para acá”, gritaba y ella le obedecía sin protestar. No sé si lo quería o le tenía miedo.

Cuando el Gordo Rufián me comentó lo de la fiesta le dije que lo iba a pensar, pero no escuchó mi respuesta, nunca lo hacía, daba por sentado que ibas a hacer lo que él quería. Y siempre sucedía así.

La semana anterior a la fiesta me la pasé cavilando. ¿De qué carajo me iba a disfrazar? Le pedí ayuda a Julieta y ella se ofreció a conseguirme un buen traje. Antes de que se fuera alcancé a gritarle: “De superhéroe no, y si no queda otra que sea el del Zorro”. Al día siguiente mi hermana apareció en mi casa con el traje de Batman. “Es el último que quedaba, a Don Carlos le alquilaron todo, parece que la fiesta va a ser un éxito”, me dijo orgullosa. Me senté en la cama resignado, y comencé a desvestirme asegurándome de que la puerta estuviera bien cerrada. No soy grandote, en realidad soy bastante pequeño, de hecho en el barrio me dicen Woody, por el cineasta ese petiso y medio colorado. Digamos que la elección de Batman no fue la más acertada.

Al verme salir del cuarto Julieta no pudo contener la risa. El Gordo Rufián no me dio alternativa, si no, no iba ni loco.

Debo reconocer que el lugar explotaba de gente. Apenas entramos el Gordo se puso a saludar a los invitados. En realidad todos venían a saludarlo a él. Julieta lo seguía y yo me fui rapidito para la barra. Mientras me tomaba un gin tonic observé que no era el único disfrazado de superhéroe. Pero sí el único al que el traje le quedaba grande.

Cuando el DJ dio por comenzada la fiesta poniendo el hit del momento (no recuerdo el nombre del tema) fui al primer piso y me puse el sobretodo que había dejado en el guardarropa. Total, en la oscuridad quién se daría cuenta, pensé.

La mujer que estaba saliendo conmigo no pudo ir o no quiso, no recuerdo bien o mejor dicho no quiero acordarme. Mis amigos, cuando les comenté que había que ir con disfraz, se negaron a acompañarme. Así que estaba solo, apoyado en la baranda que daba a la pista, jugando con un dado que había encontrado en el bolsillo del sobretodo.

Johnson era un turista inglés que le alquilaba un cuarto al Gordo Rufián. Cuando las camareras le traían champagne, les tarareaba “Mi Buenos Aires querido”, y luego les tocaba la cola a modo de despedida. Era el capitán “Jack Sparrow”, el de la película “Piratas del Caribe”, pero borracho.

El único en ese lugar a quien podía considerar un amigo era Juan. ¡Miralo a Juancito!, me dije al verlo con el traje de Superman junto a una rubia de piernas largas. Cuando mis ojos se cruzaron con Marta, su novia, me tembló el pecho. En mi mente se dibujó la cara de Juan llorando en el living de casa porque ella lo había dejado, y la mía mirando el techo sin saber qué decirle. Entre los nervios y el calor, las manos me empezaron a transpirar. Juan y la rubia hablaban debajo de mí. Quería avisarle y no sabía cómo. Atiné a bajar las escaleras, pero pasó lo inevitable: Marta lo vio y aceleró el paso en su dirección. Por su cara de alegría advertí que no había notado la presencia de la rubia. Todavía podía hacer algo.

Juan y la rubia hablaban cada vez más cerca. Yo temblaba como si la hecatombe me estuviera por suceder a mí. Llevé las manos a la cabeza y sucedió algo extraordinario: El dado salió disparado y cayó en el escote de la rubia, su grito hizo que los que estaban alrededor se dieran vuelta, las mujeres aullaban asustadas y nadie sabía por qué. En el alboroto Juan vio a Marta a punto de atraparlo in fraganti y logró escaparse por debajo de las mesas. Desde el suelo, me guiñó un ojo y me señaló la barra. Cuando llegué me esperaba con un Martini.

–¿Fuiste vos el del dado?

Tardé en contestar, no animé a confesar que fue de manera accidental.

–Me salvaste la vida –me dijo conmovido.

Mi silencio dio paso a un merecido brindis. Luego él volvió con Marta, y yo me puse a buscar un recoveco donde poder fumar sin ser descubierto.

Caminaba tranquilo por un pasillo, cuando un desperfecto en la consola del DJ hizo que se apagara la música durante unos segundos. Esos instantes me permitieron escuchar unos gemidos provenientes de atrás de una puerta. Apoyé la oreja para escuchar mejor y caí dentro de un cuarto en penumbras. Los amantes se quedaron en silencio. Muerto de miedo, prendí el encendedor. Grande fue mi sorpresa al ver la cara agitada del Gordo Rufián apoyada sobre una espalda femenina. ¡Qué hijo de puta!, pensé. ¡Mirá donde se coge a mi hermana! Movido por el morbo apunté el encendedor hacia la dueña del cuerpo que se estaba fornicando el Gordo, y me encontré con Gracielita, una chica del barrio.

Hui despavorido a beber dos Martinis seguidos.

Luego de pensarlo un rato, resolví que no tenía alternativa, si le contaba a Julieta, el Gordo Rufián sería capaz de colgarme del Obelisco. Seguí tomando Martinis. Cuando el Rufián viniera a encararme, le diría: “Quedate tranquilo, cuñadito, soy una tumba”.

Horas más tarde me encontraba parado frente a la barra charlando con mi copa vacía. Alguien me arrancó la careta de Batman. Al darme vuelta tiré la botella de vino de un grandote poco amistoso. Balbuceé una disculpa pero lo único que hice fue acrecentar su ira. Me escabullí como pude y me acerqué a una petisa. Para mi sorpresa, la seduje con el traje sin máscara. Charlamos de no sé qué cosas acompañados de Martinis. Estaba por besarla cuando la señora que limpiaba el baño de mujeres salió gritando: “¡Un muerto! ¡Hay un muerto! De inmediato alguien ordenó cerrar la puerta de salida y llamaron a la policía. El DJ apagó la música; en un silencio sepulcral nos miramos desconfiados. Cualquier persona podía ser la asesina. Nos apoyamos contra la pared y empezamos a mirar para todos lados asustados. El Gordo Rufián se acercó mientras los policías llenaban papeles y nos miraban de reojo. Q          uise volver a estar con la petisa, después de todo, qué mejor que esta junto a ella para tranquilizarme. Empecé a buscarla como un perro sabueso. Había recorrido casi todo el salón cuando un tipo alto, flaco y de bigotes anchos me frenó con una mano en mi pecho. Una ola de frío me recorrió el cuerpo. Con una mueca de simpatía, dijo: “Lindo, quedate quietito que si te movés no puedo contar cuántos son”. Me levantó el mentón con el pulgar guiñándome un ojo.

–¡Comisario! –gritó otro policía y el tipo se fue al centro de la pista a revisar papeles.

Juan me tomó del hombro y me empujó hasta la escena del crimen.

–Vamos a ver a quién mataron –sugirió.

Asomamos las narices por la rendija de la puerta y vimos a los forenses quitarle la máscara de Batman al cuerpo sin vida de Johnson. Caí al suelo como una bolsa de papas.

–¿Qué te pasa? –me preguntó Juan, tratando de reanimarme. Me llevó a la barra y me sirvió un vaso de agua. Pobre Johnson, pensé. Se ve que con el disfraz del pirata no le iba bien y quiso probar suerte con la máscara de Batman.

–¡Entonces el Gordo Rufián…! –exclamó Juan, que sabía lo que yo había visto en el cuartito.

Asentí; me tomó del brazo para arrastrarme detrás de la barra.

–Tenemos que pensar en algo –me dijo–. ¿Dejamos que la policía resuelva el caso o delatamos al Gordo y nos arriesgamos a que nos corte la cabeza?

No era una decisión fácil. Bebimos otro Martini.

Luego de cinco horas, la policía creó la salida vip, aquellos que contasen con un billete de los grandes, podía abandonar el lugar. El comisario era el encargado de discernir quienes podían dormir en sus casas y quienes debían quedarse.

El Gordo Rufián era un hombre de llegada a la comisaría. Si él decidía salir, yo estaba a salvo. Pero no se iba a ir sin antes charlar un ratito conmigo. Una mano pesada cayó sobre mi hombro y me llevó por un pasillo como a una marioneta. Ya casi no quedaba gente. A lo lejos pude ver a Juan contando dinero junto a Marta. ¡Pensar que yo lo había salvado!

Al llegar a la puerta de un cuarto, el Gordo Rufián me pegó un empujón que me hizo caer al suelo. Cerró y me empezó a pegar patadas. Puse los brazos en cruz pensando que era el fin. La puerta se abrió y aparecieron los bigotes del comisario: “Así no se trata a los testigos”, dijo. Agarró al Gordo del brazo y lo sacó del cuarto a los empujones. Luego se sentó frente a mí a una distancia que me permitió sentirle el aliento.

–No tenés que preocuparte por el gordo, serás mi protegido a cambio de…

–¿A cambio de qué? –le pregunté aterrado.

–Vos sabés quién asesinó a Johnson, quiero tu palabra de que vas a atestiguar contra del Gordo Rufián, aunque tu hermana sufra como una marrana.

Tragué saliva, me recosté sobre la silla para ganar un poco de tiempo.

–Haré lo que mi conciencia me dicte –le dije e intenté salir del cuarto pero el comisario me sentó de un cachetazo.

–No era lo que quería escuchar –me contestó estrujándome los testículos con la mano. El dolor me nubló la vista. Cuando la recuperé, el comisario ya no estaba.

Muerto de miedo asomé el hocico por al pasillo. Noté que no había nadie en el salón. Solo el Gordo Rufián –que lejos de estar esposado– reía y bebía junto al comisario.

Supuse que celebraban un pacto, un arreglo, una terrible decisión: eliminarme del caso, del mundo. Me aterré.

Comenzaron a olfatear de manera ampulosa y luego –simulando descubrirme– me clavaron la vista. Salí disparado como una ardilla a refugiarme dentro del guardarropa. Respiré agitado, pensé que había tomado la peor de las decisiones: Estaba encerrado detrás de un cortinado largo y pesado.

Al sentir las voces de mis perseguidores el miedo me produjo un shock de electricidad en todo el cuerpo. Otra vez sentí que era el fin, empecé a temblar sin poder evitar que se movieran las cortinas. Se abrieron y ahí estaban, a tan sólo unos centímetros, el escalofriante Gordo Rufián y el lascivo comisario. Supongo que mi alarido los sorprendió, porque tiraron sus cabezas para atrás. Pero me agarraron de los hombros y me arrastraron al centro de la pista: Quedé debajo de la bola espejada que colgaba del techo, en cuatro patas, como si fuera un chico que está por recibir el castigo de un profesor inglés de principios del siglo XX.

–Vas a repetir lo que nosotros te digamos… ¿entendés? –masculló el Gordo.

Yo hubiese dicho que “sí”, si no hubiera tenido la boca atada con un pañuelo. Pero en vez de volver a preguntarme, me entraron a dar trompadas sin previo aviso. Luego de diez minutos de golpiza vi la imagen borrosa de un cuerpo femenino. Era mi hermana disfrazada de Rambo, llevaba granadas en los bolsillos del chaleco verde, pistolas en ambas manos y la cara barnizada con barro. El disfraz, hay que decirlo, era muy bueno. El Gordo y el comisario la miraban sin saber si reír o escapar. Ella, seria, disparó un tiro al aire.

–Andate –le dijo al comisario– pero antes desatá a mi hermano.

El comisario le hizo caso y se hizo humo en un segundo.

Julieta se acercó al Gordo con los ojos rojos llenos de furia. Lo arrinconó contra una pared y lo insultó durante un rato, mientras yo miraba atónito desde el otro lado del salón. Cada tanto lo amenazaba con las pistolas. El Gordo no decía nada. En un momento, ella paró un segundo, y el Gordo se despachó con un “te amo solo a vos, sí, este imbécil quiere estar a tu lado y que seas siempre su mujer. Esa piba no significa nada, fue solo una aventura. El amor, eso que siento por vos, nada ni nadie lo hará cambiar. Por favor, mi amor, perdoname”.

Cuanta basura, pensé. No puede justificarse de esa manera. Supuse que mi hermana le pegaría un tiro. Pero no, se puso a llorar, las lágrimas le borraron el barro de la cara. El Gordo la tomó por la cintura, la acercó hasta su panza y la besó.

Estaba pensando en el cambio de conducta repentino de mi hermana, en cómo podía ser que lo perdonara, en cómo podía enceguecernos tanto el amor, cuando un disparo salió desde la oscuridad y dio en la espalda de Julieta.

Murió en los brazos del Gordo, que la lloró durante años y nunca más volvió a enamorarse. Yo a partir de ese día empecé a desconfiar de los comisarios y a odiar las fiestas de disfraces.

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