CLASE DE MUJER

clase de mujer

 

El maître les abrió la puerta y Camilo se sorprendió al ver los pisos de mármol, las paredes impolutas y los candelabros colgando del techo. Avanzaron por entre las mesas ante las miradas de los comensales. Ella llevaba zapatos de tacos altos. A él le habían prestado un pantalón de vestir. Ella tenía setenta; él, treinta.

Los ubicaron en una mesa central.

—Señora

, ¿qué desea de beber? —escucharon la voz
del mozo, dulce y clara.

—Una copa de vino. Uno bueno. Bah…, el mejor. Sí, eso quiero —y sonrió, satisfecha.

—¿Y el señor?

—Una coca —dijo Camilo.

El mozo se dio vuelta y desapareció.

—¿Se podrá fumar acá? —le preguntó Camilo.

—Hace años que no se fuma en ningún lado.

—Donde yo juego al pool, sí.

—Tenés que cultivarte un poco, Camilo.

Camilo bajó la vista y cruzó las piernas por debajo de la mesa. Ella lo miró con ternura.

—Perdoná, es que…

—No se preocupe, Mirta, ayer me compré un libro de… de… —dudaba, mientras se rascaba la cabeza, tratando de recordar.

—¿De quién? —se entusiasmó ella.

—No me acuerdo, de un rubio de anteojos. Me gustó porque en la foto tenía puesta una remera Adidas.

—Martín Kohan.

—Ese.

—Bien, te va a venir bien. ¿Lo empezaste?

—Leí la contratapa.

El mozo les trajo las bebidas. Pidieron mejillones a la provenzal y una suprema de pollo con papas fritas.

Un bigotudo los miraba a cada rato desde la mesa de al lado. Mucho más a él que a ella.

—No sé qué es lo que te ve —dijo Mirta, y suspiró.

—Lo mismo que usted.

Ella le susurró:

—¡Cuántas veces te dije que no me trates de usted!

—Perdón.

—¡Sos una cosa, vos, eh…!

—¿Qué vamos a hacer esta noche, Mirta?

—Ya veremos.

Después de la cena, el maître la ayudó con el tapado y los acompañó hasta la puerta. Era de las pocas clientas que siempre pagaba en efectivo.

Caminaron unos metros por Esmeralda.

—Estaba buena la milanesa —dijo Camilo.

Ella paró un taxi. Él abrió la puerta y le dio paso. Dejaron atrás el parque Thays y doblaron en Pueyrredón hacia Libertador.

—Hoy me puedo quedar hasta tarde —dijo Camilo.

—¿Estás seguro? ¿No tenés que ver a otra después?

Él no contestó, las caricias del viento en la cara lo liberaban de cualquier reclamo.

—Entonces quiero que me lleves de farra.

—¿De farra?

—Sí, por ahí, adonde vas vos cuando querés divertirte. Al pool ese que dijiste, por ejemplo.

—¿Al pool? —repitió azorado.

—Quiero que me lleves, sí.

Era en un primer piso. Mirta insistió en dejarse el tapado puesto. Al pasar entre las mesas, Camilo saludó tímidamente. Estaba un poco agitado a pesar de su espléndido estado físico. Debía tenerlo, sus rasgos eran finos, su pelo largo y brilloso atraía tanto a hombres como mujeres.

—Hola, Hugo —dijo.

—Hola, Camilo —dijo Hugo, y se quedó mirando el andar de Mirta.

—¿Una partida? —lo desafió alguien.

—Después, después —respondió.

Se ubicaron en una mesita junto a la pared, debajo de varios tacos de pool. El aire estaba viciado de humo y tiza. Mirta estornudó.

—¿Estás segura de que querés estar acá?

—Vos me cuidás, ¿no?

Camilo se encogió de hombros, pero sonrió.

Ella miraba con los ojos avellana bien abiertos, sorprendida hasta de las hebillas de los cinturones de esos cowboys del subdesarrollo, panzones, que entre tiro y tiro, le hacían muecas, aprovechando cuando Camilo se distraía al servir cerveza.

Para evitarlos simulaba interés por las fotos de boxeadores que colgaban de las paredes. Pensó en ponerse los anteojos para leer los nombres, pero no quería que sospecharan su edad.

Algunos de los cowboys jugaban al truco. Cuando Camilo volvió del baño, lo metieron de prepo en una partida.

A esa altura de la noche ya no había mesas libres: el que perdía, afuera, y entraba otra pareja.

De fondo sonaban los Redondos y varios de los jugadores de pool usaban los tacos como si fueran la guitarra de Sky. “¡Este infierno está encantador!”, aullaban.

Camilo separó un as de espadas de un cuatro de copas, pero sus ojos apuntaban a un gordo cincuentón que tenía a Mirta tomada de la cintura, mientras ella tiraba sin mucho éxito a la tronera.

Intentó levantarse después de ganar dos partidos seguidos, pero uno de los perdedores quería revancha, y después de insistir por las buenas, apoyó una navaja sobre la mesa. Camilo aceptó resignado.

El gordo invitó a Mirta a su mesa; ella le dio un último sorbo a la cerveza y se dejó llevar.

—Gustaría de un champagne. ¿Hay champagne acá? —preguntó.

El gordo fue hasta la barra a preguntar. Lo miraron con cara rara, pero le ofrecieron un whisky. Mirta dijo que sí con la mirada.

Camilo dijo que tenía que ir al baño pero en realidad quería controlar a Mirta.

—¿La estás pasando bien? —le preguntó.

Mirta asintió y le pidió que se quedara cerca. “Te extraño”, le dijo, “vine a estar con vos”.

Camilo hizo una mueca y siguió hacia el baño. Cuando volvió, ella y el gordo conversaban como un matrimonio feliz.

—¡Ey! —le gritó el de la navaja a Camilo—, ¡estamos acá, eh!

Sin dejar de mirar a Mirta y al gordo, volvió a la mesa de la partida y empezó a cantar falta envido en todas las manos para perder rápido. Pero ganó.

Su compañero lo abrazó con tanto entusiasmo que casi lo tira de la silla. Camilo cobró la apuesta y extendió los billetes frente a él.

—Tomá —le dijo—, quedatelá.

—¿Y vos?

Se le acercó al oído.

—Hoy me pagan por coger —le dijo, y fue en busca de Mirta que reía a carcajadas junto al gordo.

—Vamos —le dijo Camilo tomándola de la mano.

El gordo se puso de pie y lo empujó.

—¡Paren, paren! —exclamó Mirta.

—Quedémonos un rato más, Camilo, divertirse así me encanta.

—Este gordo te está molestando.

—¿A mí? ¡No! ¡Faltaba más!, si es un caballero.

Camilo la besó en la boca y después le dijo algo por lo bajo.

Ella llevó sus manos a la cara y enrojeció.

—¿En serio? Bueno, vamos.

Se despidió del gordo y dejó cincuenta de propina.

Una mano se les interpuso cuando iban a dar el primer paso por la escalera, y una navaja apuntó al cuello de Camilo. Mirta gritó. El gordo se abalanzó sobre el pibe de la navaja y lo tiró al piso. Volaron mesas y hasta un cuadro de Bonavena.

En la calle la luz azul del patrullero no dejaba de girar. Mirta fumaba parada junto al gordo que sonreía como un héroe, y Camilo declaraba ante un policía mientras veía como la tarjeta del gordo se deslizaba al bolsillo del tapado de Mirta.

Los testigos dijeron que Camilo sólo se defendió y al rato los dejaron ir. Tomaron un taxi hasta Austria y Libertador. El tipo de seguridad les abrió la puerta acomodándose el pantalón; parecía que no había dormido en años.

Subieron al dúplex de Mirta. Ella entró al baño y él se asomó a mirar la torre de canal siete, la plaza, los árboles. Se estiró por la baranda para ver la Biblioteca Nacional. Decía que se parecía a una nave espacial, a cualquier cosa menos a una biblioteca, claro que él no sabía mucho de arquitectura y menos de bibliotecas.

Ella lo agarró de la cintura y lo abrazó. “Tengo frío”, le dijo, “vamos adentro”.

Cayeron en el sofá, se besaron; Mirta se había sacado los zapatos, era bastante más baja que él. Les costó juntar los labios, sus movimientos eran torpes. Al besarle el cuello, Camilo sintió un olor raro, una mezcla de naftalina y humedad; supuso que había sido el tapado de piel. “Olor a vieja”, pensó. Era cierto que ella le pagaba o “colaboraba” con sus gastos, como le gustaba decir, pero le había tomado cierto cariño, ahora lo sabía, esa noche lo había podido palpar con nitidez. Lo peor era que no controlaba ese sentimiento. Las pendejas sólo le ofrecían un buen polvo, eran demasiado fáciles, le alcanzaba con arremangarse la remera mientras vendía diarios en la esquina para tenerlas a los pies de su cama. A ella también la había seducido así. Sabía que algún otro pibe la atendía, setenta son bastantes, pero era culta y eso a él le atraía. Ahora tenía que cumplir con lo que le había prometido. Ella, recostada sobre la alfombra, no dejaba de reír, como si se acordara de algo mientras él le pasaba la lengua por la concha y recordaba las salidas a comer, los restaurantes finos que había conocido con ella, la vez que fueron al teatro y aplaudió en el momento equivocado, cuando ella le contaba de sus viajes, ¡Indonesia!, ¿qué mierda era Indonesia antes de conocer a Mirta?, chinitos, de la mitad del mundo para allá son todos chinos. Ella le apretaba la cabeza con las manos y gemía fuerte, ahí no había problema, se podía coger bien, no como en su pensión donde cada vez que la pendeja llegaba al orgasmo aplaudía todo el barrio.

Después la puso en cuatro, ella abrió las piernas y se tocó un poco, autosatisfacción antes de que la pija de Camilo la penetrara hasta el fondo y la bombeara mientras pedía más y más. Una vez le hizo tener cuatro orgasmos seguidos, Camilo era un semental, así lo llamaba ella, “mi semental”, pero a él no le gustaba, lo hacía sentir un animal y ya bastante tenía con ser bruto aunque se pusiera el traje más fino para ir al Colón.

Cuando despertó, ella fumaba apoyada contra la ventana que daba al balcón.

—Tenés la plata en la mesa del living, podés irte cuando quieras.

—¿Te pasa algo? —le preguntó Camilo.

—Nada, para nada, nada, en serio, nada.

Sonrió como pudo, se recostó en la cama junto a él y le dio un beso en el pecho lampiño.

—Ayer sentí celos por primera vez en mi vida, ¿sabés? —le confesó Camilo.

—¡Qué cosa con vos, che!, ¡cuántos años tenés! ¡Veinte!

—El gordo ese, lo hubiera cagado a trompadas.

—¡Pará, pará! Te defendió ¿no te acordás?

—Te apoyaba, yo lo vi.

—No, no, un caballero, apenas charlamos un rato cuando vos te fuiste a jugar a las cartas.

Se quedaron un rato en silencio, ella mirando hacia el placard y él, al techo.

—Vestite —le dijo Mirta levantándose de golpe de la cama—, dale.

Él empezó a ponerse los pantalones en cámara lenta.

—Gracias —le dijo Mirta, asomada a la puerta, y lo despidió sin un beso.

Camilo sintió que le atravesaban el pecho con una sierra eléctrica. Empezó a caminar por Libertador con los billetes entibiándose en el bolsillo de atrás, las llaves de la pensión adelante, y en la mente la presunción de que no volvería a verla. “Vieja estúpida”, rumeaba. “Ya va a llamar cuando le agarre calentura”.

Después de dos colectivos llegó a la pensión. Se derrumbó en la cama. Los ojos de lechuza. Le mandó un mensajito a la pendeja de turno, la rubia de labios gruesos y olor a chicle de frambuesa. Ella podía estar ahí en media hora, pero él empezó a masturbarse casi de inmediato. Después de acabar se sintió todo lo mal que necesitaba para dormir un rato antes de ir a vender diarios justo ahí, en Austria y Libertador.

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